ÁLVARO YBARRA ZAVALA No soy un héroe, sólo cuento historias
ANTÓN GOIRI
La violencia, el miedo, la pobreza... Este fotoperiodista de 28 años, que ha publicado en Newsweek, Times, Le Monde..., nos habla de sus vivencias en medio de los más trágicos momentos de la condición humana.
Sentado en la barra de una cafetería, con su camisa de cuadros y unos vaqueros, la imagen aniñada de Álvaro Ybarra está más próxima a la de un estudiante de Derecho que a la de un aguerrido fotógrafo de guerra. Sin vocación por transgredir, Ybarra es un hombre tranquilo que rompe, sin querer, con los estereotipos sobre su profesión. El cine y la literatura se han empeñado en vender el mito del corresponsal de guerra como una especie de soldado de la noticia, cínico, bravucón, medio alcoholizado, frío con el drama humano que lo rodea, pero él es lo contrario a un mercenario. Su único afán en la fotografía es contar historias y descubrir la verdad humana que se esconde detrás de las grandes cifras, los titulares, los informes..., entender la complejidad, sin juzgar, con paciencia, dando tiempo a los protagonistas para que se muestren tal cual son, sin clichés. Podríamos decir que tiene la ambición de la inocencia, si no fuera porque acumula años y guerras de experiencia. A los 28, lleva casi una década publicando en las revistas más importantes del mundo: Newsweek, Times, Le Monde, Sunday Times... Con su cámara Nikon ha retratado el dolor y la dignidad de los protagonistas de los conflictos armados en Iraq, Afganistán, Chechenia, Uganda, Ruanda, Burma, el Líbano, Colombia... Se ha aproximado tanto a las víctimas como a los verdugos, lo mismo en la trinchera que en la trastienda de la guerra, cuando el aburrimiento y la banalidad ponen al descubierto las contradicciones y paradojas de la violencia. Y es que a veces las apariencias engañan sólo a medias: Álvaro Ybarra Zavala estudió y se licenció en Derecho, llora con ET y es un fanático de los cómics. Él dice que sólo es un chico de Bilbao, pero en Uganda presenció cómo asesinaban sin motivo a los cuatro hombres que lo habían custodiado esos días, cómo les cortaban las orejas y las narices.
Fotógrafo, en fin, tan paradójico y contradictorio como los personajes que habitan sus historias, aunque de él sólo veamos la mirada.
XLSemanal. En la mayoría de sus fotografías se percibe una cierta intimidad con los protagonistas. ¿Cómo se aproxima a ellos?
Álvaro Ybarra. Como ser humano, tratando a la gente de igual a igual. Soy un testigo, así que no hago preguntas. Nadie se siente cómodo cuando un fotógrafo se mete de la noche a la mañana en su casa. Pero, además, si has sufrido malos tratos, eres adicta a la heroína o has sido violada por una etnia contraria a la tuya, ¿vas a permitir que una persona desconocida fotografíe tu intimidad? Para ganarme esa confianza me armo de paciencia, estoy mucho tiempo en el terreno y me voy a vivir a las comunidades. No piso los hoteles, no hago vida de occidental, así que siempre me preguntan: «Qué coño haces aquí, ¿qué quieres de nosotros?». Yo soy muy consciente de que nadie me ha llamado, pero si actúas con respeto y asumes sus mismas circunstancias, siempre se acaban abriendo y entonces es posible contar una historia.
XL. En un telediario las guerras se explican en tres minutos pero, en el terreno, ¿resulta evidente quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos? ¿Es posible actuar como un mero observador?
A.Y. En un conflicto armado todos son víctimas, incluso los verdugos. Evidentemente, yo no puedo mirar de la misma manera a alguien que ha violado a cinco mujeres y luego las ha ejecutado que a otro que no lo ha hecho. La imparcialidad no existe, pero como fotógrafo lo que quiero es comprender la doble moralidad que lleva a un médico a entrar en una milicia suní, ser un tipo encantador, culto, que se toma un café contigo, pero luego no le tiembla el pulso para decapitar a un ser humano. Me interesa averiguar qué hay detrás de cada protagonista y como fotógrafo no entro a juzgar.
XL. Me ha llamado la atención que en algunas de sus fotos aparecen mujeres de la guerrilla o soldados mirándose al espejo con coquetería. Se me quedó grabada una imagen de Chechenia donde una chica camina con tacones de aguja en medio de una carretera desolada, con la nieve y los edificios agujereados por las bombas.
A.Y. Eso es la guerra. La guerra no es una trinchera. En una guerra no pasa nada el 96 por ciento del tiempo, es aburridísimo. La gente sale a la calle, se pone sus tacones, se peina. El 96 por ciento del tiempo no haces nada, no pasa nada, y el otro cuatro por ciento del tiempo la gente se vuelve loca y estás deseando que vuelva el aburrimiento. A nadie le gusta que le disparen ni ver morir a una persona. Ése no es el tipo de acción que echas de menos cuando estás aburrido.
XL. ¿Alguna vez se ha encontrado en medio de un enfrentamiento, entre las balas y las bombas?
A.Y. De forma activa, en Colombia, en Afganistán y en Iraq, pero no es lo habitual. Yo no soy un suicida. Cuando decides ir con el ejército o con la guerrilla en una maniobra militar donde sabes que van a intentar hacer una toma o que van a atacar un check point, como fotógrafo tienes la ventaja de conocer los planes y saber, más o menos, lo que te vas a encontrar, pero cuando estás en medio de una montaña y te hacen una emboscada o te vuelan por los aires por culpa de una bomba de carretera, la cosa cambia.
XL. En una de sus fotografías más conocidas, una marine norteamericana fotografía a un niño iraquí que la apunta con una pistola de juguete. Tengo entendido que la mataron justo después de la instantánea y que usted estaba presente. ¿Qué sucedió?
A.Y. Sólo habían pasado treinta minutos desde que disparé mi cámara. Voló por los aires a trescientos metros de un puesto de control. Yo estaba en el primer jeep; mi compañera, la redactora de Newsweek, iba en el segundo, y el tercero explotó. Murieron cinco personas y fueron seis horas de combate en medio de una calle.