Es un deporte de riesgo, insólito cruce de surf y paracaidismo. Las costas de Cádiz son su paraíso. Sus adeptos, atletas jovencísimos, casi niños. Proceden de todo el mundo y atraviesan continentes en busca de las playas y el viento perfectos. Hemos estado con ellos en el campeonato mundial celebrado en Tarifa. Todo un espectáculo.
Cientos de adolescentes y veinteañeros se dejan llevar por el viento y por el mundo con sus cometas, sus arneses y sus tablas de kitesurf. Nómadas de un deporte donde parece que los practicantes hubieran pasado un casting para un desfile de modelos: son todos guapos. Guapos es poco, arrebatadoramente bellos. Perfectos. Con un alto porcentaje de querubines rubios y diosas bronceadas que derrochan salud. Culos y pectorales que hubiera cincelado Michelangelo. Y, además, simpáticos y sonrientes. Y no sólo porque dependen del patrocinio para financiarse los viajes (unos 10.000 euros al año solo en desplazamientos), deben ser amables y accesibles con los medios. Se nota que les sale de dentro. Niñatos encantadores cuyas vidas son una sucesión de vuelos en avión y en cometa, aeropuertos tropicales y hoteles de costa, vientos y oleajes, trucos en el aire bautizados en inglés, puestas de Sol, hogueras en la playa y fiestas chill-out.
Fernando Borrello, de 23 años, argentino con rastas jamaicanas, es uno de estos peregrinos del viento. «Voy a Brasil y Oceanía, luego a Europa, dependiendo del hemisferio en que sea verano. Aquí, en Tarifa, trabajo un par de meses en una escuela de kitesurf como monitor. Gano unos 4.000 euros y vuelvo a Argentina. Allí, con el valor de la moneda tan bajo, mi plata se multiplica por cuatro y puedo pagarme otros billetes de avión, otras estancias.» Fernando habla con admiración de Gisela. «Una rider bárbara.» Pero sobre todo habla con veneración del viento andaluz. «¡Ayer soplaron rachas de 70 nudos! Fue muy divertido. No puedes hacer virguerías. Cualquiera hace exquisiteces con un principio de huracán. ¡Pero qué manera de volar! Esto sólo pasa aquí. Muchos prefieren vientos constantes que no levanten olas, pero Tarifa, Tarifa puede ser muy salvaje.»
Tarifa, provincia de Cádiz. La ciudad más meridional de Europa. El viento más guasón del continente. Un viento bromista, muy gaditano, que puede lanzarte en dirección a las nubes y con las mismas dejar de soplar como por ensalmo, convirtiendo tu cometa, que era un F-18, en un trapo inservible que cae en picado. Nunca sabes si va en serio o se está cachondeando de ti. Un viento esquizofrénico con doble personalidad: levante cálido y terrestre (y dicen que afrodisiaco), poniente fresco del Atlántico. Hoy sopla el levante, acelerado por el efecto túnel del estrecho de Gibraltar, que le mete el turbo. Y en la playa de Valdevaqueros sólo los más temerarios se atreven a medirse con él. Cuando sopla el poniente, la carretera de Algeciras se llena de furgonetas y rancheras; y las playas, desde Bolonia hasta Caños de Meca, pasando por Zahara de los Atunes, de cometas coloridas. Todos quieren ser Mary Poppins. Pero hoy hay que echarle valor. Algunos competidores salen catapultados hasta la zona de los windsurferos, que han perdido terreno ante el empuje del kite (los artesanos que fabrican tablas en Tarifa han tenido que reciclarse) y sólo la pericia les salva de una colisión. Da la impresión de que existe un salto generacional. Se ve mucho cincuentón y sesentón centroeuropeo, espléndidamente conservados, con venerables tablas de windsurf cubiertas de arañazos de tres décadas de medirse a las olas. El kitesurf, en comparación, es cosa de críos. En cuanto a los simples bañistas, están recluidos en un gueto protegido por boyas. Pero la frontera no es hermética y hay que andar con mil ojos cuando los novatos la invaden, incapaces de gobernar sus tablas. De hecho, el kitesurf es un deporte de riesgo que está prohibido en muchas playas españolas.