Número: 1107
Del 11 al 17 de enero de 2009
 
 

 
 
EL CREADOR Y SU OBRA

CARLO MOLLINO
La guarida del genio

CORTESÍA DEL MUSEO CASA MOLLINO
En la sala, una chimenea de inspiración Luis XVI preside la estancia. La nota de color: dos butacones del siglo XIX, heredados de su familia. A la izda., el diseñador pilotando un coche de carreras.

Aviador, piloto de carreras, aventurero... Y, sobre todo, creador. Carlo Mollino se ha con vertido en el diseñador del siglo XX más cotizado en la actualidad. Un hombre polifacético al más puro estilo renacentista que impuso su estética curvilínea en la Europa de la posguerra. Descubrimos su obra suprema y secreta: su casa en Turín.



Hay una fecha que siempre irá unida a Carlo Mollino y a la historia del diseño: el 9 de junio de 2005. Mollino había fallecido 32 años antes en la ciudad que lo vio nacer –Turín– y, discretamente, se estaba celebrando el centenario de su nacimiento. Pero las portadas y los informativos del día siguiente le dedicaban el espacio que nunca tuvo en vida. Un martillero de Christie’s había cerrado ese caluroso jueves, en la sala del Rockefeller Center, una puja de 3.824.000 dólares por una mesa fabricada por él en 1948 en roble y cristal. Un golpe seco del martillo que certificaba la mayor cantidad pagada nunca por un mueble del siglo XX y que casi doblaba el anterior récord –1.876.000 dólares– pagado por un escritorio de metal y superficie lacada de Jacques-Emile Ruhlmann.


Aviador, arquitecto, piloto de carreras, profesor de esquí, erotómano, fotógrafo, brujo y diseñador (de coches, de muebles, de trajes…) Todos ellos son oficios que aparecen en la biografía de Carlo Mollino. Con una obra difícil de clasificar, «troppo sexy» fue el calificativo que el periódico La Reppublica tuvo el acierto de asignarle.


Una de las cosas que más le preocupaban era tener que someterse al proceso de los lugares comunes y la homogeneización. Se graduó, con honores, en el famoso Politecnico di Torino en 1931. Despreocupado de la necesidad de ganarse la vida –su padre era un famoso ingeniero–, hizo de ésta un experimento estético. Construyó edificios como la Società Ippica Torinese o la estación de esquí de lago Nero, que es una obra maestra de la arquitectura. En 1949 publicó un libro de fotografía seguido, al año siguiente, por uno de técnicas de esquí con diagramas inspirados arquitectónicamente en giros paralelos. La edición de 1955 de Las 24 Horas de Le Mans lo tuvo como protagonista con un coche diseñado por él mismo. Conocido por Bisiluro, tenía una carrocería para el motor y otra para el conductor con forma de torpedo. Y, claro, estaban sus cotizados muebles de formas curvilíneas, la mayoría de las veces inspiradas en el cuerpo humano.


«Era un filósofo dedicado a entender su propia persona. No era un loco, sino un visionario, cuya obra maestra –el reflejo de todo en lo que él creía– ha sobrevivido sólo por casualidad», ha declarado Fulvio Ferrari, responsable, junto con su hijo Napoleone, de mantener la obra que define mejor al maestro italiano: su casa, a la orilla del Po, en Turín. «Ésta es una casa maravillosa porque es el fruto de una persona maravillosa. Está dedicada a la idea de ser capaz de alcanzar una clase de eternidad», añade. Carlo Mollino se refería a ella como «la casa del descanso del guerrero». Nunca pasó una noche allí, aunque sí fue su nido de amores. Casa Mollino era su pirámide privada, un espacio ecléctico, cuidadosamente creado a partir de 1960, en el que tal vez buscaba un espacio físico para la eternidad.


Gran estudioso de lo oculto, estaba fascinado por la tumba del arquitecto real egipcio Kha (aprox. 1390 a. C.). En esencia, esta casa es la tumba de Mollino, donde reunió todos sus objetos queridos. Un tesoro para llevarse con él al más allá. Él sabía que Kha decoraba su tumba en su tiempo libre y eso fue lo que hizo en este apartamento alquilado del siglo XVIII. El anticuario Fulvio Ferrari y su hijo poseen hoy el apartamento y lo dirigen como un museo abierto al público que lo solicite bajo cita. Gracias a la investigación de los Ferrari, se han introducido objetos que han estado o podían haber formado parte de los interiores originales. Mollino, soltero empedernido, lo visitaba de vez en cuando para dibujar sus sueños a dos manos o para hacer sus privadas y famosas polaroids. Éstas retratan desde el inocente erotismo de una estudiante hasta la pose de damas de la alta sociedad embutidas en botas de tacones de aguja o descaradas prostitutas. Descubiertas sólo después de su muerte, y publicadas por primera vez en 1985, estas fotografías son repetitivas y obsesivas. Se encontraron meticulosamente archivadas y eran sólo aptas para su uso privado. Para este creador clave del siglo XX, todo estaba permitido mientras fuera «fantástico».

Jesús Cano

< volver

  
 


MUEBLES ESCULTURA


EL UNIVERSO DEL MAESTRO


HoyMotor HoyCinema LaGuiaTV Finanzas HoyTecnología HoyMujer
 xlsemanal(c)2005 Aviso legal | Mapa del web