Número: 1079
Del 29 de junio al 5 de julio de 2008
 
 

 
 
EXCUSAS PARA NO PENSAR

Los lectores preguntan a Eduardo Punset

¿Es evitable la crisis del transporte?
María Santamarina. Sevilla




Hace cuarenta años los conductores de automóviles en España estaban, en realidad, financiando las pocas autopistas que depredaban, en mucha mayor medida que ellos, sus competidores los grandes camiones. Hoy no creo que la situación haya cambiado mucho, aunque el sector del gran transporte de mercancías pague ahora más impuestos que entonces.


Era una situación absolutamente injusta. El pequeño automovilista con su SEAT 600 ya pagaba muchos más impuestos de los necesarios para sufragar, supuestamente, el coste de las carreteras, mientras que el camión de gran tonelaje, cuyo peso generaba un desgaste del asfalto incomparablemente mayor y costes de mantenimiento disparados al alza, no llegaba a cubrirlos con la recaudación de los impuestos que le afectaban.


Aunque las cosas hubieran cambiado radicalmente desde entonces y el sector del transporte de gran tonelaje sufragara hoy no sólo los costes que provoca sino la brecha que no cubre, supuestamente, el sector del automóvil, la pura realidad es que el transporte de mercancías por carretera está sobredimensionado en España y el volumen de mercancías transportadas por ferrocarril es ridículo. Ridículo comparado con lo que ocurre en otros países europeos y ridículo a la luz de lo que está ocurriendo con el precio de la gasolina y, en general, de los carburantes fósiles.


España se está comportando en materia de transporte con una prepotencia típica de países grandes, ricos y dotados de recursos energéticos propios como los Estados Unidos. Al mismo tiempo, se ha permitido autoimponerse una moratoria nuclear que ha cercenado todavía en mayor medida su soberanía, ya restringida en este campo, sin abordar la reforma de su sector del transporte de cara al futuro.


La crisis actual debería servir para abordar –no de una vez por todas, sino paulatinamente–, con el sosiego necesario pero con el mismo empeño, reformas que son inaplazables y que dependen todas de lo mismo: aceptar que el mundo no es lo que era y que las cosas han cambiado. Es fascinante constatar hasta qué punto el universo anterior a 1927, perfectamente predecible, del físico y matemático francés Pierre Simon Laplace (1749-1827) sigue vigente para amplios sectores sociales. Los errores de predicción, antes del descubrimiento del principio de incertidumbre en esa fecha, eran el resultado de un conocimiento insuficiente de la naturaleza.


Laplace representa mejor que nadie la seguridad sobre el funcionamiento de las cosas o los cuerpos que nos rodean. Cuenta la leyenda que en una conversación con Napoleón Bonaparte –a quien siempre interesó la ciencia–, éste formuló la siguiente pregunta a Laplace: «He escuchado con atención tu nueva teoría del equilibrio de los cuerpos celestes, gracias a la que podremos predecir la trayectoria de los astros. ¿Has consultado esta hipótesis con Dios?» «No me hace falta –le replicó el científico–. Hay cosas que ya he podido comprobar por mí mismo, y no necesito a nadie más para hacerlo. Hay otras cosas, sin embargo, que no he tenido tiempo o ganas de demostrar. Sobre ésas, habrá que seguir preguntando a Dios.»


Era un mundo determinista. Lo que se sabía, se sabía con certeza. Hoy sabemos que esto no es verdad. Nuestra incapacidad para predecir no radica en que nos falte el raciocinio de lo explicable o completar nuestro conocimiento de las cosas. El principio de incertidumbre está en la naturaleza de las cosas, pongámonos como nos pongamos y esforcémonos todo lo que queramos.

Eduardo Punset

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