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CARTA DESDE ÁFRICA |
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Despeñadero arriba «Wubu me ofrece su arroz y su pan. Soy su huésped en una tierra que ha recobrado la paz.»
Y con la noche inaugurada llego a Saclepea, en el norte de Liberia, y en la puerta de su casa me está esperando Wubu. Lleva puesta la misma sonrisa caudalosa con que me dijo adiós hace más de un año en el campo de refugiados de Lainé, al sur de Guinea, pero ya no se la quita nunca. Entonces era una refugiada: recibía la comida dos veces al mes tras aguardar durante horas en una cola inacabable bajo el sol, su mínima cabaña de barro se levantaba sobre un terreno que no era suyo y la entrada del campo estaba vigilada por un ejército ajeno. Wubu dirigía las actividades de nuestra escuela de formación profesional en Lainé: organizaba a los profesores, supervisaba el material. Cuando nos despedimos le dije: «Me vuelvo a casa», y ella me respondió: «Yo también». Un día, antes del alba, apretujada entre cientos de refugiados, se subió con sus tres hijos y lo poco que poseía a uno de los camiones del convoy de repatriación y cruzó la frontera de Liberia a la altura de Ganta, por donde había huido a pie, años atrás, de la guerra inmensa. Como ella, sesenta mil liberianos han regresado ya a su país: otros doscientos mil esperan lejos a que la calma eche raíces, han tenido que escapar corriendo demasiadas veces. Mas volverán al fin.
Wubu alcanzó Liberia durante la campaña presidencial que enfrentó a George Weah, un futbolista famoso apoyado por los ex combatientes, y a Ellen Johnson-Sirleaf, una economista de sesenta y siete años con larga experiencia en las instituciones internacionales. Wubu hizo campaña por Ellen, hablaba con los jóvenes, por los pueblos, les decía que necesitaban a alguien capaz de crear empleos, de hacer escuelas, de atraer las inversiones del exterior, que ya estaba bien de grandes hombres corruptos y violentos: y para sorpresa del mundo entero, en diciembre, los liberianos, libremente, eligieron a la primera jefa de Estado mujer de África. Me lo cuenta con el rostro iluminado, riendo, como quien trabajosamente ha ayudado a sacar a un crío de un pozo. Sólo una vez antes, en Santiago de Chile a principios de los noventa, había contemplado tanta esperanza amontonada.
Conversamos largo tiempo, en su casa. Sobre la mesa hay dos quinqués encendidos. Nos sentamos a cenar, me ofrece su arroz y su pan: soy su huésped. Quizá no haya forma más alta de la dicha: tener algo que compartir y con quién hacerlo, en una tierra que ha recobrado la paz.
Liberia, 25 de mayo de 2006Gonzalo Sánchez-Terán < volver
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NOTAS EN UN CUADERNO
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