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Autoridad |
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Sólo ella, al inspirar en el joven un cierto criterio, puede crear |
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He aquí una de las palabras más devaluadas, execradas, envilecidas y malversadas de nuestra lengua. Convendría, sin embargo, que liberándola del rebozo de mugre y deformaciones varias con que hemos ido envolviendo su significado prístino, reparásemos en su etimología. El sustantivo latino auctoritas deriva del supino del verbo augere, que significa ‘hacer crecer’. Autoridad sería, pues, ‘aquello que nos ayuda a crecer’, aquella persona o enseñanza que infunde en nosotros un apetito de sabiduría, un deseo de abrir los ojos a realidades nuevas. Leo en estos días Educar es un riesgo (Ediciones Encuentro), un compendioso e iluminador libro de Luigi Giussani, el sacerdote milanés fundador del movimiento Comunión y Liberación; un libro que recomiendo a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan, porque contiene una hermosa exaltación de los auténticos valores humanos. Giussani –que escribió este opúsculo en los años sesenta, aunque parece dirigirse a los hombres contemporáneos, tal es su vigencia y fuerza de convicción– reivindica el concepto de autoridad en su sentido primigenio, indispensable en toda misión educadora.
La experiencia de la autoridad surge en nosotros al encontrarnos con una persona cuyo ejemplo suscita en nosotros una inevitable adhesión; así surge la relación, tan descuidada por la pedagogía moderna y tan fundamental para la verdadera fluencia de conocimientos (que es también fluencia vital), entre maestro y discípulo. La persona dotada de autoridad no se impone como algo extraño y castrante sobre el discípulo, sino que, por el contrario, ayuda a rescatar su yo más verdadero, estimulando en él, a través de su aportación humana, un criterio permanente para enjuiciar la realidad. Nuestra época se ha empeñado en denigrar ese criterio que nos aporta la autoridad; ha infundido en nuestros jóvenes la creencia absurda de que pueden erigirse en ‘maestros de sí mismos’ y convertir en código de conducta sus impresiones más contingentes. O, en el mejor de los casos, les ha propuesto un batiburrillo de autoridades divergentes, para que elijan las que mejor se adecuen a su carácter. Así, el joven de nuestro tiempo queda abandonado a su suerte, zambullido en la incertidumbre y la dispersión. Ciertamente, la misión educativa no es otra que infundir en el joven una verdadera libertad de juicio y una verdadera libertad de elección; pero juzgar y elegir se convierten en tareas imposibles cuando falta un criterio unificador que actúe a modo de levadura comprensiva de la realidad. «Sólo una época de discípulos –escribe Giussani en algún pasaje de su libro– puede deparar una época de genios.» Sólo quien primero es capaz de escuchar y comprender puede luego juzgar la realidad, incluso abandonando la senda que esa autoridad le había trazado en un principio. Pero cuando esa autoridad falta, se condena al joven a crear ilusoriamente un criterio comprensivo de la realidad; criterio que, con frecuencia, no es sino una invitación a sucumbir ante fuerzas externas, a ceder ante el barullo contradictorio de impresiones que lo bombardean, a dejarse arrastrar por la corriente precipitada de las modas, por la fascinación de la banalidad y la inercia.
Creo que el fracaso educativo de nuestra época nunca será rectificado hasta que recuperemos este concepto fecundo de autoridad, despojado de sus significaciones más siniestras y ceñido a su sentido originario. La formación de la personalidad no puede dejarse al albur de la espontaneidad y la incertidumbre. El joven necesita un maestro, guía que le ayude a descubrir el sentido unitario de las cosas; de lo contrario, su educación se convierte –como sostiene Giussani, en un símil muy afortunado– en la andadura de un hombre sobre la arena: buena parte del esfuerzo realizado en cada paso es absorbido por la inestabilidad del terreno. Sólo la autoridad, al inspirar en el joven un criterio cierto, puede crear en él un interés sincero por la confrontación con otros criterios. Así se forman los espíritus verdaderamente abiertos y verdaderamente libres. Cuando, por el contrario, falta esa autoridad originaria, se arroja al joven a la desorientación y el caos.
Pronunciar estas verdades tan elementales te convierte en un cantante desafinado en medio del coro de las voces gregarias; pero, como el personaje del romancero, «yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va».
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