Número: 1118 Del 29 de marzo al 4 de abril de 2009
EN PORTADA
BIENVENIDO A LA CRISIS GLOBAL
BORIS AUSTIN / STERN / PICTURE PRESS
Pekín. Du Jun, 40 años, obrero: «En lo más profundo de mi corazón... sí, tengo miedo»
Como un tsunami. Nunca antes una crisis había afectado a todo el planeta de una forma tan fulgurante. Los mecanismos que sirvieron para llevar riqueza a muchos rincones del mundo son los mismos que ahora aceleran el derrumbe. Hombres y mujeres de los cinco continentes nos cuentan cómo descarrilaron sus vidas.
Muchos financieros de Londres, como Sarah, ya no tienen dinero para ir a restaurantes caros. En consecuencia, Carlos, criador de aves en Argentina, se ha quedado sin su forma de ganarse la vida. Ingenieros automovilísticos, como Michael, de Detroit, se han quedado en paro y tienen que ahorrar. En consecuencia, la familia del obrero Du Jun pasa hambre en China. La industria del automóvil europea ha reducido su producción. En consecuencia, la trabajadora sudafricana Thobeka no puede pagar el colegio de sus hijos.
Uno se da cuenta de lo pequeño que se ha vuelto el mundo, mucho más pequeño de lo que esa gran palabra, `globalización´, puede hacer pensar. Durante años, economistas, empresarios y políticos pregonaron que la globalización llevaría el crecimiento económico y el bienestar al mayor número de personas en diferentes países. Los teóricos de la economía aseguraban que las crisis que afectaran a una región se verían compensadas por el crecimiento en otros lugares del planeta. Los últimos seis años de una coyuntura económica mundial muy favorable parecían darles la razón. Ya no está claro. Hace un par de semanas, el premio Nobel de Economía Paul Krugman auguraba de cinco a siete años de crisis en España. Eso, en el mejor de los escenarios. Y vaticinaba que si Europa entraba en estanflación, nuestro país tendría que reducir salarios y bajar precios un 15 por ciento. «Un camino doloroso o un camino extremadamente doloroso.» Son las únicas salidas que tiene España para salir de la crisis.
Las víctimas de la crisis económica global han hecho ya su aparición en todos los rincones del planeta. Son ciudadanos normales, como Oleg, en Moscú; Roshan, en Bombay; o Adela, en Madrid. Los efectos de la crisis financiera internacional sobre la economía real son visibles desde octubre del año pasado. La producción industrial se ha hundido: en EE.UU, en torno al diez por ciento; en Europa, un doce. En España cayó en enero por noveno mes consecutivo. El batacazo fue del 20 por ciento.
Las exportaciones también se han reducido de forma drástica. En noviembre, China exportó una quinta parte menos de bienes y servicios que unos pocos meses antes. Pero ahora la demanda se ha derrumbado y el gigante asiático se encuentra al límite de sus fuerzas debido a un exceso de capacidad productiva y a los créditos que se están quedando sin pagar. Todas las economías se resentirán. El producto interior bruto mundial (PIB) podría reducirse en 2009 por primera vez desde hace 60 años. La situación española es tan grave que el presidente del BBVA, Francisco González, la califica de «emergencia nacional» y pide un gran compromiso nacional para afrontarla.
Una crisis local que parecía limitarse al sector inmobiliario norteamericano se ha extendido a todo el mundo como una pandemia. En China, 150 millones de trabajadores sufren las consecuencias de las hipotecas tóxicas estadounidenses. En el último año, los trabajadores españoles afectados por un expediente de regulación de empleo (ERE) se han multiplicado por 13. Incluso en la lejana Australia, florecientes localidades mineras se han convertido en ciudades fantasma porque nadie quiere comprar ya los minerales que extraen. La humanidad está aprendiendo de la peor forma posible que la globalización no sigue sólo una dirección, la del rápido crecimiento del bienestar en los años buenos, sino que, en tiempos difíciles, las consecuencias también llegan casi a cada hogar del mundo.
La correa de transmisión que ha llevado la crisis a todo el planeta se llama comercio. Nunca en la historia se habían exportado tantas mercancías y servicios como en la actualidad. La mayoría de los productos de los que disfrutamos ahora serían impensables sin este circuito global. El libre comercio internacional tiene muchas ventajas para los consumidores: la oferta es más amplia y la calidad, mejor. Las reglas se basan en una eficiencia implacable: cada fabricante, cada vendedor, encarga a sus proveedores sólo la cantidad que necesita en un lugar concreto y en un momento determinado. El comprador, por lo tanto, da por supuesto que sus socios siempre serán capaces de cumplir con sus pedidos. Si no lo consiguen, se quedarán fuera del negocio. Y cuando una empresa está preocupada por la pérdida de clientes, simplemente paraliza la compra de suministros. La mayoría de las empresas están ahora preocupadas por la marcha de sus negocios, y sus cancelaciones de pedidos lo que consiguen a su vez es agudizar la crisis. Las carteras de pedidos se deshacen en la nada a velocidad de correo electrónico. Los proveedores de la industria automovilística de todo el mundo se han visto especialmente afectados, con una caída de su actividad de hasta el 70 por ciento. Sólo en el sector del automóvil español cien mil trabajadores se han ido a la calle. Y esta cifra muy probablemente se duplicará.