El miedo o el mundo  | | GONZALO SáNCHEZ-TERáN | | Gente esperando para ser atendida en la escuela de Adiékro. |
Esta semana las noticias no han sido buenas: es claro que las elecciones previstas no se celebrarán.
Estoy en la escuela de Adiékro, un pueblo a dos horas de Bouaké, la capital rebelde de Costa de Marfil. Desde principios de 2003, poco después de que estallara la guerra civil, nuestra clínica móvil recorre las aldeas de esta zona desertada de médicos y medicinas. Año tras año acompaño a la clínica por las aldeas y año tras año me voy encontrando a los hombres más empobrecidos, a las mujeres más cansadas, a los críos más enfermos. El país sigue partido por la mitad, dominado en el sur por ‘patriotas’ que se niegan a reconocer como costamarfileños a quienes, pese a haber nacido aquí, rezan a otro dios o tienen apellidos diferentes, y en el norte por hombres armados que sólo creen en sus fusiles, en el dinero que roban y en el pavor que inspiran. Aquí, en la zona rebelde, con la economía pudriéndose, los campesinos no tienen a quién vender sus cosechas y la vida se carcome pausada, ciegamente. Y mientras miro a la gente sentada en los bancos aguardando a que Brigitte Théa, la enfermera guineana que dirige el proyecto, los atienda, el corazón suelta coces como un mulo azotado: tanta miseria por culpa de esta guerra idiota cebada por chalanes, políticos criminales y fanáticos de su bandera, sus raíces, su esencia. Algo apesta en el alma de las naciones cuando la esencia prevalece sobre la presencia.
Brigitte está agotada, igual que el resto del equipo. La conozco bien, es fuerte y tiene un espíritu corredor de maratones, pero hace ya más de tres años que sale cada mañana hacia poblaciones que se van hundiendo en la desesperanza como Venecia en el mar. Esta semana, las noticias no han sido buenas: es claro que las elecciones previstas para octubre no se celebrarán porque los radicales de uno y otro bando están impidiendo que se elabore el censo, unos para evitar que quienes ellos llaman extranjeros tengan derecho al voto, los otros por no descabalgarse del poder. Y la comunidad internacional (¿comunidad?), aburrida de un conflicto donde no hay buenos, cumple con su papel: de cuando en cuando Naciones Unidas hace declaraciones altisonantes y huecas, y las multinacionales siguen con sus negocios.
Ojalá me equivoque, mas pienso que esta guerra mínima en un rincón en penumbra de un continente que queremos candar desde fuera es el heraldo de las guerras grandes que se ciernen: la lucha entre los que un día abandonaron sus tierras en busca de trabajo y porvenir para sus hijos, y los que nos acantonamos para defender lo nuestro, el origen, las señas, el oro vernáculo.
Tarde o temprano has de decidir quiénes son tus compatriotas: aquellos con los que compartes lengua y tatarabuelos o aquellos con los que compartes el ansia de habitar un planeta más justo en el que todos podamos vivir dignamente en paz. De esta decisión dependerá cuál sea tu patria, el miedo o el mundo.
Costa de Marfil, 24 de agosto de 2006 gsanchezteran@yahoo.esGonzalo Sánchez-Terán < volver
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