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EXCUSAS PARA NO PENSAR |
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Los lectores preguntan a Eduardo Punset
¿Por qué no admitimos los errores? Marcela M. Erro. Madrid
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Gran parte de las decisiones que tomamos todos los días son el resultado de haber querido justificarnos a nosotros mismos como sea; lo que no quiere decir que mintamos o que tratemos de excusarnos. Se nos repite desde pequeños que tendríamos que aprender de nuestros errores, pero ¿cómo vamos a aprender de nuestras equivocaciones si no admitimos nunca, o rara vez, que nos hemos equivocado?
Las víctimas del triste accidente del vuelo JK 5022 –que ha conmocionado al país como pocos lo habían hecho antes (los políticos no debieran olvidarlo)–, nos agradecerían que aprovecháramos los errores cometidos, si los hubo, para aprender de cara al futuro y disminuir así el peso del sufrimiento potencial o ya infligido.
Entre las mentiras conscientes para engañar a otros y los intentos inconscientes de justificarse a sí mismo ante los demás, hay un terreno movedizo en el que se fabrica nuestra propia memoria en la que no puede confiarse ciegamente. Los psicólogos Carol Tavris y Elliott Aronson se han adentrado mejor que nadie en ese mar de dudas y vaivenes con su idea de las disonancias; para ellos, disonancia es todo aquello que no coincide exactamente con la idea que tenemos de las cosas en función, obviamente, de nuestros propios intereses.
En un experimento famoso realizado hace muchos años –y que en una ocasión intenté explicar en el programa Redes, en La 2 de RTVE–, se demostró que gente común, nada extraordinaria, podía acabar cometiendo crímenes abyectos, mediante una cadena de conductas basadas en la justificación de sus propios actos, las dudas y el temor a represalias físicas o morales de los jefes o de la opinión pública. En realidad, del experimento se deducía que hasta un 60 por ciento de los puestos a prueba acababan cometiendo delitos inconfesables, como torturar a una víctima o hasta asesinarla.
A los que conocíamos estos y otros experimentos se nos ha reflejado en el rostro no sólo la huella del dolor de los familiares de las víctimas del accidente de Barajas, como al resto de los españoles, sino también la expresión añadida de asombro ante la prepotencia de las afirmaciones de unos y otros. Ninguna de las declaraciones de aquellos supuestamente implicados, indirecta o directamente, en el accidente, han tomado en consideración el resultado de los experimentos de Carol Tavris y Elliott Aronson.
Cuando los supuestos expertos se han equivocado –esto también puede ocurrir en estamentos muy profesionalizados–, se sienten amenazados en su propia identidad y en el reconocimiento por los demás de la valía de esta identidad. Como anticipa muy bien la teoría de la disonancia, cuanto más confiados y famosos son los expertos –en el caso que nos ocupa los hay que pertenecen a empresas sobradamente conocidas y al propio Estado–, menos probabilidades existen de que admitan errores en su conducta.
Como saben mis lectores, he reflexionado durante muchos años sobre la gestión de las emociones como la felicidad o el amor. Allí suele ocurrir lo mismo. Las parejas en el umbral de la ruptura, en lugar de intentar solucionar los problemas, prefieren proferir insultos e inventar agravios en el proceso alambicado de reconstruir su memoria para justificar su desamor.
De lo que antecede se puede deducir una sugerencia modesta, pero muy sentida, a los responsables objetivos y personalmente implicados en las operaciones que condujeron a la tragedia de Barajas. Acepten –por favor– el resultado de lo que la ciencia está mostrando en este campo: cuanto más famosos y confiados son los expertos a título personal o institucional, menos posibilidades existen de que admitan errores en su conducta. ¡Escúchenlos!, pero recurran a instancias independientes a la hora de tomar decisiones.Eduardo Punset < volver
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