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EXCUSAS PARA NO PENSAR |
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Los lectores preguntan a Eduardo Punset
¿España se prepara bien para el futuro? Ángel Correa Vega. Correo electrónico
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He estado en Washington unos días para analizar los logros tecnológicos de una empresa, española de origen, pero americana a todos los efectos, incluidos los bursátiles. La empresa en cuestión detectó un potencial tsunami en Nueva Zelanda y otro en el mar de Tasmania. Es exactamente lo contrario de lo que ocurría hace 36 años cuando abandoné Estados Unidos para regresar a España. La proeza de la empresa española de la que estoy hablando era inimaginable entonces: las nuevas tecnologías iban exclusivamente en la dirección opuesta. Todo venía de fuera, incluidas las televisiones, las camisas de colores y las neveras.
Una parte significativa de profesionales y científicos jóvenes de España se ha incorporado, definitivamente, al resto del mundo o, para ser más precisos en un país que fue emigrante, se han incorporado a la actividad que distingue a los humanos de los otros primates: el aprendizaje cognitivo. Las vacas tienen cuatro estómagos y pueden vivir de hierbas. Los pájaros vuelan. Nosotros somos capaces de deducir cosas y de impulsar el conocimiento. Eso es exactamente lo que nos ha permitido superar a los chimpancés o a los macacos rhesus, que estuvieron a punto de ganar la partida gracias a su sistema de organización basado en redes sociales.
El trabajo en equipo entre ciudadanos procedentes de hemisferios tan alejados, sentando el soporte tecnológico del futuro planeta inteligente, es un motivo de satisfacción difícil de apreciar para las generaciones que no han vivido la contrapartida abismalmente negativa del aislamiento hermético de España, hasta que se inicia la transición a la democracia. ¿Alguien se acuerda de las riadas de obreros españoles que llegaban a las estaciones de ferrocarril de París o Ginebra en busca de trabajo a raíz del plan de estabilización de 1959?
España, efectivamente, ha dado un salto insospechado de cara al futuro en lo que concierne a la integración con el resto del mundo.
No estoy tan seguro de que haya ocurrido lo mismo con nuestra manera de pensar, que, en gran parte, no es sino el reflejo de nuestro sistema educativo.
Mientras en Estados Unidos todo el mundo pretende pertenecer a las clases medias, en España sólo se habla de la minoría de ricos y corruptos supuestamente responsables de una mayoría de pobres. Al contrario de lo que ocurre en España, en Estados Unidos la gran mayoría de las familias y organizaciones sociales otorgan una importancia inusitada a la educación, hasta el punto de que aquí, en Washington, cuestan más las casas ubicadas en un barrio que cuente con una buena escuela y pierden valor en los barrios con escuelas menos eficientes.
¿Se ha parado alguien a pensar por qué hay menos nepotismo en Estados Unidos que en España y no digamos que en Italia? El nepotismo pervive, sobre todo, en donde la movilidad social y la inmigración son menores. En sociedades esclerotizadas cuyos ciudadanos se resisten a cambiar de región –o se azuzan inconscientemente tensiones para que estos traslados no se produzcan–, la genética, el parentesco o la amistad se imponen a la hora de asignar recursos. Los flujos inmigratorios que en España constituirían un aliciente para el desarrollo social ven obstaculizados sus efectos positivos por el nepotismo atávico y la falta de transparencia en las relaciones de trabajo.
Por último, los sociólogos están de acuerdo en que el sentimiento de representar una carga para el resto de la sociedad, en lugar de un tanto a favor, no sólo constituye la razón fundamental que explica muchos de los suicidios, sino la falta de ganas y energía solidaria para participar en un proyecto colectivo. En Estados Unidos, estas ganas están a flor de piel. En España, con la tasa de parados más elevada de Europa, cuesta rastrearlas.Eduardo Punset < volver
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