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hace ya algún tiempo, una compañía de telecomunicaciones promocionaba la tarifa de Internet con unos anuncios hilarantes y un tanto surrealistas. En ellos, un tipo con baile de San Vito en el dedo índice (ocasionado, se suponía, por el frenesí con que pulsaba el ratón de su ordenador) no acertaba a estampar su huella digital en un formulario, o confundía a unas atribuladas turistas que le preguntaban por la localización de una calle o monumento. El tembleque incontrolado de aquel dedo índice nos parece ahora menos inverosímil, después de saber que los usuarios más bulímicos del teléfono móvil, y en especial los adolescentes que lo emplean para enviarse mensajes a troche y moche, han desarrollado una musculatura hipertrofiada en su dedo pulgar. No es ésta, al parecer, la única mutación que se cierne sobre nuestro organismo, cada vez más habituado a desarrollar una relación simbiótica con las máquinas. Algunos oftalmólogos comienzan a considerar seriamente que la exposición prolongada a los rayos catódicos de nuestras pantallas de ordenador acabará resecándonos la córnea y la esclerótica, menoscabo que sólo se aliviará mediante una secreción incontinente de los lagrimales.
En apenas unos años, nos convertiremos en llorones intempestivos e involuntarios; las lágrimas, que los poetas de antaño comparaban con el aljófar, perderán su predicamento lírico, su aureola patética, y se convertirán en un humor tan prosaico como la cera de los oídos. Esas timideces del sentimiento que nos obligaban a derramar lágrimas furtivas serán confundidas con la mera adicción a Internet. Pronto tendremos que sollozar y gimotear con estrépito y acompañamiento de mucosidades si no queremos que nuestras flaquezas sentimentales sean confundidas con los achaques de un mentecato enganchado a los videojuegos.
Las mutaciones con que la cibernética alterará nuestra anatomía no se detendrán ahí, sin embargo. Algunos neurólogos previenen contra la posibilidad de que nuestro hemisferio cerebral derecho se desmande, sin que ni siquiera nos hayamos afiliado a ningún partido de ideario más o menos reaccionario. Al parecer, las actividades mentales se desarrollan en compartimentos estancos, un poco al estilo de las distinciones ideológico-espaciales que empleamos vulgarmente para designar las distintas adscripciones políticas. Así, el hemisferio cerebral izquierdo se consagra al pensamiento lógico y racional; el hemisferio derecho, en cambio, tiene encomendadas la percepción de imágenes y símbolos. El disfrute plástico y musical serían, pues, actividades más o menos asociadas a este hemisferio derecho, frente a las habilidades aritméticas y el empleo del lenguaje, que son actividades izquierdistas (y, a poco que sigamos tributándoles nuestro desdén, acabarán siendo subversivas). Hasta hace poco, se estimulaban con especial ahínco las facultades intelectivas que se cobijan en el hemisferio izquierdo. El uso del ordenador propicia, en cambio, el desarrollo de ese hemisferio cerebral derecho, que permanecía en hibernación, o sólo requerido en momentos de arrobo sentimental. Los reflejos visuales, la interpretación de iconos y, en definitiva, la actividad más impulsiva que racional caracterizan nuestro trato con el ordenador. Los más pesimistas auguran que nuestro hemisferio cerebral izquierdo se irá quedando raquítico, avasallado por el ímpetu colonizador del derecho, que crecerá en nuestra cavidad craneal, como un kéfir obeso, hasta dejarnos mudos y macrocéfalos. Las mutaciones nos acechan a la vuelta de la esquina; supliquemos al dios de la cibernética que, al menos, no nos deje calvos.
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