ADIÓS AL GOLFO PÉRSICO. Comienza la batalla por el petroleo blanco  | | ROBIN HAMMOND | | AISLADOS Alrededor del Salar vive y trabaja muy poca gente. Apenas un centenar de chabolas lo rodean, porque sus condiciones hacen muy dura la vida. Es una de las mesetas más inaccesibles del planeta |
Este remoto desierto está destinado a convertirse en el solar más caro del planeta. Se trata del mayor yacimiento de litio, un mineral imprescindible para el funcionamiento de los teléfonos móviles, los ordenadores y los nuevos y pujantes coches eléctricos. Como el golfo Pérsico en los años 20, el salar de Uyuni, en Bolivia, va a determinar el futuro del transporte en el mundo.
El gran juego vuelve a empezar...
Cuando Neil Armstrong y Buzz Aldrin anduvieron por primera vez por la Luna el 20 de julio de 1969, al contemplar el mundo, una de las primeras imágenes que vieron fue este lugar remoto en el que nos encontramos: una enorme mancha blanca, una cicatriz que cruzaba la parte inferior del continente sudamericano, un paisaje impactante que tomaron por la Antártida, pero que en realidad era el salar de Uyuni, enclavado al sur de Bolivia, el mayor desierto salado del mundo: diez billones de toneladas de sal que cubren una superficie de casi 13.000 kilómetros cuadrados.
Situado en una altitud que va de los 6.000 metros en los puntos más altos a unos 3.500 en los llanos, el salar sigue siendo una de las zonas más remotas e inaccesibles del planeta. Pero la situación puede estar a punto de cambiar. Los economistas especializados en cuestiones energéticas en Londres, Nueva York y Oriente Medio auguran que este mar de sal barrido por el viento de los Andes, un océano vacío apenas circundado por unas 60 aldeas de chozas de adobe, está destinado a convertirse en el solar más caro del planeta. Al igual que el golfo Pérsico en los años 20, el salar de Uyuni o, mejor dicho, las colosales reservas de litio que hay bajo la capa de sal podrían determinar el futuro del transporte en el mundo.
Nadie vive en el centro de este desierto. Para empezar, no hay vegetación. La sal envenena cualquier agua que pueda haber en la superficie. En la meseta no hay señales de industria o desarrollo; tan sólo hileras de cabañas de adobe rojizo, en cuyas húmedas habitaciones se apiñan algunas familias indias con la piel cobriza ennegrecida por el sol. Pero en uno de los extremos del salar, no lejos de la isla Incahuasi, un plan del Gobierno boliviano está convirtiéndose, poco a poco, en realidad: una mina de dimensiones modestas concebida para extraer la preciosa salmuera que burbujea 40 metros por debajo de la corteza de sal sobre la que nos hallamos. Al ser extraída a la superficie, la salmuera tiene un aspecto parecido a la nieve medio derretida, fangosa y grisácea. Pero tras dejarla que se cueza al sol del desierto, el agua de la salmuera poco a poco se evapora hasta dejar un baño mineral amarillento de aspecto similar al del aceite de oliva: es el litio, el más ligero de todos los metales y el poder oculto de nuestra vida tecnológica.
Alessandro Volta, un físico italiano, inventó la primera batería eléctrica en 1800. Desde entonces se han desarrollado millares de variantes de dicha batería, pero todas funcionan según el mismo principio fundamental: la explotación de las reacciones químicas entre distintos materiales a fin de almacenar y transmitir energía eléctrica. Hoy, las pilas y baterías recargables, en gran parte compuestas por litio, constituyen casi las dos terceras partes del mercado mundial de las baterías, negocio que mueve la friolera de unos 40.000 millones de euros. Y eso sin incluir el mercado automovilístico, que empieza a descubrir sus posibilidades. Aunque, curiosamente, a principios del siglo XX, los coches alimentados por batería eran numerosos en las calles de las ciudades, porque eran silenciosos y no emitían humos molestos. Pero los coches eléctricos no pudieron competir con los motores por combustión interna en lo tocante a la autonomía de desplazamiento.
Las baterías formadas por litio, de más larga vida, tan sólo se convirtieron en habituales cuando apareció el walkman de Sony y, algo después, el teléfono móvil. El hiperdesarrollo de la tecnología reciente del litio encuentra su reflejo en los delgadísimos móviles de última generación. Nada que ver con el Mobira Senator de 1982. Lanzado por Nokia, era un pequeño auricular conectado a un paquete de pilas de níquel del tamaño de un ladrillo y con un aparatoso mango en lo alto, detalle fundamental, pues el artefacto pesaba 9,8 kilos. Hoy, un teléfono móvil típico pesa la centésima parte debido en gran parte a los progresos hechos en la tecnología de baterías y, en particular, a una novedad: la aparición de la batería recargable de ión de litio. Nada más lógico, por tanto, que la demanda de este mineral se haya disparado en los últimos años, a medida que los iPod, Blackberry y miniordenadores se han ido convirtiendo en objetos de uso corriente. Entre 2003 y 2007, la industria de las baterías ha duplicado su consumo de carbonato de litio. Con todo, el boom acaso no haya hecho más que empezar porque las baterías de ión de litio forman parte integral de los planes de la industria automovilística encaminados a acabar con la dependencia de los combustibles fósiles.
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