Número: 954
Del 5 al 11 de febrero de 2006
 
 

 
 
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada

 
  Traducciones exquisitas
  Su labor resulta con frecuencia reparadora de los estropicios y las torpezas del texto original
 
De Italia procede una sentencia sumaria y muy descalificadora del oficio de traductor –Traduttore, traditore–, acuñada seguramente por algún escritor iracundo cuya obra acabase de ser sometida a las fechorías de una traducción descuidada. La sentencia de marras ha hecho fortuna, cargando sobre el gremio de los traductores con una leyenda negra tan injusta como infamante. Anécdotas chuscas sobre los gazapos que un traductor negligente o fantasioso puede introducir en un texto, para suplir su ignorancia o excusar la consulta del diccionario, no faltan. Así, por ejemplo, se cuenta (nunca he podido determinar si se trata de una anécdota verídica) que un traductor incorporó a pie de página una nota rocambolesca para ‘explicar’ el extraño comportamiento de la tripulación de un barco que, al arribar a puerto, arrojaba tinta por la borda. «Se trata –apostillaba sin rubor este hipotético traductor– de una superstición de la marinería francesa, que así cree ahuyentar la mala suerte.» Aclaración tan estupefaciente se la podría haber ahorrado el traductor si hubiese advertido que en el texto original los marineros arrojaban l’ancre –o sea, el ancla– y no l’encre, la tinta. Muy divulgado también (pero no nos atreveríamos a afirmar si cierto) es el gazapo infiltrado en cierto tratado sobre el comportamiento animal; en un capítulo dedicado a las ceremonias de cortejo y apareamiento, se describía con todo lujo de detalles la liturgia nupcial de una pareja de esponjas, durante la cual la hembra permanecía pudorosa y remolona, mientras el macho revoloteaba en su derredor, ensayando piruetas hasta la consumación final. El traductor, tan poco versado en zoología como en alemán (el idioma en que estaba escrito el tratado), había confundido schwan, cisne, con schwamm, esponja.

Estos y parecidos deslices semánticos, tan legendarios como improbables, han contribuido a desprestigiar un oficio que en realidad es un verdadero arte, tan creativo y esmerado a veces como la propia escritura y, desde luego, infinitamente peor remunerado (siendo ya de por sí la escritura un oficio que no reporta cantidades fastuosas). En desagravio de los traductores, convendría dejar claro que, salvo intromisiones de advenedizos que deshonran el gremio, su labor resulta con frecuencia reparadora de los estropicios y las torpezas del texto original, a la vez que insustituible, por mucho que ahora se empiecen a divulgar ciertos programas informáticos de traducción automática. Programas que nunca lograrán suplantar ese aporte de sensibilidad e intuición lingüística que permite a un traductor salvar y dejar intacta la furtiva belleza del texto original. Un amigo editor, Emilio Pascual, me refiere una anécdota desternillante (y esta vez verídica) sobre estos programas de traducción automática que cualquier internauta tiene al alcance de su mano. Sugestionado por una propuesta de Umberto Eco que acababa de leer, según la cual bastaría someter cualquier obra al filtro de sucesivas traducciones, para obtener una obra enteramente distinta, Pascual quiso someter uno de estos traductores automáticos a la ‘prueba Eco’. Para ello, eligió aquel ovillejo de Cervantes que dice así: «¿Quién mejorará mi suerte? / La muerte. // Y el bien de amor, ¿quién lo alcanza? / Mudanza. // Y sus males, ¿quién los cura? / Locura. // De ese modo, no es cordura / querer curar la pasión, / cuando los remedios son / muerte, mudanza y locura». Pascual pasó varias veces el ovillejo por el traductor automático, del español al inglés, del inglés al francés, del francés al alemán, del alemán al italiano, del italiano al portugués y ya por fin volvió al español. He aquí el delirante resultado: «¿Quién mejora mi probabilidad? / Muerto. // Y el buen amante, ¿aquel que lleva a través con él? / Modificación. // ¿Perversidad relativo del sacerdote? / Locura. // En este tipo el extremo no es la validez / al exigir el respeto de la inclinación, / si los subsidios son / mujeres inoperantes, modificación y locura».

La interferencia de esos sacerdotes perversos y esas mujeres inoperantes añade al galimatías sus ribetes de ‘cadáver exquisito’, aquel juego colectivo que los surrealistas idearon para forzar las posibilidades semánticas del idioma. A falta de otras utilidades, la traducción automática podría erigirse en heraldo de una nueva y desquiciada vanguardia poética.

 
  
 
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