NUTRICIÓN
 

ALIMENTACIÓN
¡Cuidado con la merienda!

Es una comida fundamental para los niños, pero, por comodidad, muchas veces el bocadillo es desplazado por los snacks y la bollería industrial. La publicidad insiste en que son «sanos y naturales», sin embargo, conviene leer la letra pequeña.



Comidas preparadas, bebidas gaseosas, bollería industrial, aperitivos salados… Todos los días acaban en el carrito de la compra y de ahí pasan a la mesa y a las mochilas de nuestros hijos: nos dejamos seducir por los envases y tranquilizar por los spots publicitarios que los describen como alimentos «naturales y sanos». Sin embargo, en la mayoría de los casos son productos que aportan muchas calorías, pero carecen de nutrientes fundamentales. La comunidad científica internacional lleva tiempo advirtiendo de la relación entre su consumo excesivo y la epidemia de sobrepeso. Aun así, en pocos años estos alimentos han reemplazado el consumo de frutas, cereales y otros productos básicos de la dieta mediterránea.


Así lo confirma un investigador de la FAO, Josef Schmidhuber, según el cual en los últimos 45 años los países del Mediterráneo han abandonado este tipo de alimentación, sustituyéndola por comidas «demasiado grasientas, saladas y dulces». En algunos de los países examinados, entre los que se encuentra España, además de Italia, Grecia, Portugal, Chipre y Malta, el consumo de calorías ha aumentado el 30 por ciento en los últimos 40 años, con el consiguiente incremento de personas obesas y con sobrepeso, sobre todo entre los jóvenes y los adolescentes.


Según la mayoría de los nutricionistas, la merienda es fundamental. Debería cubrir aproximadamente el 10 por ciento del aporte nutricional diario, frente al 25 por ciento del desayuno, el 35 por ciento de la comida y el 30 de la cena. Merendar es un hábito alimenticio especialmente importante para los niños y los adolescentes, en los que resulta decisivo para su desarrollo que la alimentación sea equilibrada y variada. Además, el aparato digestivo de los más pequeños está aún en pleno proceso de maduración y no está preparado para sufrir largas horas de ayuno.


En Francia, como consecuencia de un llamamiento del Ministerio de Sanidad ante el aumento de la obesidad infantil, algunos supermercados han decidido apartar los snacks del alcance de los niños. Y el Gobierno está estudiando implantar incluso un impuesto contra la obesidad para desmotivar el consumo de estos tentempiés y bebidas gaseosas. También de Estados Unidos llegan señales de un cambio en provecho de la salud: Arnold Schwarzenegger, gobernador de California, ha sancionado una ley que va a desterrar las grasas hidrogenadas de los restaurantes del Estado.


Que el fenómeno de los niños extralarge o alimentados de forma inadecuada es ya alarmante lo confirman las webs del Ministerio de Sanidad y del Instituto Superior de la Salud, donde el espacio dedicado a sobrepeso infantil (con consejos e informaciones) es cada vez más amplio.


La información correcta es un aspecto cardinal. Sin embargo, la publicidad consigue transformar una bolsa de patatas fritas ricas en grasas y sal en un aperitivo «que despierta el apetito»; y no cita, en lo que se refiere a las hamburguesas, «de carne bovina en un cien por cien, sin grasas añadidas», el queso y las salsas supercalóricas que las acompañan.




Precisamente, en estos días, la autoridad europea sobre la seguridad alimentaria ha desautorizado los anuncios que se basan en los beneficios para la salud que teóricamente aportan ciertos alimentos infantiles: productos a base de leche que prevendrían las caries, snacks que harían crecer a los niños sanos y robustos, bollos con lactobacilos que reforzarían el sistema inmunológico… Todo son sólo farsas sin fundamento. De ocho tipologías de alimentos examinados, siete no guardan ninguna relación causa-efecto entre los ingredientes y las promesas anunciadas.


Pero todavía hay más, «la publicidad es un estímulo constante a comer», confirma Carlo Cannella, presidente del Instituto Nacional de Investigación para los Alimentos y la Nutrición (Isran). «La publicidad parece indicar que todas las ocasiones son buenas para comer: en el cine, delante de un videojuego, navegando por Internet. De este modo, la mente no sabe percibir las emociones que puede procurar la comida: los anuncios convierten a los chicos en máquinas trituradoras de alimentos, cuya única sensación es la percepción de la saciedad.»


El problema no reside tan sólo en que la bollería engorda. «Estos alimentos –asegura Gabriela Buracchi, autora de Cuidado con las malas meriendas– contienen grasas hidrogenadas, conservantes, colorantes, aromatizantes y aditivos potencialmente dañinos. Hoy, la industria del sabor puede producir químicamente cualquier olor, sabor y color.» Este extremo es más cierto cuanto más refinado, tratado y transformado sea el producto que se consuma. En la mayoría de los casos, la bollería parte de materias primas comunes y para hacerla más apetitosa se le añaden productos químicos. «Un ejemplo es el aroma de fresa, hecho con 48 ingredientes químicos», afirma.


No es mejor el caso de los alimentos en los que el azúcar es reemplazado con edulcorantes: algunos estudios, realizados entre 2005 y 2007 por la Fundación Europea de Oncología y Ciencia Ambiental B. Ramazzini de Bolonia, han revelado el carácter cancerígeno del aspartamo, edulcorante que se emplea en bebidas light, chicles, chuches, caramelos y yogures.


También los investigadores ingleses de la Universidad de Southampton han planteado dudas sobre los efectos de dos mezclas de algunos colorantes con el conservante benzoato de sodio en la conducta infantil. El estudio, que señala la probable relación entre estas dos mezclas y la hiperactividad de los niños, suscitó el interés de la Food Standards Agency inglesa, que pidió una opinión a la Autoridad Europea para la Seguridad Alimenticia (EFSA). «Si nos atenemos a las conclusiones de ésta –explica, sin embargo, Antonio Malorni, director del Instituto de Ciencias Alimenticias del CNR–, las pruebas de que los colorantes influyen en la conducta infantil no son suficientes para disminuir la dosis permitida en los alimentos. Así pues, se mantienen los colorantes y también las dudas. Tendría que valer el principio de la precaución, según el cual habría que consumir productos sin colorantes.»


La única ayuda que les queda a los padres son las etiquetas, aunque también aquí hay dificultades. «A partir de 2009 habrá una nueva unidad de medida para las calorías, el joule –adelanta Margherita Caroli, asesora de la OMS para la nutrición pediátrica–. Han hecho falta décadas para que los consumidores se acostumbren a razonar en kilocalorías y ahora habrá que empezar de nuevo, con el riesgo de generar confusión en la lectura de las etiquetas.»


La legislación europea prevé que las informaciones nutricionales, o la cantidad de proteínas, grasas y azúcares presentes, no sean obligatorias en los envases de los alimentos a menos que hagan gala de específicas propiedades de salud. Es el caso de mensajes como «Alimento rico en calcio» o «Producto con vitaminas». «Lamentablemente, el lenguaje empleado –concluye Caroli– hace que a los padres les impresione más el anuncio publicitario que la etiqueta nutricional. Y si el anuncio dice `más leche y menos cacao´, podemos estar seguros de que ninguna madre se molestará en calcular la cantidad de calcio o leche que contiene realmente el producto; ya no digamos en transformar los joules en kilocalorías.»

 

Linda Grilli
 

XLSemanal@2005