Número: 946
Del 11 al 17 de diciembre de 2005
 
 

 
 
A FONDO

La otra fiebre del sábado noche

CARLOS CARRIÓN

Aunque parezca mentira, hay vida al margen del `botellón´. Eso sí, hay que echarle imaginación. Es lo que hacen los jóvenes de este reportaje. Y algunos ayuntamientos, con iniciativas como `Alterna´, `Enrédate´, `Abierto hasta el amanecer´...

Trece años es una edad muy dura en España. A los 13 años, a los gorditos se los acosa en el instituto. Y si vas de tranqui y no te gusta meterte en jaleos, también te buscan las cosquillas. O espabilas o te machacan. A los 13 años debes tener un móvil que haga fotos. Y haberte echado novia, o un medio novio. Porque si no has dado un beso a esa edad, de qué vas. Las chicas salen modositas de casa y llevan un macuto con la ropa de ligar. Se cambian en los aseos de cualquier cafetería. Toda una metamorfosis. Los niños se hacen el primer corte al afeitarse, con cuidado de no rebanarse los granos. Los más precoces ya presumen de su primera vomitona. O de su primer coma etílico. La primera muesca en el hígado. Porque en España se empieza a beber a los 13 años. Y se bebe a conciencia.

Cifras de vértigo. El botellón es la opción de ocio mayoritaria del fin de semana. Las cifras dan miedo, y cada comunidad autónoma las maquilla como puede. Dos de cada tres jóvenes gallegos; ocho de cada diez madrileños; en Sevilla, unos 60.000 estudiantes toman al asalto los jardines... Algunos estudios alertan de que más de la mitad de los españoles entre 13 y 23 años se emborrachan un par de veces al mes. Haciendo la cuenta de la vieja, son 24 cogorzas al año durante diez años, sin contar verbenas y fiestas patronales. El exhaustivo entrenamiento de nuestros futuros alcohólicos. Carne de estadística: con el tiempo protagonizarán el 40 por ciento de los accidentes mortales de tráfico, el 25 por ciento de los siniestros laborales, habrá que dedicarles el 15 por ciento del gasto sanitario: la factura puede superar los 4.200 millones de euros anuales. Aunque el dinero es lo de menos cuando toda una generación se está inmolando en un rito tribal y nihilista que, además, pone perdido el vecindario de cascotes, vómitos y orines.

¿Soluciones? En nuestro país se ha apostado, sobre todo, por la vía represiva: ley seca (por lo menos en la vía pública). Esta prohibición no se aplica en las terrazas ni en los festejos de los barrios, ni en aquellos espacios que los ayuntamientos autorizan (los polémicos botellódromos). Examinemos el caso madrileño, un espejo en el que se miran las otras ocho comunidades que han optado por las ordenanzas antibotellón: Canarias, Castilla y León, Valencia, Extremadura, Cantabria, Murcia, Aragón y La Rioja. Durante el primer semestre de este año, la Policía Municipal de Madrid ha impuesto 14.500 multas por consumo de alcohol en la calle. Los responsables del cuerpo policial aseguran que el fenómeno está por fin controlado. ¿Les ponemos una medalla? Más bien lo que ha sucedido es que el botellón multitudinario tiende a desaparecer. Ahora, los grupos son de cuatro o cinco chavales. Lo hacen a escondidas, como si fueran delincuentes. Menos ruido, menos basura, menos quejas vecinales. Se les decomisa el alcohol, pero los agentes tienen el detalle de dejarles las bebidas refrescantes. Y las sanciones (300 euros) vienen de perlas a las arcas municipales.

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DIVERSIÓN SIN ALCOHOL


ROMINA Y PAOLA CÓRDOBA, 18 AÑOS, MÁLAGA
«No nos sentimos bichos raros porque nuestros amigos respetan que no bebamos.»
ELENA SOTO, 22 AÑOS, CARABANCHEL (MADRID).
«La danza del vientre me mantiene en forma. Me da seguridad en mí misma y, además, me divierte.»

RAÚL REDONDO, 16 AÑOS, ALCOBENDAS (MADRID).
«Me gusta ir a los talleres que monta el centro de jóvenes porque se conoce más gente que yendo de marcha.»

JOSÉ VÉLIZ Y JAIME PÉREZ, 17 Y 15 AÑOS, MADRID.
«Pasamos tanto tiempo en el monopatín, que no nos quedan fuerzas para hacer botellón»


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