Número: 1106
Del 4 al 10 de enero de 2009
 
 

 
 
EN PORTADA

APOCALIPSIS CONGO

ÁLVARO YBARRA ZAVALA
Un soldado de las Fuerzas Armadas congoleñas, más amigas del pillaje que del combate, exhibe sus `trofeos´ de guerra: la mano y los genitales amputados del cadáver de un rebelde en Kibati.

Como un reloj de sangre, el Congo sale de las tinieblas y vuelve a las tinieblas. Estampas de una crueldad inusitada y el sufrimiento de una población que parece condenada al tormento de Sísifo por culpa de las riquezas que atesora su suelo. En la región de Kivu Norte, las tropas de un general rebelde ponen en jaque al precario, casi ausente, corrupto Estado central.



En conflicto lejano del que esporádicamente llegan noticias de sangre, imágenes pavorosas, refugiados caminando como sombras por caminos de tierra roja y embarrada, soldados de aspecto fiero armados hasta los dientes, cascos azules atrincherados tras sacos terreros y la sensación de que la misma guerra se repite hasta la saciedad, como una plaga. El peligro de algunas imágenes es que atizan un prejuicio profundamente enterrado en la conciencia: el de que África es un continente maldito. Una generalización tan burda como injusta. Pero en el caso de la República Democrática del Congo (el antiguo Congo Belga, el Zaire del pintoresco y despiadado Mobutu Sese Seko) su historia parece trazada por un topógrafo de la desolación. En el tercer país por extensión del continente, apenas poblado por sesenta millones de almas, la riqueza de su subsuelo ha atraído la codicia de Occidente durante siglos, la de Oriente desde hace unos años. Leopoldo II, el rey de los belgas, lo convirtió en su finca particular e hizo de la esclavitud y la explotación ley de vida y muerte. La independencia en los años sesenta –a la que accedió sin un solo titulado superior– empezó con mal pie: su primer ministro, Patricio Lumumba, fue eliminado por una conjura urdida por la antigua metrópoli y la CIA. El entonces secretario general de la ONU, Dag Hammarskjold, pereció en un accidente aéreo mientras participaba en una misión de paz para evitar la secesión de la rica Katanga. Mobutu, agente de Occidente frente al comunismo, saqueó a su pueblo y permitió que las empresas mineras occidentales hicieran otro tanto. Ruanda, Uganda y Burundi provocaron su caída y entronizaron a Laurent Kabila, un ex camarada del Che que fue asesinado cuando se negó a seguir las directrices de sus «patrones del este». Su hijo, Joseph Désiré, ganó en 2006 unas elecciones en las que la comunidad internacional se implicó a fondo tras una década que se llevó por delante a más de cuatro millones de seres. Esa guerra es la que ahora vuelve a atizar en la región de Kivu, fronteriza con Ruanda, un general tutsi rebelde al Gobierno de Kinshasa, Laurent Nkunda, que con el pretexto de proteger a los banyamulengues (tutsis congoleños) ha lanzado una ofensiva que le ha permitido poner bajo su control las principales minas de la zona, llenas entre otros minerales de coltán, el material con el que se fabrican móviles y ordenadores. La población es víctima de los rebeldes de Nkunda y del sadismo e incompetencia de las tropas congoleñas, mal pagadas y por ello más amigas del pillaje que del combate, mientras la mayor misión de la ONU en el mundo (17.000 hombres) se ve incapaz de proteger a los inocentes: 250.000 se acaban de convertir en refugiados en su propia tierra. Un espanto sin fin.

Alfonso Armada

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«La riqueza de su subsuelo ha atraído la codicia de Occidente durante siglos. La historia del Congo parece trazada por un topógrafo de la desolación»




«La población es víctima de los rebeldes y del sadismo de las tropas congoleñas. Vuelve una guerra que ya costó cuatro millones de muertos»



«El general rebelde Laurent ha logrado poner bajo su control las minas de la zona, llenas de coltán, el material del que se hacen los móviles»



«La mayor misión de la ONU en el mundo es incapaz de proteger a la población: 250.000 congoleños se han convertido en refugiados en su propia tierra»




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