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Otra forma de maltrato |
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Nadie se preocupa de calcular el número de mujeres que languidecen o malviven aquejadas de complejos de inferioridad |
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Se habla mucho de malos tratos y vejaciones físicas que soportan las mujeres, pero casi nadie denuncia (incluso se jalean) las humillaciones psicológicas que se les inflige desde las revistas de moda y desde esos programas presuntamente dirigidos al público femenino, donde se predica la esbeltez a toda costa y el sometimiento a unos cánones estéticos decididamente abyectos. Constantemente se actualizan las cifras de mujeres asesinadas por cónyuges, novios y demás ralea, pero nadie se preocupa de calcular el número de mujeres que languidecen o malviven aquejadas de complejos de inferioridad, ayunos masoquistas y traumas que convierten su vida en un cotidiano infierno.
Hemos conseguido que la mujer se emancipe de su señor feudal, el macho tiránico y avasallador, pero hemos dejado que se someta a unos patrones físicos dictados desde las pasarelas, hasta convertirse en prisionera de su propio cuerpo, que es la forma más primitiva de vasallaje. Hasta hace muy poco la mujer estaba obligada por el macho a desempeñar un papel de pacífica bestia doméstica o florero que se exhibe con orgullo a las visitas. Hoy, cuando el rigor de estas imposiciones casi ha desaparecido, nos encontramos, sin embargo, con un número creciente de mujeres esclavas de la cosmética, súbditas de la dieta, vigías insomnes de su celulitis y drogadictas del lifting. Mujeres que, en vez de convertir su cuerpo en un habitáculo aliado, se han sometido a su despotismo, hasta convertirse en rehenes de sí mismas, atletas del sacrificio estéril corriendo en pos de un ideal inalcanzable: la carne sin arrugas ni flacideces ni adiposidades. Mujeres que han olvidado que la misión de un cuerpo es declinar gloriosamente, como los árboles en otoño. Porque la carne, como aquella manzana que perturbó la siesta de Newton, es devota de las leyes de la gravedad. Por muchas cremas anticelulíticas y píldoras y bisturíes y andamios y cabestrillos que interpongamos en su caída, acabará cediendo a su destino. Muchas revistas en cuyas páginas proliferan las muñequitas de gimnasio castigan a sus lectoras con consejos para conseguir un cuerpo cañón, sometido a esos cánones tarumbas que establecen la cima de la belleza en el artificio y la abolición de las leyes naturales.
Constantemente se publican reportajes en los que se incita a las mujeres a adelgazar, aunque sea con bisturí: a las mujeres con las nalgas flácidas o las tetas escurridas se les aconsejan prótesis de silicona; a las mujeres con barriguita, lipectomías abdominales; a las mujeres con pistoleras, liposucciones, y así sucesivamente, como si la consecución de una belleza de cromo justificara todas las charcuterías. Y no sólo son las revistas presuntamente femeninas las que fomentan estas aberraciones: también la televisión ofrece programas deleznables donde cirujanos con aspecto de vendedores de crecepelo o discípulos del doctor Mengele describen –como si presentasen un encantador álbum de muestras– las distintas operaciones que ejecutan en sus mazmorras o quirófanos, siempre abastecidos por mujeres acomplejadas a las que previamente han convencido de que, con esos kilos o esos años de más, su aspecto resulta calamitoso. Así se obliga a las mujeres a mantener el culo prieto como el de un maniquí y el rostro tirante y acartonado como el de una máscara del teatro kabuki. Las dietas crudelísimas que no son sino banquetes de hambre, las sesiones agotadoras de gimnasio y demás privaciones que impone el mantenimiento de la esbeltez y la juventud fiambre se han erigido, a falta de un macho despótico que las someta, en la nueva forma de esclavitud de un número creciente de mujeres, que aspiran a envejecer convertidas en horrendos autómatas de plástico con cinturita de avispa. Pero de estas mujeres condenadas a infelicidad perpetua, tiranizadas por esa quimera de la eterna juventud, casi nunca se habla, o si se habla es para presentar su esclavitud como una nueva forma de afirmación femenina.
Nadie les ha enseñado que una mujer que no aprende a amar los signos de decrepitud que poco a poco arañan su cuerpo es una mujer muerta. Con lo bella que es la carne cuando acata plácidamente su decadencia, cuando aprende a envejecer sin miedo.
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