Número: 879
Del 29 de agosto al 4 de septiembre de 2004
 
 

 
 
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada

 
  ‘Eruditos Google’
  Hinchado como una pompa de jabón, delata enseguida la inconsistencia de sus saberes
 
En Fedro, Sócrates, defensor de la oralidad como vehículo transmisor del conocimiento, despotrica contra la escritura, alegando que producirá olvido entre los hombres, ya que, «fiándose de lo escrito, descuidarán la memoria y llegarán al recuerdo (esto es, a la sabiduría) desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos». Para Sócrates, la escritura –que por entonces empezaba a imponerse– nos convertiría «en sabios aparentes en lugar de sabios verdaderos». A la postre, este augurio funesto se revelaría equivocado; pues los libros, recipientes de la escritura, aunque hayan servido en ocasiones para maquillar la indigencia de ciertos impostores, han sido sobre todo transmisores de conocimiento (las palabras de Sócrates, sin ir más lejos, no se han esfumado en el olvido gracias a que su discípulo Platón actuó como amanuense) y acicates de nuestra curiosidad.

Pero aquella profecía funesta de Sócrates cobra una renovada actualidad ante la emergencia de un nuevo espécimen de sabio fingido que yo denomino ‘erudito Google’, ese truhán que disfraza su ignorancia (y que, incluso, no contento con disfrazarla con parches ad hoc, la engalana ostentosamente de conocimientos oceánicos), aprovisionándose de citas, datos y otros exhibicionismos tan falsorros como epidérmicos recolectados en sus navegaciones y saqueos por Internet. Nuestra época, que desprecia el esfuerzo (y no existe verdadera adquisición de conocimiento si no se acompaña de costosos sacrificios), no se ha limitado a aceptar misericordiosamente este prototipo zascandil, sino que lo ha elevado a los altares de la admiración y la respetabilidad, como encarnación de una nueva forma de sabiduría, facilona y utilitaria, adquirida instantáneamente y de beneficios inmediatos. El ‘erudito Google’, hinchado como una pompa de jabón, delata enseguida la inconsistencia de sus saberes presuntamente enciclopédicos; pero nadie parece preocupado de derribar esa mampostería hueca que encubre su inanidad. De este modo, pasea impunemente sus erudiciones de baratillo por los foros mediáticos y académicos, ante un público sugestionable que comulga sus patochadas como si fueran oráculos o dogmas de fe.

¿Y cómo distinguir al ‘erudito Google’ –se preguntará el escamado lector– del sabio verdadero? La tarea, una vez superado ese deslumbramiento bobalicón que nos produce la munición pirotécnica de citas traspilladas y datos traídos por los pelos con que el ‘erudito Google’ apedrea y aturde nuestro entendimiento, no puede resultar más sencilla. El conocimiento verdadero no consiste en una cumulación de datos desmenuzados servidos bajo una apariencia de veracidad, sino en una inmersión sacrificada en las raíces de nuestro acervo cultural. Así, el verdadero sabio actúa como quien excava un pozo, en busca de un agua preciosa que anida en las profundidades; naturalmente, desdeña los exhibicionismos fatuos y, cuando se decide a intercalar una cita en su discurso, lo hace porque se trata de una cita vivida, incorporada a su genealogía intelectual, como una semilla se incorpora a la tierra que la fecunda para transformarse en árbol frondoso. El ‘erudito Google’, en cambio, entiende la sabiduría como una pacotilla de datos ensartados sin orden ni concierto; en lugar de excavar la tierra en busca de un agua recóndita, nos riega por aspersión con un batiburrillo de informaciones inconexas y efímeras que, al instante de ser emitidas, ya han perdido su significación. Por supuesto, el ‘erudito Google’ ignora que no existe conocimiento verdadero si no se otorga cohesión a esos datos que escupe a velocidad de ametralladora; no entiende que en ese caudal de información desparramada y caótica que obtiene en la pantalla del ordenador no se halla la fuente del conocimiento, sino, por el contrario, su refutación más palpable, pues la verdadera sabiduría es aquella que vislumbra una imagen estable del mundo, y no la que hace del mundo un carrusel acelerado, una girándula de artificio y banalidad, un caleidoscopio de impresiones fragmentarias y huidizas. Pero nuestra época ha entronizado la banalidad campanuda como sucedáneo de la sabiduría. Y el ‘erudito Google’ triunfa por doquier, en la academia y en los medios de comunicación, encaramado en su cátedra de charlatanería. ¡Ah, si Sócrates levantara la cabeza!

 
  
 
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