Número: 1146
Del 11 al 17 de octubre de 2009
 
 

 
 
EN PORTADA

COLOMBIA: LA GUERRA DEL CO2

ÁLVARO YBARRA ZAVALA (GETTY IMAGES)
Dos crucificos flanquean el camino. Estamos en el suroeste de Colombia, una región disputada por dos grupos paramilitares: los Rastrojos, ligados al `narco´, y las Águilas Negras, aliados del ejército

Guerrilleros, paramilitares, narcos... a los habituales grupos armados que operan en el avispero de la selva colombiana se les están uniendo otros igual de ávidos de dinero y, a veces, igual de sangrientos. Especuladores de guante blanco, mafias y bandas criminales que han encontrado un nuevo `Eldorado´ en los biocombustibles y el comercio de CO2. Descubrimos el lado perverso del Protocolo de Kioto.



Una barricada hecha con ataúdes. Doce féretros bloquean el paso a la calle mayor de Ricaurte, en el departamento de Nariño, al sur de Colombia. Doce asesinados. Hombres, mujeres y niños. Todos, indígenas de la comunidad awá. Sus vecinos piden justicia. Y están muy asustados. No los entierran hasta que el Gobierno se compromete a investigar la masacre. ¿Quién ha sido? Lo único que se sabe es que eran hombres vestidos con trajes de camuflaje. ¿Pero quiénes? Pueden ser narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares de extrema derecha. Nariño y Cauca son dos de las provincias más afectadas por la guerra que desangra la selva colombiana desde hace 43 años. Una guerra confusa y cruel, sin dueño ni una razón única, pero en la que los grandes perjudicados son los de siempre: campesinos e indígenas. Casi 80 muertos en lo que va de año. Miles de desplazados. Un éxodo que recuerda las limpiezas étnicas en África o la ex Yugoslavia. Tácticas de terror ante la indiferencia del mundo.


Primero, fue la política; luego, la cocaína; ahora, también empieza a serlo el comercio de dióxido de carbono (CO2). Un negocio prometedor, aunque todavía muy marginal en comparación con la droga. Pero es un nuevo nicho de mercado y todos quieren trincar: los narcos, para blanquear al menos una pequeña parte del dinero de la coca; la guerrilla, para aumentar su financiación; y los paramilitares, para diversificar sus ingresos y controlar el territorio. Lo más llamativo es que el aire puro, el oxígeno, y la lucha contra el calentamiento global son las nuevas coartadas. Falsa ecología teñida de sangre. Un problema, aunque todavía incipiente, que empieza a preocupar a los grupos medioambientales serios, a los auténticos ecologistas.


Los métodos no son siempre violentos.También la estafa está a la orden del día. «Invitan a la gente a una reunión, le dan de comer, ofrecen pagarle el combustible para sus embarcaciones y siempre se presentan con mucho dinero», explica Ángela (nombre cambiado por razones de seguridad), una cooperante humanitaria que trabaja con los desplazados en el Pacífico colombiano. «Quien ofrece ayuda a la gente siempre es un empleado de una compañía privada. Les explica que todo cuanto tienen que hacer es vender sus derechos de emisión de dióxido de carbono. Y a cambio ganarán millones.» Los rincones más remotos del país están sembrados de panfletos que ofrecen a las comunidades indígenas fortunas por el oxígeno de los bosques que llevan siglos sustentando su forma de vida.


¿Pero qué es eso del comercio de CO2, los bonos de carbono, el Plan Oxígeno, de qué demonios hablan esos planfletos?, se preguntan los campesinos. ¿El aire limpio se puede comprar y vender? Sí, no es ciencia ficción. Y el estafador mezcla verdades con mentiras. Las verdades: la conservación de los bosques tropicales es decisiva para combatir el calentamiento global. Sus árboles almacenan enormes cantidades de carbón. Si los bosques se incendian, y suelen incendiarse cuando no están cuidados, cuando se construyen carreteras en ellos o son invadidos por oleadas de colonos, especuladores y mineros, liberan a la atmósfera enormes cantidades de dióxido de carbono. Se calcula que su deforestación ocasiona alrededor del 20 por ciento de todas las emisiones de gases que contribuyen al efecto invernadero en el planeta.


Más verdades: el Protocolo de Kioto ha puesto precio al aire sano. O mejor dicho, las toneladas de dióxido de carbono no arrojadas al aire se pueden comercializar. ¿Cómo? De varias maneras. Cada país tiene un cupo para emitir gases contaminantes del que no debe pasarse o será multado. Este cupo se reparte entre hogares, transporte y, sobre todo, empresas contaminantes (cementeras, eléctricas, térmicas...) a las que los gobiernos les conceden unos derechos de emisión de gases. Si se pasan del tope, pueden comprar derechos suplementarios. La compraventa se puede hacer entre dos empresas (una que se ha pasado y otra que hizo los deberes y le sobra) que contactan y pactan un precio. O acudiendo a la bolsa de dióxido de carbono, que funciona de una manera muy similar a las bolsas de valores. Los certificados de reducción de gases también se pueden obtener promoviendo proyectos de desarrollo limpio en el Tercer Mundo; por ejemplo, mediante acuerdos voluntarios entre las empresas occidentales y los dueños de las tierras, por los que se comprometen a proteger zonas con alto valor ecológico.

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Rincones remotos del país están sembrados de panfletos que ofrecen a los indígenas fortunas por el oxígeno de los bosques. Un timo colosal sustentado en la ignorancia de los campesinos




El aceite de palma es la base del biocombustible colombiano. Las autoridades investigan cómo empresas vinculadas a los paramilitares usan la coacción para hacerse con el control de la tierra




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