Número: 1033
Del 12 al 18 de agosto de 2007
 
 

 
 
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada

 
  Circo
 
 


En mi reciente novela El séptimo velo he incluido un homenaje fervoroso al circo, la más antigua forma de expresión cultural de Occidente y también la más vapuleada e ignorada por los poderes públicos. Siempre me ha sublevado la diferencia de trato que se le ha dispensado al circo, en comparación con el resto de las expresiones artísticas: se subvenciona el teatro, las artes plásticas, la música, la literatura en sus diversas modalidades, no digamos el cine; en cambio, se menosprecia el circo, a quien muchos consideran un entretenimiento cutre y plebeyo. ¿Se imaginan lo que serían las películas autóctonas si las televisiones no adquiriesen los derechos de emisión y el Estado no las financiara con fastuosas subvenciones? ¿Y qué decir del teatro, hostigado por una perpetua crisis? Los artistas plásticos y los poetas, ¿podrían seguir desempeñando decorosamente su oficio si no hubiese cajas de ahorros o instituciones municipales que sufragan sus exposiciones y recitales? Toda forma de arte estaría condenada a languidecer; y quienes se dedican a su cultivo tendrían que sobrevivir trampeando, ignorados de un público que preferiría entretenimientos menos cutres y plebeyos.

Durante milenios, el circo ha logrado sobrevivir en condiciones de penuria extrema, sin otro sostén que la devoción de sus seguidores. Pero esa supervivencia se hace cada vez más difícil, en una época que promociona otras formas de expresión artística, que incita a su consumo mediante estrategias propagandísticas cada vez más agresivas, que las abriga y protege frente al fantasma de la consunción. Soy un declarado defensor del proteccionismo cultural, pues entiendo que en el salvamento de estas manifestaciones artísticas se cifra el salvamento de la sociedad misma; pero nunca he entendido por qué estas prácticas benefactoras no se extienden al circo. Sospecho que en esta preterición subyace un entendimiento burgués del arte: sólo se considera artista a quien ha sido asimilado por la sociedad, domesticado por la sociedad, quien ha acatado sus reglas de convivencia, sus convenciones establecidas; el artista circense, que acampa en los arrabales de la sociedad, que sobrelleva una existencia nómada, que vive a salto de mata, que no frecuenta los cenáculos y saraos culturales, es mirado con suspicacia, displicencia o mero desdén, como se miraría a un buhonero o a un quinqui. En el fondo, tal entendimiento burgués del arte postula una negación del verdadero arte, que siempre ha sido flor silvestre, y no flor de invernadero; que siempre se ha significado como contestación a formas de vida comúnmente aceptadas, y no como acatamiento.

Siempre he pensado que el mejor degustador del arte es el niño. El Nazareno nos decía que sólo quienes son como niños pueden entrar en el Reino de los cielos; parafraseando esta sentencia, podríamos afirmar que sólo quienes son como niños pueden llegar a degustar esa forma de paraíso que el arte, el verdadero arte, instaura en la tierra. El niño posee una percepción de la realidad mucho menos constreñida que el adulto, una mirada más subversiva y predispuesta al asombro, capaz de penetrar con clarividencia y entusiasmo allá donde la mirada del adulto, entorpecida de legañas y de rutinas, se detiene. Todos hemos sido niños, y recordamos la impresión de colmada felicidad que nos provocaban los espectáculos circenses, donde el hombre y la bestia retozan juntos, donde se declaran abolidas las leyes de la gravedad, donde se desafía la lógica de los sentidos, donde las cabriolas de los saltimbanquis y la pericia de las amazonas, las piruetas de los trapecistas y las bufonadas de los payasos nos instalan en un reino de beatitud que nunca extingue su rescoldo. Una impresión de colmada felicidad que hemos visto, repetida y reverdecida, en nuestros hijos, si es que nos hemos molestado en llevarlos alguna vez al circo; a esa capacidad que sólo ellos tienen para aprehenderlo todo, para inquirirlo todo, para poner patas arriba la realidad mostrenca y archisabida, se le llama percepción artística. Y nada la estimula más que el circo.

No priven a sus hijos de esa dicha. Y prueben a sacudirse las legañas y las rutinas que han embotado su percepción; entonces descubrirán que no existe expresión artística más consumada y ancestral que el circo. El día en que desapareciese habríamos dejado de ser humanos.

 
  
 
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