Número: 955
Del 12 al 18 de febrero de 2006
 
 

 
 
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada

 
  Ligues del Paleolítico
  Aunque me creía preparado para afrontar los retos de la tecnología, he descubierto que soy un dinosaurio sin posibilidad de redención
 
Veo que cuatro de cada diez europeos consideran que Internet es el medio más rápido y eficaz para encontrar pareja. También que crecen en proporción geométrica los divorcios provocados por la adicción de uno de los cónyuges (o de ambos) a la navegación virtual; adicción que suele desembocar en el adulterio no tan virtual. Algunas de las llamadas ‘redes sociales’ de Internet tienen registrados a millones de usuarios dispuestos a entablar relaciones amistosas o eróticas con otros miembros de la comunidad repartidos por los parajes más diversos del atlas. Repentinamente, he comprendido el significado de esa expresión tan repetida, «brecha digital»: aunque creía que había logrado salvarla, aunque me creía preparado para afrontar los retos que la tecnología nos propone, he descubierto que en realidad soy un dinosaurio sin posibilidad de redención. Pensaba que bastaba un mero uso utilitario de las ventajas que nos proporciona la red para considerarme integrado en ese vértigo que en unos pocos años ha acelerado nuestras vidas; pensaba que, manteniendo una correspondencia electrónica y realizando unas cuantas compras a través de Amazon, picoteando en tal o cual blog o realizando búsquedas en Google cumplía con los requisitos del hombre tecnológico. De súbito, he comprendido que Internet es mucho más que una herramienta de trabajo que agiliza o abrevia nuestras rutinas, que expande nuestra curiosidad, que nos conecta a un caudal de informaciones insomne y caótico.

Esa consideración de Internet como algo puramente funcional me convierte más bien en un hombre del Paleolítico. Ahora descubro que la misión de Internet no es tanto facilitarnos la vida como implantarnos una nueva vida regida por nuevas percepciones, por nuevos vínculos, por nuevos afectos. Quizá esas percepciones sean en realidad espejismos, quizá esos nuevos vínculos sean inconsistentes y quebradizos, quizá esos nuevos afectos sean epidérmicos, cambiantes, efímeros como los efectos de una droga; pero son el color del cristal con el que a partir de ahora empezaremos a contemplar la realidad. Cuando el mundo entero está al alcance de un clic o un golpe de tecla, las impresiones que recibimos del mundo se hacen tumultuosas, mutantes, como nacidas de una efervescencia que rápidamente se disipa. Inevitablemente, esta instantaneidad del mundo acabará alterando nuestra conducta, atomizando o disgregando nuestros sentidos y también nuestros sentimientos. Tal vez sintamos de manera más intensa, tal vez anestesiemos las fuentes del dolor o la angustia, tal vez nos convirtamos en rehenes de un hastío que sólo lograremos combatir mediante inyecciones anímicas o subidones de adrenalina. Ignoro cuál será la forma en que el hombre tecnológico modele sus afectos; pero sin duda la genealogía y la expresión de dichos afectos se metamorfoseará. Quizá alcancemos una suerte de nirvana del que quede desterrado para siempre el sufrimiento, las congojas existenciales, las dudas más lacerantes; pero quizá también extraviemos en el camino las ganas de sentirnos vivos, quizá la vida se convierta entonces en un sucedáneo.

Para entonces ya nadie imaginará siquiera la posibilidad de encontrar pareja de otro modo que no sea a través de Internet. Tal vez a alguien se le ocurra entonces rodar un documental que se titule algo así como Ligues del Paleolítico, donde se entreviste a viejecitos decrépitos, reliquias de una época pretérita, que aún se precien de ejercer ciertos afectos ya extinguidos, que aún se jacten de haberse enamorado de otra persona a la que conocieron en el instituto, en el trabajo, en la discoteca, en el rellano de la escalera, otra persona de la que llegaron a encariñarse a fuerza de tesón, como antaño se encariñaba la gente. A los espectadores de ese documental futuro, emparejados por Internet, los viejecitos entrevistados les provocarán perplejidad, tal vez irrisión o lástima; pero puede que alguno de esos espectadores experimente de forma confusa y atolondrada algo parecido a la nostalgia, como una dulce añoranza de lo que pudo haber sido y no fue.

 
  
 
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