Número: 974
Del 25 de junio al 1 de julio de 2006
 
 

 
 
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada

 
  Amas de casa
  Un día descubrí que aquellas siglas enigmáticas no significaban ‘sociedad limitada’, sino ‘sus labores’. Cuánta abnegación había en ellas
 
Recuerdo aquellas siglas estampadas en el carné de identidad de mi madre, S. L., como una enigmática profesión que no osaba decir su nombre y que yo, al principio, traducía como ‘sociedad limitada’. O más bien limitadísima, sin otro capital social que el trabajo insomne de mi madre, siempre atareada en la cocina. Yo llegué a pensar que los platos que cocinaba mi madre, aquellos platos mitológicos cuyo sabor aún persevera en mi paladar, eran las acciones de su sociedad, cotizando siempre al alza y obteniendo ‘máximos históricos’ cada vez que se aproximaba una fecha señalada y hasta mi habitación llegaban los efluvios culinarios. Una vez al mes, mi madre iba a la panificadora de la ciudad, que era como una sucursal del paraíso, olorosa de magdalenas recién hechas que extendían su perfume nutritivo, y se reunía allí con otras mujeres que cocían sus propios dulces. Recuerdo que yo solía acompañar a mi madre a la panificadora, para devorar glotonamente la primera remesa de magdalenas que salían del horno,  esponjosas y tibias y casi palpitantes como la carne de un ángel que aún no se ha recuperado del sofoco. En aquel lugar, las mujeres intercambiaban recetas y despotricaban contra sus maridos, que no las ayudaban ni siquiera a llevar la contabilidad doméstica.

No se detenían ahí las atribuciones de aquella sociedad limitada que era mi madre: por las mañanas me llevaba al colegio, después de comer fregaba los platos mientras escuchaba un folletín radiofónico, a la hora de la siesta amamantaba a mi voraz hermanita y, ya al llegar la noche, con la mirada derrumbada por el cansancio y la sonrisa exhausta, me ayudaba a deletrear mis oraciones, aquella música de palabras ininteligibles que actuaba como un exorcismo contra las pesadillas, sobre todo si mi madre las remataba con un beso en la frente, un beso cuya saliva transportaba los microbios benignos del amor. Cuando la garganta me florecía con los estigmas de la faringitis, ella se encargaba de llevarme al pediatra; cuando mis pantalones se desgarraban a la altura de las rodillas, ella se encargaba de remendarlos, con esa parsimonia del cirujano que repasa las cicatrices de una operación. Un día descubrí que aquellas siglas enigmáticas que ilustraban su carné no significaban ‘sociedad limitada’, sino ‘sus labores’, una fórmula eufemística que se empleaba para designar la profesión menos considerada en el escalafón de las vanidades humanas, ama de casa. Cuánta secreta abnegación había en aquellas siglas, cuánto sigiloso entusiasmo.

Parece que la evolución de los tiempos ha convertido el oficio de ama de casa en una reliquia propia de una época clausurada, como el del sereno o el peraile. La experiencia demuestra, sin embargo, que esta relegación produce desajustes irreparables en la formación sentimental de las nuevas generaciones, que crecen en esos hospicios posmodernos denominados guarderías y se alimentan de bazofia en bote recalentada en el microondas y tienen que aprender sus oraciones, esa versión elemental de la poesía, de manera autodidacta, o más bien no aprenderlas nunca. La sensibilidad contemporánea ha rescatado a la mujer de la cocina, empresa altamente loable, pero aún no ha logrado llenar ese vacío cordial dejado por aquellas amas de casa que hacían de su trabajo una celebración cotidiana y extenuante. Las conquistas del feminismo, con la distribución de roles entre sexos, han conseguido aliviar la esclavitud de muchas mujeres, convertidas en bestias de uso doméstico, pero esa descarga de trabajo no se ha visto todavía compensada por una aportación fructífera de los hombres, que seguimos siendo unos inútiles proverbiales.

Yo recuerdo a mi madre, cargando siempre con la sociedad limitada de la organización doméstica, y me espanta que sus conocimientos culinarios y su abnegación secreta y sus labios bautizados de oraciones vayan a morir con las mujeres de su generación, como esas canciones populares que alimentan durante décadas o siglos los sueños ancestrales de los hombres, transmitidas oralmente, y que un día son suplantadas por una chatarra jeroglífica que suena en la radio. ¿Quién nos remediará esa orfandad?

 
  
 
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