Número: 948
Del 25 al 31 de diciembre de 2005
 
 

 
 
ENTREVISTA


XL. Uno de sus personajes dice de los pigmeos que son «la comunidad humana más afable y anarquista del universo».

A.S.P. No son una sociedad idílica, ninguna sociedad lo es. Pero tienen muchísimas cosas buenas. Por ejemplo, su nivel de violencia social es bajísimo, porque tienen formas de resolución de los conflictos que les funcionan muy bien y la hacen innecesaria. Me gustan los pigmeos porque son muy individualistas, porque no reconocen ninguna autoridad ni padecen la gerontocracia, tan extendida en África. Los niños son educados de la manera más sencilla: pasan con la familia el 80 por ciento del tiempo. «Los padres son más dulces», suelen decir los niños pigmeos, porque están con ellos más que con la madre. Y las familias están muy unidas, pero cuando un miembro se harta, se larga y ya está. No lo persiguen, no lo rechazan en el grupo donde se introduce.

XL. ¿Se siente usted incómodo aquí, desde su regreso?

A.S.P. Yo soy de aquí, aquí estoy bien. Aunque podría decir como Lawrence de Arabia, aquello de «yo he combatido con los árabes y sé que nunca podré ser uno de ellos. Pero, al regresar a casa, me di cuenta de que nunca podría ser inglés otra vez».

XL. ¿Y con sus ojos de pigmeo, cómo nos ve?

A.S.P. Hay cosas que dan risa. Por ejemplo: ¿cuál es el principal valor para nuestras sociedades? La libertad. Muy bien, la libertad (ja, ja, ja, se ríe a carcajadas, con sarcasmo), creemos que tenemos mucha libertad porque decidimos quién ocupa el poder en el sistema parlamentario. Me temo que la libertad es otra cosa. La medida de tu libertad te la da el despertador cuando suena por la mañana. Y ¿sabe una cosa? Entre los pigmeos se calcula que trabajan un promedio de ocho horas… ¡semanales! Y llegas aquí y tienes que creerte que la semana de 40 horas es una gran conquista social. Es decir, nosotros hemos sacrificado la libertad por la lavadora, en nombre de la comodidad. Cosa que yo entiendo. Ninguno de nosotros puede renunciar a la comodidad. Pero todo esto tiene un precio, y procuro no olvidar que las cosas podrían no ser de esta manera. Nosotros vivimos más y, a cambio, tardamos 30 años en pagar la hipoteca de nuestra vivienda. Ellos viven sólo 40 años, pero una pareja, cuando se une, tarda 35 minutos en construir su casa. Para mantener nuestros avances sanitarios y tecnológicos, trabajamos muchísimas más horas. Unas 30 de esas 40 horas semanales se dedican a crear el capital necesario para mantener el sistema del bienestar, la educación, la sanidad, etc. Y, encima, aquí nos machacan con mensajes todo el día: «No fumes», «No ensucies la calle»… Siempre nos dicen qué es lo bueno y qué lo malo. A mí me va bien haber conservado aquella mirada diferente con la que regresé de la selva. Procuro no olvidar que nosotros hemos tomado unas opciones, pero que hay sociedades que han tomado otras, y no es fácil decir cuál de los dos sistemas es mejor.

XL. Al margen de los pigmeos, África es un desastre. Y se diría que no tiene remedio.

A.S.P. Pues, aunque pueda parecer extraño, yo soy optimista. Es verdad que las élites políticas africanas son muy corruptas. Es cierto también que el colonialismo inventó el hambre y el poscolonialismo lo ha perpetuado. Pero si escuchamos a las élites intelectuales, creo que hay esperanza. Las sociedades africanas son mucho más vitales de lo que creemos desde aquí. Sus problemas estructurales son muy graves, pero ellos saben cómo habría que reconstruir el continente si llegasen a contar con un Plan Marshall. Estas élites no están tan metidas en la corrupción como las políticas, y tienen ideas, ideas propias y muy interesantes. No necesitamos más ONG, nos dicen. Y añaden, irónicamente: lo que necesitamos es tener la bomba atómica, a ver si podemos ir a la mesa de negociación desde una posición de fuerza, y nos hacéis caso de una vez. Si Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, logró recuperarse, África podría conseguirlo también. El problema es que no existe realmente voluntad de ayudarlos en serio. África nos importa un bledo. Y la única solución sería que las fuerzas del mal (je, je, je, ríe de nuevo, sardónico), las del neoliberalismo que domina Occidente, decidieran un día que 300 millones de consumidores les resultan interesantes. Entonces enviarían el dinero que hace falta.

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HISTORIAS DE ÁFRICA
El escenario de sus dos últimas obras



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