Desde 2001, Mayasa ha hecho frente a la crisis de mercados produciendo de una forma más barata: compra todo el mercurio residual –la empresa prefiere llamarlo «excedentario»– que produce la industria cloroquímica europea y sólo tiene que eliminar las impurezas para obtener un mercurio de igual calidad que el producido hasta entonces en su fundición. Aunque Mayasa sigue siendo el mayor productor mundial en este sector, el refino de mercurio y su comercialización apenas emplea hoy a 90 personas, cuando en su mejor época, a mediados de los años 50, alcanzó los 2.400 empleados. Y para todas las empresas que vivían indirectamente de la mina, la situación es igualmente desesperada.
En Almadén, que ha producido un tercio del mercurio usado a lo largo de la historia, todos piensan que el Estado los ha abandonado a su suerte desde hace dos décadas y desconfían de las promesas de ayudas comunitarias. Recuerdan, además, que, cuando la Corona española o el franquismo necesitaban divisas desesperadamente, los mineros de esta comarca sostuvieron la economía del país. Y lo hicieron, además, pagando un altísimo precio, debido a las terribles condiciones sanitarias en que trabajaron.
El antiguo Hospital de Mineros, levantado a mediados del siglo XVIII y hoy restaurado como Museo de la Minería, recuerda al visitante los padecimientos seculares de aquellos mineros. En particular, era temido un envenenamiento que destruye el sistema nervioso central y que hizo célebre al Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas, precisamente loco por respirar el mercurio con que trataba el fieltro de sus sombreros.
Sudar y temblar es lo que han hecho los vecinos de Almadén durante siglos. Si no sudas el mercurio, contraes hidrargirismo, te condenas a pasar fríos perpetuos. «Cuando era niño –explica Eusebio Calvo, antiguo minero y hoy cuidador del museo–, en los años 60, a los que trabajaban en la metalurgia [la actividad que más vapores peligrosos producía], cada 15 días les hacían análisis de orina, y, si superaban un cierto nivel de mercurio, los apartaban y les daban saunas hasta que bajaba el nivel; por eso y por el uso de mascarillas, no salían enfermos crónicos de hidrargirismo.»
Hoy, la enfermedad tradicional de los trabajos con el hidrargirium o mercurio está prácticamente erradicada. Daniel Naharro es, a sus 73 años, el último de Almadén que la sufre y, pese a su dolencia, no guarda rencor a la empresa en la que trabajó durante 35 años. «Yo no sé lo que es el calor –explica este antiguo metalúrgico de Mayasa mientras enseña las cuatro prendas que viste bajo el jersey, dentro de casa–, ni en verano ni en invierno; me dieron saunas para expulsar el mercurio, pero tuve una subida de tensión y me dieron dos infartos. Sabemos que el mercurio no es bueno –añade– y se ha muerto gente de la mina muy joven porque antiguamente no había los adelantos que hay ahora, pero yo voy tirando como puedo hasta que me llegue la hora».