Número: 988
del 1 al 7 de octubre de 2006
 
 

 
 
CARTA DESDE ÁFRICA

Sentado en la cesta de la catapulta

GONZALO SáNCHEZ-TERáN


El campo de refugiados costamarfileños de Kouankan, acuclillado en la selva de Guinea, es una hache intercalada en la verborrea de este tiempo. Con sus tres mil personas procedentes de otra guerra translúcida que tartamudea en los medios de comunicación occidentales, lejos del medallero de los horrores, el campo pervive, incómodo y olvidado, recibiendo migajas de asistencia humanitaria como esos animales de compañía que se conservan porque apenas requieren atención. Desde aquí tienes la sensación de que hablar de Kouankan es como gritar bajo el agua.


No hay nada cinematográfico en la miseria: los días se reemplazan sobre pedestales de fango, idénticos y, sin embargo, deteriorados. Las tormentas que se desmoronan desde la montaña de Ziama han abierto cientos de tildes en los plásticos de las tiendas. De noche, las familias han de ovillarse en los rincones secos para dormir. Mahan Kouyate, esta mañana, ha venido a verme con su pierna ortopédica al hombro, le ha quitado la zapatilla y el calcetín y me ha mostrado el pie de madera partido en dos. La pierna ya está podrida: habrá que ir a Macenta a ver si le pueden hacer otra. Además, dice que cada vez le duele más el muñón. Lo peor es el asunto de los estatutos de refugiado: unas doscientas personas carecen de él y no están incluidas en las listas de distribución de comida. El problema es que para conseguir que les concedan el estatuto hay que despertar a ese mamut amodorrado que es el Estado guineano, y eso no es fácil.


A última hora, me acerco hasta la casa de Fanta Bamba, en la zona D. La polio le dejó las piernas desmadejadas, inhábiles. Ha sido una de las primeras a las que le han construido una casa de adobe y ahora estamos intentando que le hagan la letrina cerca. Fanta tiene dos hijas. Cuando los soldados entraron a sangre y fuego en su aldea, pronto hará cuatro años, la mayor la subió en una carretilla y avanzando a trancas y barrancas, espesura adentro, alcanzaron la frontera tres noches después. Desde que llegó no ha parado: le dieron un triciclo a manivela con el que recorre el campo de punta a punta cada día. Convenció a otras cuatro mujeres para iniciar un proyecto de venta de arroz, y vino a vernos. La idea es simple, nosotros nos encargamos de comprar los sacos y ellas los venden en medidas; devuelven el precio de los sacos para comprar otros y se quedan con los beneficios. Fanta lidera al grupo y lleva la contabilidad: sonriendo, me dice que entre todas están logrando ahorrar, algo que en el campo de refugiados es casi un sueño. No sé qué sol acoge dentro, pero siempre está de buen humor.


Regreso sorteando barrizales. La gente como Fanta Bamba, créeme, te roba el derecho a pensar que éste es un lugar aliquebrado, oscuro: deponen a la realidad. Y recuerdo una frase de Adam Zagajewski que leí hace poco: «La poesía es aquel grano de éxtasis que cambia el sabor del universo». Y así vuelvo a casa, como quien acaba de leer un poemario.

Gonzalo Sánchez-Terán

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