Los lectores preguntan a Eduardo Punset
¿Las dudas éticas están retrasando la clonación? Antonio Zamora Sanz
| La pregunta sobre la clonación no es si ocurrirá, sino cuándo. Ahora mismo existe un miedo irracional que se basa en raíces muy profundas que nada tienen que ver con la clonación: se remontan a la vieja idea de un científico loco en su laboratorio jugando a ser Dios. Hace 25 años hubo debates éticos no menos apasionados respecto a la fertilización in vitro. Hoy en día concebir fuera del útero, o incluso vivir con un corazón ajeno, se considera perfectamente normal, cuando se han aceptado y entendido sus ventajas. Ahora, los científicos nos dicen que dentro de 25 años sucederá algo muy parecido con la utilización de células madre. Es el momento de empezar a entender qué es eso de la clonación o, más correctamente, la reprogramación celular.
El trabajo que se está haciendo con seres humanos no consiste en crear nuevas personas. Eso se llama clonación reproductiva y está prohibida en casi todo el mundo, salvo en experimentos con animales con vistas a aumentar la productividad (fue el caso de la oveja Dolly, entre otros muchos); pero los experimentos arrojan altísimos índices de fracaso y las anomalías son continuas. Para los humanos, además, no existe ninguna necesidad clínica de hacerlo.
Otra cosa muy distinta es la clonación con efectos terapéuticos. Somos una comunidad andante de células, y todas ellas tienen todo el material genético necesario para fabricar cualquier tipo de célula de nuestro cuerpo. Si lo supiéramos aprovechar, podríamos regenerar cualquier tejido dañado: del corazón, a raíz de un infarto; del hígado, o del cerebro, por culpa de enfermedades degenerativas como el alzheimer. Además, lo podríamos hacer sin generar rechazo, siempre y cuando utilizáramos células del mismo paciente. Pero, en la práctica, las cosas no son tan sencillas. Al menos de momento.
En primer lugar, a medida que el cuerpo se desarrolla a partir del óvulo fecundado en el momento de la concepción, las células deciden: «Yo seré una neurona, yo seré un osteocito, yo seré una célula de la piel…». Y para ello desactivan algunos genes y activan otros. A medida que avanza este proceso, la vuelta atrás se convierte en irreversible. O así se creía antes. De modo que cuando se llega a una célula de la piel de una persona adulta, esa célula tiene todos los genes para fabricar cualquier célula, pero sólo están activados los que crean piel. ¡Lo que intentan hacer los científicos es dar marcha atrás en este proceso!
En segundo lugar, no se conocen con el rigor necesario las características innatas que dan a una célula madre esta versatilidad de transformarse en cualquier tipo de célula funcional. O cómo funciona el poder mágico del óvulo para reformatear –como si fuera un ordenador– la célula que recibe en su seno. Hoy por hoy, el único medio de que se dispone para avanzar por este camino es la introducción de una célula madre o funcional en un óvulo al que se ha extraído su material genético. «Empieza de cero –le dice el óvulo a la célula intrusa–. Olvida que eres una célula de la piel, transfórmate en lo que yo te diga.»
Al final de este camino se vislumbra una situación en la que se extraerá al paciente una de sus billones de células para, cultivándola, retrotraerla al pasado inicial de célula madre, orientarla en el desarrollo funcional deseado y, finalmente, reintroducirla en su cuerpo sin provocar rechazo, para que regenere el tejido dañado. Antes de llegar allí, los científicos necesitan, lógicamente, disponer de células madre para ahondar en su conocimiento, y de óvulos para desatar el proceso de diferenciación celular. Si esta labor de aprendizaje colectivo puede desarrollarse razonablemente, lo más probable es que un día se sustituyan los óvulos que ahora se reciben voluntariamente por receptores sintéticos creados en el laboratorio.
«¿Y qué había de malo en todo eso? ¿Cuál era el problema ético?», se preguntará entonces la gente.Eduardo Punset < volver
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