Número: 958
Del 5 al 11 de marzo de 2006
 
 

 
 
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada

 
  Negros de sí mismos
  A todos los miembros del jurado, el libro de la poetisa novel les pareció el mejor sin disputa; sólo García Nieto permanecía callado
 
Se acaba de destapar en Estados Unidos un rocambolesco escándalo literario. Hace algunos años apareció en la palestra, como un arcángel surgido de la ciénaga, el escritor J. T. LeRoy, que a la muy precoz edad de dieciséis años publicaba El corazón es mentiroso (existe edición española en Mondadori), un libro de cuentos feroz y sórdido donde el autor narraba la traumática relación que había mantenido con su degenerada madre, que lo travestía para utilizarlo como cebo sexual a cambio de heroína. LeRoy, después de pasearse por los infiernos de la prostitución y las drogas, conjuró su recuerdo mediante el exorcismo de la literatura. Los relatos de LeRoy, perfumados de malditismo, hallaron enseguida una cohorte de adoradores, de Winona Ryder a Madonna, de Courtney Love a Lou Reed; pero nadie se sintió más atraído por el brillo andrógino de aquel wonder boy rescatado del barro como el cineasta Gus Van Saint, que le propuso escribir al alimón el guión de Elephant, la película con la que después ganaría la Palma de Oro en Cannes. LeRoy fue perdiendo poco a poco la timidez y dejándose acunar por la orgiástica embriaguez de la fama; en sus apariciones públicas siempre se emboscaba detrás de una peluca y unas gafas de sol, huidizo de las cámaras, como una versión WASP y juvenil de Michael Jackson. Así hasta que…

Hasta que un tipo despechado, Geoffrey Knoop, revelase que el tal J. T. LeRoy era en realidad Laura Albert, un ama de casa cuarentona con la que llevaba casado dieciséis años y a la que disputaba la custodia de su único hijo. Laura, que había tratado en vano de llamar la atención de algún editor intrépido con sus libros, decidió, harta de desdenes, hacerse pasar por un adolescente de biografía turbia, arañada de ambigüedad sexual y episodios decididamente abyectos; para completar tan divertida estafa, solicitó a su cuñada, la veinteañera Savannah Knnop, que pusiera el careto y los dengues ante las cámaras. Al instante, los mismos esnobs que habían rechazado los libros de Laura Albert, por considerarlos morralla de una maruja menopáusica, pusieron los ojos en blanco ante la genialidad tortuosa del prostituto yonqui y apenas púber que narraba sus peripecias más escabrosas «con lenguaje fresco y alma nunca corrupta», según afirmación altisonante (y ridícula) de The New York Times.

La historia de Laura Albert, convertida en ‘negra’ de sí misma para conquistar la esquiva gloria literaria, posee un aura tragicómica que, amén de desenmascarar la feria de las vanidades en que se ha convertido la literatura, estimula la hilaridad. No es, sin embargo, la única historia divertida propiciada por escritores que se inventan un heterónimo para saciar su vocación de ventrílocuos. Dejando a un lado el caso proverbial de Fernando Pessoa, aquel atleta del fingimiento, y también el de nuestro Antonio Machado (que se desdobló en Juan de Mairena y Abel Martín), tenemos que hacer mención al descacharrante caso de Juana García Noreña, quien con su poemario Dama de soledad obtuvo el prestigioso Premio Adonais, allá por los años cincuenta. A todos los miembros del jurado, el libro de la poetisa novel les pareció el mejor sin disputa; sólo el poeta José García Nieto permanecía callado, renuente a pronunciar un elogio. Pero su silencio no expresaba una disidencia, sino más bien un entusiasmo secreto, malicioso e inconfesable. Y es que, como luego se sabría, García Nieto era el verdadero autor del poemario premiado. Al no atreverse a confesar el pufo, García Nieto convenció a una bella señorita para que recogiese el premio, haciéndose pasar por la espectral Juana García Noreña. Pero, entre tanto, los rumores habían empezado a circular por los mentideros literarios madrileños; un periodista, además, acababa de descubrir en uno de los poemas de Dama de soledad un acróstico que revelaba el nombre de García Nieto. La muchacha, perseguida por los gacetilleros, tuvo que refugiarse en casa de García Nieto, hasta que amainó el escándalo. Luego, desaparecería sin dejar huella, como un fantasma de tinta, como una fragancia de letras esquivas que se queda temblando en el aire, un segundo antes de desvanecerse.

Pero lo verdaderamente divertido sería descubrir que Juana García Doreña y J. T. LeRoy existen realmente, y que urdieron de común acuerdo con García Nieto y Laura Albert el embeleco de hacerse pasar por heterónimos. Así se haría realidad el anhelo máximo de cualquier escritor, que no es otro que emborronar las fronteras entre la realidad y el sueño, regatear la línea de sombra que separa la literatura de la vida.

 
  
 
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