Número: 960
Del 19 al 25 de marzo de 2006
 
 

 
 
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada

 
  Un augurio
  Me exasperó la bravuconería de aquel tipo, que hacía del victimismo una herramienta de chantaje e intimidación
 
Decía Julio Camba que el escritor de artículos corre el riesgo de contemplar obsesivamente su propia vida como una cantera incesante de artículos, hasta olvidarse de vivir. He procurado siempre rehuir una tiranía que, tarde o temprano, acaba vampirizando a quienes cada día hemos de encontrar asuntos para el comentario de actualidad; pero a veces la vida se rebela contra esta pretensión ilusa y nos impone fatalmente que la usemos como materia prima. Me permitirán las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan que narre aquí uno de esos fragmentos fugitivos de vida que reclaman a gritos su derecho a convertirse en un artículo.

Ocurrió cuando el avión no había despegado aún. Yo viajaba en clase turista, en asiento de pasillo, como en mí suele ser costumbre (para aliviar el complejo de sardina en banasta y de candidato a la trombosis que me acomete cada vez que ingreso en un avión), en una de las filas más avanzadas, próxima a la zona de clase preferente. Una azafata ofrecía prensa a los pasajeros que ocupaban dicha zona, uno de los escasos privilegios –el otro es el derecho a un piscolabis más bien cutrecillo– de que gozan quienes, por afectación esnob, deciden pagar el doble a cambio de que los encajonen en asientos casi igual de angostos (me estoy refiriendo a un vuelo nacional, la clase preferente en vuelos internacionales, sobre todo trasatlánticos, incorpora ciertas ventajas y facilita ciertas expansiones). Delante de mí, en la primera fila de clase turista, un joven moro aguardaba con indisimulada ansiedad que la azafata llegase a su altura, para reclamarle algún periódico; reconoceré que al principio me compadecí de lo que yo consideraba ingenuidad de pasajero primerizo, pues la prensa en los aviones, a partir de una determinada hora de la mañana, sólo se reparte entre los viajeros de primera clase. La azafata concluyó el reparto, que además la había dejado totalmente desembarazada de periódicos, y se dio la vuelta, rumbo a la cabina. El joven la interpeló entonces de forma bastante ruda: «¿Y a mí por qué no me das?». Entendí al instante su propósito; no le ocurrió lo mismo a la azafata, que desprevenida empezó a decirle: «No sabe cuánto lo siento, pero es que los he repartido todos…». No había concluido aún sus muy corteses explicaciones cuando el joven la atajó: «Quiero As o Marca. Dame As o Marca». En aquel reiterado laconismo mandón, así como en la muy calculada y chulesca elección del tuteo, que empezaba a acompañarse de aspavientos, se contenían unas intenciones inequívocas que la azafata todavía se resistió a admitir; trató de explicarle al encrespado pasajero que la prensa sólo se repartía en clase preferente, pero que aun así con mucho gusto le habría dado un ejemplar de As o Marca si no se le hubiesen agotado (confesaré que me molestó aquel exceso contemporizador: nunca se debe tratar de contentar a quienes no desean ser contentados). El joven se levantó entonces del asiento; con manoteos y muy malos modos empezó a perseguir a la azafata, que reculaba por el pasillo: «Tú mientes. Tú no me quieres dar el periódico porque soy moro», le recriminaba en un tono insoportablemente amedrentador y remató con la coletilla consabida: «Eres una racista» (la misma que quizá me adjudique alguien por escribir este artículo).

Me exasperó la bravuconería y tendenciosidad de aquel tipo, que hacía del victimismo una herramienta de chantaje e intimidación. Y me exasperó, sobre todo, que todos los viajeros circundantes se hicieran los longuis, intimidados también ellos, permitiendo que una muchacha correctísima y afable fuese de aquel modo avasallada y vituperada. Intervine entonces y le canté al joven moro las cuarenta, exigiéndole que se dejase de monsergas racistas y volviera a su asiento. Aunque terminó haciéndolo, me escupió una mirada de reconcentrada rabia, en la que se agolpaba un odio atávico, químicamente puro. Vi en aquella mirada el augurio de un futuro previsible.

 
  
 
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