Número: 954
Del 5 al 11 de febrero de 2006
 
 

 
 
LA CIUDAD DE...

CÁDIZ
Con Chano Domínguez

GONZALO HÖHR
Chano Domínguez pasea por la playa de la Victoria, la mejor tarjeta de presentación de la ciudad más antigua de Occidente.

El pianista que unió jazz y flamenco nos acompaña en un paseo por el rincón donde nació, un lugar flanqueado por el mar, en el que todo puede pasar.

Conserva los destellos del niño curioso, la mirada del hombre sencillo, del adulto curtido, del genio sin vanidad... Y es que lejos del divismo que rodea al mundo en el que es un maestro, Chano Domínguez prefiere diluirse entre la gente y disfrutar de la paz del anonimato. Quedamos a las diez de la mañana en el lugar que es principio y fin de su romance con la ciudad donde nació en 1960: la playa de la Victoria. La plaza Ingeniero de la Cierva es el punto de partida. «Éste es mi sitio», afirma, rotundo, aspirando la brisa que se filtra desde el mar hasta la orilla. «La playa de la Victoria ocupa un papel fundamental en mi vida. Mi madre nos traía cada día desde mayo hasta septiembre. Cuatro chiquillos en un piso pequeño, imagina si estaba deseando que llegara el buen tiempo para dejarnos corretear. Aquí he crecido, he jugado, he aprendido a nadar y hasta he pelado la pava entre las antiguas casetas.»

Esta zona recorre todo el perfil occidental de la ciudad. Centro de paseos y deportes en invierno y amplísimo solárium turístico en verano, se precia de ser uno de los enclaves más limpios de las costas españolas. El paseo marítimo, de aire familiar, se muestra salpicado de bares y restaurantes como La Marea, Baro y la mítica freiduría Las Flores II. Templos todos del buen marisco y del autóctono pescaíto frito.

Mientras pasamos por las discotecas más in como Offside y Barabass, y dejamos atrás el que era el cementerio de la ciudad, nuestro paseo desemboca en otra parte de la playa: Santa María del Mar. «Estos colores no existen en ningún otro sitio. Ahora que llevo cinco años en Barcelona soy capaz de ver el contraste. Lo de la luz de esta ciudad no es un tópico. Los tonos, los olores, la humedad del Atlántico… Es muy fuerte. Cádiz es una isla llena de luz. Es una ciudad detenida en el tiempo, un lugar que en una época fue puerto imprescindible y que todavía guarda cierto sabor colonial, de enclave importante, a pesar de que ya nada se decida aquí. Cádiz ya no recibe a la gente de paso, sino que el que está aquí es porque lo ha decidido. Eso le infunde un carácter muy especial.»

Sin perder el mar de vista, el paseo continúa entrando en el casco histórico por los aledaños de la Cárcel Vieja, ahora Juzgado Local, hacia el Campo de Sur. A un lado se queda la catedral, majestuoso edificio neoclásico de Vicente Acero coronado con el mirador de la Torre de Poniente, el Teatro Romano y la iglesia de Santa Cruz. Todo un complejo monumental que da la entrada al lugar más alternativo de la capital asentado sobre el antiguo barrio medieval y la judería, el Pópulo. Un enclave en proceso final de restauración después de años de abandono que amanece ahora plagado de gale-rías, teterías, pubs como el Archivo de Indias y el café-teatro Pay-Pay, que conserva el nombre del conocido local de alterne que sacudió los cimientos de la moral española de mediados del siglo pasado. «La ciudad está bellísima. Cada vez que regreso la veo más cuidada. Ha cambiado muchísimo en la última década», apostilla el artista.

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UNA ISLA LLENA DE LUZ


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