Número: 1076
Del 8 al 14 de Junio de 2008
 
 

 
 
ENTREVISTA



XL. Una agenda marcada por la crisis económica.
J.S.
Pero España está en mejor posición que otros países. Estados Unidos tiene un déficit enorme. Las cuentas públicas españolas están saneadas, lo que le da margen de maniobra. En cuanto a la burbuja inmobiliaria, en España se construían más casas que en Francia y el Reino Unido. En mi país, la burbuja animó a los norteamericanos a vivir por encima de sus posibilidades. Ahora que ha estallado muchos ven que sus casas valen menos que las hipotecas.

XL. Crisis financiera, de alimentos, de petróleo. ¿Qué está pasando?
J.S.
La ralentización de la economía nos lleva hacia una recesión muy seria. Una de las locomotoras de la economía mundial es el consumo de los norteamericanos, pero Estados Unidos tiene cero ahorros. Lo que hace a esta crisis particularmente mala es la inflación. Y en parte es debida a la guerra.

XL. Yo había oído que la guerra estimulaba la economía.
J.S.
Antes se pensaba eso. Se dice que la Segunda Guerra Mundial ayudó a levantar la economía tras la Depresión. Pero hay métodos más eficaces. Y esta guerra no está siendo buena para la economía. Cuando empezó, el barril de petróleo costaba 25 dólares. Ya ha superado los 135. El poder adquisitivo de las familias norteamericanas, europeas y japonesas está siendo transferido a Arabia Saudí y a los países exportadores de crudo. Les estamos pagando miles de millones en vez de gastarlos en casa.

XL. ¿Qué consecuencias puede tener esta crisis?
J.S.
Estamos ante una de las peores crisis económicas desde los años 30. El recorte de la tasa de interés de la Reserva Federal sólo contendrá un poco la hemorragia. Dos millones de norteamericanos perderán sus casas por la imposibilidad de pagar sus créditos. Y el Gobierno de Bush sólo está ayudando a los bancos cuando debería ayudar a los ciudadanos a conservar sus hogares.

XL. Parece que algunos bancos no han estado a la altura...
J.S.
Los bancos creían en una especie de alquimia financiera. Pensaban que con sofisticadas herramientas en las Bolsas podían convertir malos créditos en buenas inversiones. Obtuvieron miles de millones disfrazando hipotecas basura. El envoltorio valía más que el contenido. Era demasiado bueno para ser verdad.

XL. ¿Los directivos de los bancos no sabían dónde se metían?
J.S.
El sistema los animaban a arriesgarse. Les pagaba por apostar. Cuando las cosas iban bien, ganaron sumas enormes. Ahora van mal, pero no comparten las pérdidas, y si los despiden, se van con grandes indemnizaciones. Los banqueros no entendieron la naturaleza del riesgo y subestimaron las probabilidades de eventos en teoría poco probables, de esos que se supone que pasan cada cien años, pero que en la práctica ocurren cada década. Además, los bancos centrales tardaron demasiado en actuar. La Reserva Federal y su ex presidente, Alan Greenspan, animaban a las familias a que se metieran en hipotecas de tasa variable que ahora muchas no pueden pagar. Tranquilizaban a los que estaban preocupados por la burbuja inmobiliaria diciendo que sólo había «un poco de espuma» en el mercado.

XL. ¿Alguna solución?
J.S.
Tenemos que bajar la demanda de petróleo, así bajarán los precios y ayudaremos al medio ambiente. Los americanos debemos ahorrar más. Pero eso no sucederá a corto plazo. Hay que acabar con los subsidios a los biocarburantes, que distorsionan los precios de los alimentos, y ayudar a los países pobres.

XL. ¿Los productos de comercio justo son una solución o sólo se trata de caridad?
J.S.
Pueden ayudar. Mejoran las condiciones de los trabajadores y de sus hijos. Pero lo más importante es eliminar las barreras comerciales a los países pobres. Hubo cierta apertura, pero menor de lo que aparenta. Y la letra pequeña es bastante hipócrita. A los países pobres se les deja exportar motores de aviones, superordenadores, chips... ¡bienes que no producen!, y se les prohíbe exportar lo que producen: productos agrícolas o alimentos procesados.

XL. En tiempos de incertidumbre recurrimos a los economistas, ¿son profetas fiables?
J.S.
Las personas se comportan de manera menos racional de lo que creen los economistas ortodoxos. Durante años, los economistas suponían que todos los actores del mercado tienen la misma información y actúan de manera lógica. Estos modelos de expectativas racionales y mercados eficientes han predominado en las universidades. Por desgracia, los estudiantes de estos programas diseñan ahora las políticas de muchos países. La ciencia reconoce sus limitaciones, pero los profetas de las expectativas racionales no suelen ser nada modestos. La irracionalidad se ha comprobado en laboratorio. Hay un experimento muy divertido que demuestra que las personas son menos egoístas y más altruistas de lo que suponen los economistas, excepto en el caso de un grupo: los economistas mismos.

XL. ¿Qué puede hacer España para capear la crisis?
J.S.
Invertir en infraestructuras y mejorar el transporte público para reducir su factura del petróleo. Necesita más trenes de alta velocidad.

XL. Si Estados Unidos está en crisis, ¿de qué modo y con qué está pagando la guerra?
J.S.
Con la tarjeta de crédito; es decir, endeudándose. Lo normal es que los países pidan un sacrificio común: los jóvenes arriesgan sus vidas, los mayores pagan impuestos y una parte de la carga se deja a las generaciones futuras. Pero en esta guerra, no. Cuando Estados Unidos la inició, ya había un déficit. Cada dólar se ha pedido prestado a acreedores extranjeros.

XL. ¿Tan mal lo está haciendo Bush?
J.S.
Existe un debate: ¿quién es el peor presidente de la historia de Estados Unidos desde el punto de vista económico? Unos dicen que Herbert Hoover porque agravó la Depresión. Yo creo que Bush: recortes de impuestos a los ricos, un déficit comercial enorme y un dólar tan débil que para un norteamericano pedir un café en Londres o París es casi una cuestión de altas finanzas.

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