Número: 905
Del 27 de febrero al 5 de marzo de 2005
 
 

 
 
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Una tarde cualquiera en Badyaro

Badyaro, acodado sobre la frontera con Liberia, era el cochambroso cuartel general del Ulimo, uno de los muchos grupos guerrilleros que infestan la selva guineana. Los habitantes del pueblo convivían con docenas de adolescentes armados con viejos fusiles. Por la mañana, unos salían a los campos a cultivar arroz y otros marchaban al sur para saquear y matar. O ser matados. Con el tiempo, las tareas se hicieron intercambiables: los guerrilleros hastiados de atacar tomaban el machete para desbrozar los arrozales y los jóvenes de la aldea bajaban a Liberia con sus Kalashnikov en ristre para rapiñar algo, o simplemente para abandonar por un momento su albañal de miseria.

Porque te acostumbras. Te acostumbras a ver a hombres empuñando armas y a críos limpiando a salivazos fusiles recién usados, como en Europa nos acostumbramos a ver desastres por la televisión. Cuando llegaba a Badyaro, me tenía que repetir que aquello era espantoso. Sin embargo, una tarde, conversando con uno de los jefes guerrilleros, me pidió que le sostuviera el Kalashnikov y entró en su cabaña. Me quedé solo, con el arma entre los brazos. Pesaba algo más que un bebé y lo tomé con la misma impericia con la que un padre primerizo toma a su hijo. Sin saber por qué me lo colgué al hombro. Con toda naturalidad, sin pensarlo, mi dedo índice buscó el hueco del gatillo. Y apunté.

Y me sentí bien, imbécilmente poderoso. Al girar con el Kalashnikov en alto, topé con el rostro del jefe guerrillero: sonreía como diciendo, fíjate, si somos iguales, si entre yo, que disparo, y vosotros, que producís o aceptáis el comercio de armas, no hay gran diferencia. En el fondo, la aldea global es Badyaro, un lugar donde unos llevan armas y otros acuden a sus distintos oficios sin preguntar mucho. Le devolví el Kalashnikov violentamente. Me olí las manos: por primera vez olían a metal. De alguna manera siempre habían olido a metal, como las tuyas.

Gonzalo Sánchez-Terán ha estado tres años viviendo en Guinea Conakry
 
 


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UNA TARDE CUALQUIERA EN BADYARO
Por Gonzalo Sánchez-Terán



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