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EXCUSAS PARA NO PENSAR |
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Los lectores preguntan a Eduardo Punset
¿Cómo influye el tamaño de las cosas? Diego B. Sanz. Madrid
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Nos alimentamos de imágenes que nos entran por la vista. Ni el juez Garzón ni el ex ministro de Justicia Mariano Fernández Bermejo podían aquilatar el impacto en la conciencia popular de la fotografía de ambos rodeados de trofeos de caza. Para millones de españoles, en los libros de historia, ninguna otra reseña de sus hazañas o logros jurídicos –que debe de haberlos, aunque ahora nadie lo crea– superará aquella imagen esperpéntica.
¿A qué se debe el efecto demoledor en la mente popular de la fácil victoria en la persecución de otros animales –del resto de los animales, decimos desde que Darwin apuntó al origen común de los humanos– y de los demás?
Primero está el tamaño o la medida de las cosas. Sin un sentido de las medidas, las imágenes parecen ambiguas. A vista de pájaro, una célula de mamífero o una galaxia son la una demasiado pequeña y la otra demasiado grande para impresionar a nadie. Magnificando la foto –como saben muy bien los artistas del ramo– se pueden ver más cosas, pero seguirá siendo difícil diferenciar la célula de la galaxia.
Nuestra reacción de miedo frente a un depredador como un oso polar o de afecto frente a un ciervo depende de haber podido medir su tamaño y compararlo con el nuestro. Sólo entonces entran en juego las emociones. La fotografía que comentaba al comienzo de esta columna no era sobre la naturaleza, sobre una galaxia ni sobre corpúsculos, sino que reflejaba personas y animales de un tamaño parecido al nuestro y, por tanto, generador de emociones.
No lo hacemos a menudo, aunque es muy útil –sobre todo para los personajes públicos, pero no solamente para ellos– recordar el tamaño sensible a las emociones de las masas. Todas las longitudes se expresan en fracciones o múltiplos de diez y están basadas en una única unidad de una única longitud: el metro. En ese ámbito nos movemos todos nosotros, incluidos los protagonistas de la fotografía que comentaba. Un milímetro es una milésima de metro, que equivale a la cabeza de una aguja. Hasta ahí llegamos. Un micrómetro o micrón es una millonésima de metro, demasiado pequeño para ver sin técnicas de magnificación. Ahí, las mujeres y los hombres de la calle nos perdemos.
El punto con el que acabo de cerrar el párrafo anterior equivale a unos quinientos micrómetros en diámetro; el pelo blanco que se ha caído sobre mi ordenador tiene unos cien micrómetros de diámetro y una célula de la sangre, diez veces menos, por lo que ya es imposible verla a simple vista. La fotografía de los dos personajes retratados al lado de sus trofeos de caza, en cambio, se movía en las dimensiones a las que estamos acostumbrados, para bien y para mal, los humanos.
En aquellas medidas se activan torrentes de emociones que también consiguen remover un zorro cruel o un ciervo apacible. Si uno no quiere levantar pasiones, no debe entrar en el ámbito de los tamaños humanos. Si lo hace, por el contrario, corre el riesgo seguro de levantar pasiones encontradas. ¿Por qué encontradas?
En la Prehistoria hubo un tiempo en que determinados animales eran equiparables a los dioses de los humanos. La idea de la separación transitoria de los animales humanos y del resto de los animales es muy reciente y tuvo mucho que ver con el origen del cristianismo. Una buena parte de la sociedad los sigue uniendo. El resto está convencido de que en el futuro dejaremos de ser heteróclitos; es decir, que no depredaremos a otros organismos para sobrevivir nosotros. Seguir haciéndolo puede ser necesario, pero es muy impopular.Eduardo Punset < volver
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