Número: 1033
Del 12 al 18 de agosto de 2007
 
 

 
 
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada

 
  El valor del arte
 
 


Hace algunas semanas, el violinista Joshua Bell, uno de los más afamados del mundo, se prestaba a un experimento singular, por encomienda del diario The Washington Post. Durante cuarenta y cinco minutos, Bell interpretó piezas de repertorio clásico en una estación de metro de la capital federal, a la hora en que la concurrencia de pasajeros era más tumultuosa, cosechando más indiferencias que arrobos. El diario que urdió el experimento nos proporcionaba algunos datos curiosos: sólo una persona, entre el trasiego de pasajeros ajetreados, llegó a reconocer al virtuoso; al final, el dinero recaudado por Bell no alcanzaba siquiera la tercera parte de la cifra que cualquier melómano estaría dispuesto a desembolsar por conseguir una localidad en sus conciertos. Expertos consultados por el diario habían anticipado que Bell no tardaría en formar un corro de curiosos en su derredor, reclamados por la distinción de su talento; sus predicciones, por supuesto, no se cumplieron.

El experimento del diario The Washington Post me ha recordado una sabrosa anécdota sobre Elmyr de Hory, el célebre falsificador de obras de arte a quien Orson Welles convirtiera en protagonista de su película Fake. Como tantos otros jóvenes artistas de su generación, Hory se había instalado en una buhardilla del parisino barrio de Montmartre, dispuesto a sobrellevar una existencia bohemia a cambio de alcanzar la escurridiza fama. Durante años había probado sin suerte a engatusar a algún galerista que apostara por su talento en ciernes; había tratado en vano de atraer la atención de algún marchante con ganas de riesgo; se había resignado, en fin, como tantos otros artistas fracasados, a exponer sus lienzos y dibujos en cualquier puente sobre el Sena, con la pálida esperanza de que algún transeúnte le adquiriese alguno a precio de saldo. Pero no lograba reunir dinero suficiente ni para pagar a su casero. Un día, logró embaucar a una ricachona, que accedió a acudir a su astrosa buhardilla para que le mostrara sus obras. Durante casi una hora, Hory aturdió a la visitante exhibiendo ante ella una selección granada de sus obras, sin lograr arañarle ni una pizca de entusiasmo. Aburrida o desencantada, la ricachona desvió la mirada hacia la única ventana de la buhardilla; de súbito, su rostro se iluminó: «Creo que no me interesa ninguno –dijo, impía–. En cambio, ese dibujo de Picasso…». Hory no daba crédito a lo que estaba oyendo: el picasso al que se refería la ricachona era en realidad un boceto bastante chapucero que había estado a punto de arrojar a la basura, pero que finalmente había utilizado para evitar que el frío del invierno se colase en su buhardilla a través de un cristal quebrado de la ventana. En un alarde de reflejos, Hory tasó aquel boceto fallido en una cantidad que decuplicaba la que él hubiese pedido por cualquiera de sus lienzos; cifra que a la ricachona debió de parecerle una ganga, a juzgar por la alegría con que apoquinó. Cuando se quedó otra vez solo en la buhardilla, Hory decidió que a partir de entonces se ganaría la vida copiando a Picasso; pronto descubriría su habilidad camaleónica para imitar a otros maestros contemporáneos. Y así se convirtió en uno de los falsificadores más célebres de la historia.

Nunca sabremos si Hory hubiese llegado a ser un gran pintor, si alguien se hubiese tomado la molestia de apreciar su talento; sabemos, en cambio, que cientos de millonetis orgullosos de engalanar las paredes de sus mansiones con picassos o modiglianis están en realidad en posesión de una apañada falsificación de Hory. Pero, aunque lo supieran, no creo que les importase en demasía: el valor del arte, a fin de cuentas, no es tanto como el de la firma que lo identifica, la marca o marchamo que suple nuestra insensibilidad o embotamiento artístico. Mucho más interesante y revelador del esnobismo contemporáneo que el experimento probado por el diario The Washington Post hubiese sido tomar al albur a cualquier violinista callejero no especialmente dotado que suplantase a Joshua Bell en un concierto de alto copete. Presumo que las localidades se habrían agotado y el público habría aplaudido a rabiar, arrobado ante la pericia del virtuoso. Y así se habría demostrado más descarnadamente que el arte es el reino de la engañifa, donde los mercaderes pasean orgullosos al rey desnudo, para pasmo de un público que sólo necesita aferrarse a una firma reconocible para afectar complacencia y aun sublime arrebato.

 
  
 
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