Matar por diversión  | | D.R. |
No lo hacen por robar ni por racismo ni por pertenecer a una pandilla. Lo hacen, y ésta es la terrible novedad, por pasar el rato. Es la violencia lúdica a la que se entregan chicos de 15 a 20 años cada fin de semana y que sólo salta a los titulares cuando se les va de las manos. Viajamos a la mente de uno de estos jóvenes y a su entorno, mucho menos marginal de lo que pueda parecer.
Viernes, seis de la tarde, barrio de Salamanca, uno de los más selectos de Madrid. Lucas, de 15 años, está tumbado en su habitación, sobre la cama deshecha, haciendo zapping. A un lado, el salvapantallas de su ordenador repite su nombre bajo diversas formas cambiantes. Sobre el televisor, varios DVD y, más allá, unas mancuernas, ropa sin ordenar, varias revistas. Apaga el televisor y se queda mirando la pantalla en negro. Parece aburrido. Se levanta y se acerca a la ventana. Abajo, en el parque interior del edificio, unas madres juegan con sus niños.
Lucas se aparta y coge la cazadora, su móvil última generación, un mechero, sus cigarros y un folio doblado por la mitad que tenía sobre el escritorio. Se mira varias veces en un espejo, sale de su habitación y se dirige hacia la de sus padres. Ya en ella, se acerca a la cama y deja sobre ésta el folio. Hurga ahora en el bolso de su madre y saca de su cartera un billete de 20 euros y otro de diez. La cartera queda abierta sobre la mesilla y el bolso, también, en el suelo. No parece preocupado por dejar las cosas desordenadas.
Regresa al pasillo y avanza hasta el salón, donde su madre habla por teléfono. Al verlo pasar, ella se interrumpe. «Espera un segundo, no cuelgues.» Tapa el micrófono y dice: «Lucas, ¿dónde vas…? Lucas…». Por toda respuesta recibe el ruido de la puerta al cerrarse. La madre niega con la cabeza y vuelve a hablar. «Oye, ¿puedo llamarte luego? Debo irme.» Tras colgar, la mujer se dirige a su habitación y, nada más entrar, nota los cambios: el folio sobre la cama y su bolso y su cartera abiertos. Desdobla el papel y lo lee, se lleva una mano a la frente. Vuelve al salón, coge el teléfono y marca un número. «Pedro, joder. Soy yo, de nuevo. ¿No oyes mis mensajes? Llámame, coño.»
Se le quiebra la voz. «Lucas acaba de irse y ha vuelto a dejar otra nota: `Espero ver pronto progresos vuestros. Quiero que me dejéis una lista con las posibles vías de financiación que estéis estudiando para comprar mi moto. Sois los peores padres del mundo. Si no tengo noticias pronto, esperad consecuencias terribles´. Esto último, en mayúsculas. Además, ha vuelto a faltar al instituto y no me habla. Pedro, llámame, haz algo. A mí no me hace caso.»
Lucas sale del edificio, enciende un cigarro y, mientras camina, escribe un SMS. Unas calles después llega al cibercafé. Entra sin saludar, busca y encuentra un ordenador libre, se sienta e introduce su clave y su usuario; en su pantalla se inicia The Warriors, uno de los diez juegos más violentos de 2005, según la Family Media Guide de Estados Unidos. Él lo ignora; sólo sabe que es uno de sus favoritos.
Se coloca unos auriculares, coge el mando y comienza a jugar, cuando suena su móvil. En el visor de la pantalla ve escrito: «Papá». Decide no atender y sigue jugando. La acción se repite tres veces y Lucas sólo deja de jugar cuando llega su amigo Chema y se pone a su lado. «¿Qué tal, tío?» «Bien, ¿tú?» «Aquí me ves…» Su móvil vuelve a sonar. «Es el plasta de mi padre. Salgamos a fumar.» «¿Y qué quiere tu padre ahora?», pregunta Chema. «Pues lo de siempre: apretarme las clavijas porque se lo ha pedido mi madre. Mañana, además, nos toca volver al psicólogo de la Fiscalía.» «Joder… Vaya palo del que me he librado.» «Sí, has tenido suerte de no estar con nosotros aquella noche.» Silencio.
Lucas se muerde las uñas mientras fuman; Chema insiste: «¿Y qué puede pasarte si dejas de ir?». «Pues lo mismo les da por meterme en un centro; no sé.» «Ya…» Otra vez silencio. «¿Y cómo va el asunto de tu moto?», pregunta Chema. «Un poco chungo –responde Lucas–, pero caerán. Mi madre ya está bastante acojonada. En fin, tío; déjalo. ¿Llamamos a Luisma? Podríamos darnos una vuelta por debajo del viaducto a ver qué pillamos. Siempre hay alguno durmiendo allí, pero tendríamos que estar los cuatro.» «Vale… –titubea Chema– Vale. Vamos a llamarlo a ver qué dice.»
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