Número: 1144
Del 27 de septiembre al 3 de octubre de 2009
 
 

 
 
ENTREVISTA

LANG LANG
«El piano es un ser vivo. Con él, jamás te sientes solo»

D.R.

Es más que un pianista. Es casi una marca registrada. Un héroe nacional en China y un fenómeno planetario. Ha sido incluido en la lista de las cien personalidades más influyentes del mundo por la revista Time y las orquestas más prestigiosas se lo rifan. Hablamos con la estrella más polémica de la música clásica.



«¡Tocas como un campesino! Tu música es insípida. ¡No quiero oír más agua, quiero coca-cola!», le gritaba Zhao Ping Guo, el mítico profesor del Conservatorio Central de Pekín. Lang Lang era entonces un niño asustado de nueve años. Vivía en un piso sin calefacción, plagado de cucarachas y sin sus padres, que lo habían enviado a la capital para cumplir el sueño que ellos no pudieron conseguir. Músicos frustrados, su padre era policía y su madre, telefonista. Ahora tiene 27 años y los gritos de su maestro siguen persiguiéndolo. La crítica lo pone a caldo, pero el público lo ama. Es más que un pianista. Es una marca registrada. Pura coca-cola musical. Un fenómeno planetario. Cuatro mil millones de espectadores vieron (y se supone que escucharon, aunque quizá eso sea lo de menos) su actuación en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín. Ha sido incluido en la lista de las cien personalidades más influyentes del mundo por la revista Time. Su ejemplo sirve de inspiración: 35 millones de niños chinos estudian piano por él. Le hace incluso la competencia al baloncestista Yao Ming como héroe nacional, tanto que Adidas lo ha contratado a precio de estrella de la NBA. Convierte en oro todo lo que toca. Salvando las distancias, es el Michael Jackson del sello Deutsche Grammophon. La marca Steinway subasta los pianos con los que ha tocado (uno de color rojo tenía un precio de salida de 150.000 euros) y las orquestas más prestigiosas se lo rifan. Tiene tiempo para vender coches [Audi] y para las causas humanitarias: recaudó tres millones de euros para las víctimas de un terremoto y es embajador de Unicef.


Sin embargo, sus detractores también son legión y lo apodan Bang Bang por su capacidad para convertir una sucesión de semicorcheas en una ráfaga de ametralladora. Y algunos de sus críticos son de mucho peso, como Michael Kimmelman, de The New York Times, que lo acusó de hacer «picadillo para hamburguesas» con Chopin. «No toca el piano, su música es una especie de twitter. En la época del Messenger y la instantaneidad, Lang Lang emite destellos sonoros. Nos ha conquistado con su sonrisa y tocando muy, muy rápido», se queja Kimmelman, que no le niega el talento ni la técnica, un producto impecable de la factoría china, pero lamenta que el histrionismo en escena importe más que la música. Y es que Lang Lang pierde mucho cuando sólo se lo escucha. Por eso vende, quizá, más vídeos que grabaciones sonoras. Hay que verlo en el escenario. Se emociona, entra en éxtasis, da la impresión de que a la siguiente nota le darán convulsiones y tendrá una crisis epiléptica, o que se echará a llorar. Transmite como nadie. Y lo sabe. Sus sesiones de peluquería y las pruebas de vestuario son tan importantes como los ensayos. Dice que le gustaría ser un pulpo para tener seis brazos más con los que tocar. Pero en el fondo sigue siendo aquel niño intimidado que se entretenía durante las 12 horas de prácticas diarias viendo dibujos animados de Tom y Jerry. O por lo menos cultiva esa imagen. La del joven de 17 años que se vio en el apuro más grande de su vida cuando tuvo que sustituir a última hora al consagrado André Watts con la Orquesta Sinfónica de Chicago. Nada menos que el Concierto para piano número 1, de Tchaikovsky. Milagrosamente, Lang Lang consiguió poner al auditorio en pie.


XLSemanal. ¿Cuántos conciertos toca usted al año?
Lang Lang.
Demasiados. Pero voy a recortarlos drásticamente desde el próximo verano: por primera vez en mi carrera tomaré dos meses de descanso. Pasaré de los 130 conciertos de ahora a unos 90.

XL. ¿Qué hace para desconectar?
L.L.
De todo. Soy muy normal. Ayer, por ejemplo, estuve viendo Enemigos públicos, la película de Johnny Depp, un actor que me gusta mucho. Además, me interesan los deportes, especialmente jugar al ping-pong. Y me encanta la comida, aparte de jugar en mi Playstation al campeonato del mundo de fútbol...

XL. ¿Y no sale de marcha?
L.L.
[Sonríe] Naturalmente que voy a bailar a discotecas.

XL. ¿Y liga más un solista como usted que un músico anónimo de una orquesta?
L.L.
Bueno, no sé si es más fácil... Pero ésas son cosas muy personales a las que prefiero no contestar [risas].

XL. Sus paisanos asimilan rápidamente la técnica, incluso llegan a ser grandes virtuosos de la digitalización. Sin embargo, esa habilidad, si falta sentimiento, puede convertirse en algo circense...
L.L.
Eso a lo que se refiere es lo que se llama `talento´, y lo tienes o no lo tienes. Es algo que, desafortunadamente, no se puede aprender.

XL. En la entrega de los Grammy 2008 tocó con Herbie Hancock y surgió un flechazo.
L.L.
Así es. Hemos hecho juntos una gira por Europa y América. Fue una pena no poder actuar en España, pero, bueno, el proyecto sigue abierto y tal vez lo retomemos.

XL. ¿Le interesa el jazz?
L.L.
Claro que sí. Hablar de jazz es hablar de gran música.

XL. ¿Está interesado en enfrentarse a otros géneros, como hizo Menuhin con Grapeli o Ravi Shankar?
L.L.
Mi historia con Herbie es distinta. Hablamos de un personaje increíble, capaz de tocar música clásica al más alto nivel. Yo lo considero un músico clásico realmente grande. En el tour hicimos un concierto para dos pianos de Vaughan Williams, un compositor contemporáneo de música clásica, la Rhapsody in blue, de Gershwin, y un montón de improvisaciones conjuntas. Por primera vez en mi vida improvisaba en esas circunstancias.

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PRIVADÍSIMO
Tres consagrados se rinden a su talento:
  • Daniel Barenboim: «No puedo describirlo como pianista: se notarían mis celos. Toca como un gato con un dedo extra».
  • Herbie Hancock: «Rompe el falso elitismo de la música clásica. Con un frac psicodélico y unos tenis, toca sin complejos».
  • Zubin Mehta: «Es sencillamente asombroso».




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