Pesadillas de la zorra en Montenegro Es como correr hacia un hospital con un enfermo de arena entre los brazos.
Ya no pueden más. Hace unas semanas el Gobierno aumentó dos tercios el precio de los carburantes; en consecuencia, todo lo demás, arroz, ropa, escolaridad, ha multiplicado el suyo. Conakry es una ciudad derramada, una mancha de casuchas de una planta donde malvive un millón y medio de personas. Inexistente el transporte público, los pocos que tienen la suerte de ser asalariados acuden a sus distantes lugares de trabajo en taxis misérrimos dentro de los cuales se embrutecen siete pasajeros. La subida de la gasolina ha hecho que a la gente le cueste más ir a trabajar cada día que lo que perciben a final de mes. Por este motivo, ahora se ven filas de hombres bien vestidos caminando desde antes del alba durante horas por las viejas vías del tren colonial hacia su labor para ganar jornales a ras de supervivencia. Del resto, la mayoría, los que rebuscan en los albañales de la realidad una gatera para cruzar al día próximo, qué contar: nadie sabe cómo lo logran. Ya no hay comida, sólo víveres; ya no se vive, se pervive.
El presidente, corrupto y asesino, aduce que el petróleo ha subido en el mundo entero por culpa de la inestabilidad en Oriente Medio, y lo peor es que en parte tiene razón. Supongo que los que lanzaron la guerra contra Irak pensaron en ello, y así, estas multitudes de existencias desmigajadas, de niños que no tendrán medios para empezar el colegio este año, de mujeres sin dinero para comprar medicinas (hablo de Guinea y de lo que veo a diario), serán considerados daños colaterales o víctimas del fuego amigo. Cuando una recesión económica global nos acecha en Europa, la vasta clase media toma sus cosas y penosamente desciende la escalera hasta el rellano de las clases bajas; cuando esto sucede en África, sociedades completas son desahuciadas de los sótanos y arrojadas a la intemperie de la miseria. Basta una pequeña ola para anegar a los que viven con el agua al cuello, y los tiburones están combatiendo en la charca.
Sólo exijo una cosa, que dejen de mentir. Éste no es el siglo de la globalización ni de la tecnología ni del terrorismo, es el siglo de la desigualdad: pactar con ella es cimentar guerras venideras en las que quizá mueran tus hijos; preferir otro enemigo, sea una bandera o una religión, es azuzarla.
Guinea Conakry, 23 de septiembre de 2004Gonzalo Sánchez-Terán < volver
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