Número: 1084
Del 3 al 9 de agosto de 2008
 
 

 
 
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LO QUE NO SE VERÁ EN TELEVISIÓN
Las ciudades prohibidas de la China Olímpica

ÁLVARO YBARRA ZAVALA
Shao Xiyun, de 54 años, se quedó viuda el año pasado cuando su marido, Dai Lianzhong, falleció de un tumor en el pulmón izquierdo que le había diagnosticasdo en 2006

El milagro económico que ha convertido al gigante asiático en el primer país exportador del mundo, y el segundo con más millonarios, tiene un doloroso coste: 760.000 muertos al año por la contaminación. Megalópolis y extensas áreas geográficas en las que la gente nace y muere aquejada por extraños tumores. Hemos estado en Daqing, Tianjin y en los llamados `pueblos del cáncer´, terribles ejemplos de la china de los Juegos Olímpicos.



Cae la noche y enormes llamas incandescentes brillan en la oscuridad en medio de un hedor insoportable que irrita la nariz, escuece los ojos y pica en la garganta. A esta hora empiezan las jaquecas más fuertes que sufre Zhao Xiuting, un campesino de 50 años a quien el 28 de abril le salió en la cabeza una extraña mancha de color morado que ya le cubre la frente y le baja por la nariz, que está empezando a malformarse y donde le está creciendo un bulto rugoso.


Aunque no puede ver con su ojo derecho, horriblemente inflamado, el hombre clava la mirada en las humeantes chimeneas y en las lenguas de fuego que despiden las torres de la cercana refinería de la empresa estatal Petrochina. Como uno más de los desgarradores contrastes de la China del siglo XXI, este futurista complejo petroquímico se ubica a pocos metros de su casa, una humilde construcción de ladrillo a la que se accede por un polvoriento camino de tierra plagado de socavones y que parece más una choza africana que un hogar de la cuarta potencia económica del mundo.


«Cuando me vuelven las jaquecas, tengo que sujetarme la cabeza con las dos manos para que no me estalle», se queja Zhao Xiuting, quien se encuentra tan débil que ya no puede trabajar en el pequeño campo de maíz que antes le reportaba 200 yuanes al mes (18,45 euros). Recostado en un camastro dentro del destartalado cuartucho, el hombre se lamenta de que «los médicos no conocen la causa de mi enfermedad. Sólo me han dicho que tengo un virus, pero no me fío».


Aunque puede que su desconfianza no le sirva de mucho, hace bien en mostrarse precavido, ya que sabe de otros casos de manchas y jaquecas similares en la zona y su vecino de la casa de al lado, Dai Lianzhong, murió el año pasado de un cáncer fulminante.


«En 2006 le diagnosticaron un tumor en el pulmón izquierdo y tuvo que dejar de trabajar en su ganadería. Antes de morir sufrió un catarro y llegó a escupir sangre porque los pulmones le dolían muchísimo», recuerda con tristeza su viuda, Shao Xiyun, de 54 años.


Coincidencia o no, el 14 de agosto de 2006 hubo un grave accidente en la refinería de Petrochina en el que murieron tres trabajadores y otros dos resultaron heridos. «Estaba en mi tractor cuando vi una gran explosión y cómo todo el mundo huía, despavorido, tratando de escapar de una gigantesca bola de fuego», relata Zhao Xiuting junto con Sun Jingchen.


Aunque éste es un trabajador de la petroquímica, ha emprendido una cruzada para descubrir la causa de las extrañas enfermedades y los casos de cáncer que están proliferando en Hongwei, una localidad de 11.600 habitantes perteneciente a la ciudad industrial de Daqing, en la provincia de Heilongjiang, al norte de China y a 400 kilómetros de la frontera con Rusia.


Levantada a finales de los años 50 sobre el mayor yacimiento de petróleo del gigante asiático, Daqing (que en mandarín significa `gran celebración´) encarna la primera industrialización que emprendió la China comunista en el nordeste del país. «En la industria hay que aprender de Daqing», dijo en aquella época Mao. Y es cierto que esta ciudad supone todo un ejemplo, pero más bien de lo que no se debe hacer. Siguiendo el modelo estalinista de unir las factorías y las casas de los trabajadores en un mismo lugar, en esta urbe de un millón de habitantes abundan los pozos petrolíferos por doquier.


Para extraer el `oro negro´ acumulado en el subsuelo, que fluye a la superficie en cuanto se aran sus cultivos, las típicas `hormigas mecánicas´ bombean el crudo las 24 horas del día en todos los rincones de la ciudad: entre los bloques de pisos, en la puerta de un colegio, detrás del centro cultural, al lado del parque de atracciones y justo enfrente de la noria.


Gracias al petróleo, Daqing es lo que en el coloso oriental se considera una ciudad rica. Así lo atestiguan sus amplias calles de cinco carriles en cada sentido y los imponentes edificios oficiales que pueblan la interminable avenida del Siglo, fantasmagóricos paralelepípedos de color gris que lucen el emblema del Gobierno o de Petrochina. «Aquí se vive muy bien y los pozos no suponen ningún problema para la salud, ya que el petróleo va por debajo de la tierra y ni siquiera hace ruido de noche», se justifica un taxista local que reproduce la versión que difunde la propaganda del régimen.


Debido a su pujanza, muchos emigrantes de otras provincias cercanas, como Liaoning o Shandong, se han instalado en la ciudad a medida que crecían sus industrias. Todas ellas se engloban en la Zona de Desarrollo de Alta Tecnología de Daqing, que comprende los parques petroquímicos de Hongwei, Xinghua y Linyuan y otras áreas dedicadas al equipamiento industrial, la informática y hasta la investigación con cultivos de soja.


Sólo en el parque de Hongwei, que se extiende por unos 20 kilómetros cuadrados, hay más de 87 compañías que facturaron en 2006 unos 12.800 millones de yuanes (1.182 millones de euros). Entre ellas, destacan Daqing Lianhua, una subsidiaria de Petrochina que emplea a 11.000 operarios y explota el cuarto campo petrolífero más productivo del mundo para alimentar el frenético crecimiento del sediento `dragón rojo´.

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