En el campo de Iridime se vive una crítica situación. Ancianos y niños son los primeros en caer. En la imagen, una madre y su hija mal nutrida en el hospital de la vecina comunidad de Iriba.
La actuación de Médicos Sin Fronteras Luxemburgo salpica a un organismo irreprochable.
Éste no es un reportaje contra Médicos Sin Fronteras, sino a favor de Médicos Sin Fronteras (MSF). No se trata de proyectar una sombra de sospecha sobre el trabajo que lleva a cabo dicha organización, lo que se pretende es evitar, por el contrario, que los responsables de un episodio lamentable y aislado menoscaben el prestigio que se han ganado a pulso miles y miles de admirables voluntarios. Los hechos de los que damos cuenta en estas páginas acaecieron en el campamento de refugiados de Iridime, en la frontera entre Sudán y el Chad, y han sido negados pública y reiteradamente tanto por la jefa de misión de MSF Luxemburgo, Christine Jamet, como por Paula Frías, presidenta de MSF España. Pero las imágenes hablan por sí mismas y se encuentran respaldadas, además, por numerosos testimonios que confirman, punto por punto, lo que aquí se narra.
Iriba (Chad), 13 de septiembre de 2008. Mubarack, el fixer, un hombre que es, al mismo tiempo, mi guía y mi ángel de la guarda, percibe que algo no va bien, que la gente recela de nosotros, que su mirada nos acusa mientras sus labios callan. Ayer nos instalamos en Iriba, lo más parecido a una ciudad que se alza en un no mans land martirizado. Después de pernoctar en la sede de ACNUR, el organismo que coordina el funcionamiento de los campos, nos llegamos a Iridime cuando aún es temprano. El primer día hay que mudar la piel y sofocar al periodista para que aflore el diplomático. Los líderes de la comunidad te lo pondrán más fácil si, tras proceder a la presentación de cartas credenciales, consigues generar una corriente alterna de confianza y de complicidades. Hoy, sin embargo, el curtido Mubarack, que las ha visto de todos los colores (y de todos los horrores) en este rincón de África, me dice, en un aparte, que las cosas no marchan. Que la gente murmura contra algunos de los organismos que trabajan en el campo. Y que, si le preguntas los motivos, vuelve los ojos y se cierra en banda. Es extraño, en efecto, pero, al fin y al cabo, ¿qué no resulta extraño en un lugar donde seguir con vida es sumamente extraño? Por la tarde, al regresar a Iriba, visito el hospital que MSF Luxemburgo tiene a su cuidado y comienzo a disparar mi cámara. Algunos de los enfermos se encuentran en una situación dramática, aunque nada, en principio, permite sospechar que no estén recibiendo la atención adecuada.
Más tarde, en el cuartel general de ACNUR, ordeno el material del reportaje. Uno de los funcionarios de la ONU se asoma a la pantalla del ordenador y lo que contempla lo deja estupefacto. «¿Qué demonios es esa pesadilla? ¿Cómo has obtenido esas imágenes?». Y ahora soy yo el estupefacto: «¿Cómo? Desplazándome apenas treinta metros, en el centro hospitalario que está ahí mismo, a dos pasos». Conforme le voy mostrando fotos, el estupor se tiñe de impotencia, la indignación crepita bajo el pasmo. «Es increíble –exclama– que Médicos Sin Fronteras no haya informado a ACNUR de lo que pasa.» Tenía razón mi fixer: si se mascaba la tensión, ahí estaba la causa. El puzle empezaba a completarse. «Creo que en Iridime hay casos similares», añadí, dispuesto a volver al campamento en cuanto clareara.
Campo de refugiados de Iridime, 14 de septiembre de 2008. De nuevo en Iridime. Mubarack se emplea a fondo, seduce, intriga, halaga y logra hacer el milagro de que los mudos hablen. Musa, un refugiado sudanés que actúa en nombre de MSF en calidad de responsable, termina por dejarse convencer y nos conduce al corazón de las tinieblas y a la madriguera del espanto. Vamos de choza en choza y de un fantasma a otro fantasma. Él, contando la historia; yo, arrastrando el alma. Cuando MSF desapareció del campo, la situación sanitaria se desplomó de golpe, con la fragilidad inexorable de un castillo de naipes. Los casos más graves –los afectados por el virus del VIH, los corroídos por todo tipo de males– y los más vulnerables –los niños, los ancianos, los enajenados– o han muerto sin auxilio o se encuentran en tránsito. Una mujer, en la semipenumbra fétida de un cubil miserable, lleva semanas, quizá meses, encadenada a los barrotes de la cama. Puede que enloqueciera con la guerra, tal vez estuvo siempre trastornada, lo cierto es que, si se la priva de la medicación, sus accesos de agresividad son peligrosos, imprevisibles y reiterados. De ahí que sus vecinos la mantengan atada y le acerquen un plato de comida muy de tanto en tanto. Cuando esto ocurre, MSF ya ha retornado al campamento, pero aún no ha conseguido controlarlo. En su ausencia, la evacuación de los enfermos hasta el hospital de Iriba se ha transformado en un pingüe negocio explotado a conciencia (a conciencia, qué sarcasmo) por las mafias locales. Dieciocho kilómetros separan la desesperación de la esperanza. Dieciocho kilómetros por una trocha indescriptible en la que, en ocasiones, no sabes qué es más arriesgado, si el camino en sí o las emboscadas de los diferentes grupos armados o los bandidos de carretera.