El contable del rey y el adelantado
Mañana llega a Liberia la directora ejecutiva de Unicef desde su despacho en Nueva York. Nos han avisado de que quiere ver nuestro proyecto de formación de profesores: bien. El próximo taller, con 200 maestros rurales, tendrá lugar en Gbarnga, la segunda ciudad del país. Gbarnga está a sólo unas horas de Monrovia por una buena carretera protegida por miles de cascos azules. Es la parte más segura de Liberia, pero los mandamases de Naciones Unidas han decidido que el viaje por tierra es demasiado peligroso y la señora directora ejecutiva volará en helicóptero hasta allí. Todos los demás, incluidos Navam y Marek, que dirigen el programa, irán en vehículos destartalados o a pie, desde comarcas aún infestadas de críos con fusiles. Es increíble, la misma comunidad internacional que ha determinado repatriar a 300.000 refugiados liberianos en octubre hacia aldeas aisladas e indefensas teme por la integridad (física, no moral) de la señora directora ejecutiva si recorre escoltada en uno de sus imponentes Landcruiser climatizados las tres horas que separan Monrovia de Gbarnga. No siempre, pero no te puedes imaginar cuántas veces lo humanitario emponzoña y desfigura lo humano.
No siempre. Esta mañana he estado en la casa que las hermanas de la Madre Teresa tienen en Monrovia. Se ocupan de lo que nadie en el inmenso tiovivo de las organizaciones humanitarias quiere hacer: cuidar a los tuberculosos y a los enfermos terminales de sida. 55 hombres y mujeres siameses de la muerte alfombran un par de cuartos pequeños, limpios y luminosos; en un tercero se deslíen 31 niños. Muchos son poco más que mondaduras de persona, carecen de fuerzas para incorporarse. Úrsula, polaca, y Rennet, bangladeshí, bizman sus llagas, lavan sus heces y orines, enarbolan sonrisas sobre lo que, a mis ojos, es una tundra de desconsuelo. Galardonan de amor toda esta sordidez. Por ellas, en ellas, porfía la vida. Nos han pedido dinero para comprar lejía, vendas y desinfectante: yo, después de hablar con Mateo, he querido darles más, mucho más, pero ellas me han dicho que sólo pueden aceptar lo estrictamente necesario. Funcionan con una lógica ajena a la que andamia el mundo, propalada hace siglos, dicen ellas, por un agitador ejecutado.
Unos niegan la existencia de Dios; otros, quizá con mayor fundamento rememorando la historia, niegan la existencia de la humanidad. Lo que he visto esta lluviosa mañana, como mínimo, refuta a los segundos.
Hoy hace dos años justos que te escribo.
Guinea Conakry, 9 de septiembre de 2004
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