PRISIONERAS EN UN MUNDO TÓXICO  | | CARLOS CARRIÓN | | Pilar Muñoz, en su urna de cristal |
Una caricia puede acabar con ellas. Un perfume, un móvil, el aroma de un suavizante... Sus enemigos están por todas partes. Por ahora afecta más a las mujeres. son las víctimas del Síndrome de sensibilidad química múltiple. Cada vez son más.
«Es como si estuviera en una cámara de tortura. Me quemo por minutos. Vivo con unos dolores horribles y cada día van en aumento.» Así se siente Alicia Mayo Bueno cuando se expone a las ondas de los teléfonos móviles. A sus 37 años, esta profesora de secundaria gijonesa afectada por el síndrome de sensibilidad química múltiple (SSQM) ya está `jubilada´. «No sé ni cómo consigo vivir, lo mío es quitar, quitar y quitar –señala con angustia–: los móviles, la electricidad, la luz solar también me molesta, no puedo usar productos de cosmética o de limpieza que contengan químicos tóxicos (la mayoría de los que hay en el mercado), los tubos de escape... Sólo cuando estoy alejada de todo eso no siento los síntomas. El único remedio para mi mal es recluirme, huir. Si viviera con esos dolores todos los días, ya me habría suicidado.»
Como Alicia, Elvira Roda pasa los días encerrada. No soporta el aire de la sociedad moderna, impregnado de productos químicos y partículas de hidrocarburos e invadido por ondas electromagnéticas. Esta valenciana de 34 años vive frente al Mediterráneo, pero apenas puede disfrutar de la vista o de los baños en el mar. Para ella, la luz del Sol es un tóxico y, durante el día, con la playa llena de gente, debe cerrar puertas y ventanas para evitar los efluvios de coches, cremas solares y otros productos que nos rodean en verano. Para colmo, el Ayuntamiento asfalta estos días la calle de su apartamento y esta mañana un vecino ha quemado rastrojos. «Estoy recluida. Vivo con gorra y gafas de sol. Sólo puedo salir de noche», lamenta.
La enfermedad de Alicia y Elvira todavía no la reconocen ni la Organización Mundial de la Salud [aunque tampoco niegue que exista] ni la sanidad pública española. Países como Canadá o Alemania tienen modelos de asistencia sanitaria pública para el SSQM. En este último, casos como el de Suzanne Sohmer, una mujer con sensibilidad electromagnética extrema, han atraído mucha atención. En España, mientras tanto, muchos médicos la ignoran o desprecian. Eso cuentan, al menos, los pacientes.
Según la endocrinóloga Carme Valls, la falta de datos científicos, así como la cantidad de sistemas afectados y de síntomas que presentan los pacientes, ha impedido que se relacionara la dolencia con exposiciones a sustancias químicas. Por eso, explica, los pacientes con SSQM han sido diagnosticados de histeria, ansiedad, depresión o trastornos psicosomáticos, a veces durante años.
Cada vez son más, sin embargo, los médicos que hablan del SSQM como un desorden desencadenado por la exposición a químicos presentes en nuestra vida cotidiana. Es el caso de Santiago Nogué, jefe de Toxicología de Urgencias del Clínic de Barcelona. «Es un síndrome del mundo industrializado –manifiesta–, que incide sobre todo en mujeres, desencadenado por una exposición a químicos. Los enfermos sufren una alteración que les aumenta la percepción sensorial, no sólo a tóxicos, son hipersensibles a las ondas electromagnéticas, la luz, el dolor, la fatiga; incluso emocionalmente son hipersensibles.»
En su libro Mujeres invisibles, la doctora Valls cuenta por qué afecta más a las mujeres: «Su sistema nervioso central es más vulnerable a la intoxicación, y la mayoría de estos productos se acumula en las células grasas, cuya proporción es mayor entre el sexo femenino. Además, alteran la menstruación, que se hace más abundante, con ciclos cortos, y aumentan los fenómenos autoinmunes».
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ELVIRA RODA, VALENCIA, 34 AÑOS
«Con el tiempo, me he hecho más sensible a todo. Es algo insoportable. Vivo en una auténtica burbuja» |
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SUZANNE SOHMER, ALEMANIA, 50 AÑOS
«Me siento acosada por la telefonía móvil. Tengo miedo de la industria, de los avances, del mercado» |
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ALICIA MAYO BUENO, GIJÓN, 37 AÑOS
«Las antenas de móviles son mi pesadilla. Me arde la cabeza. En casa sólo estoy segura en el pasillo» |
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PILAR MUÑOZ CALERO, MADRID, 52 AÑOS
«Nos están envenenando y sonreímos, mientras la industria química se infla a ganar dinero» |
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