Número: 1120
Del 12 al 18 de abril de 2009
 
 

 
 
EXCUSAS PARA NO PENSAR

Los lectores preguntan a Eduardo Punset

¿Somos o nos hacemos racistas?
Susana Font. Correo electrónico




Todos somos –sin saberlo– algo racistas y machistas. Evolutivamente, hemos heredado reflejos que muestran prejuicios hacia otras razas y tardamos, más de lo normal, en olvidar las diferencias de género, cuando no debieran jugar ningún papel. En la Universidad de Chicago han efectuado experimentos concretos que tienden a comprobar la existencia en el subconsciente de este sentimiento racista y machista en quienes nunca hubieran creído tenerlo.


Se pedía a los encuestados que dispararan con un arma digital contra un desfile de imágenes de personas en idénticas actitudes pacíficas, cuya única diferencia era su raza: unos eran blancos; otros, negros. Los disparos contra estos últimos eran algo más rápidos (0,68 segundos) que contra los primeros (0,69 segundos); se tardaba algo más en disparar a los blancos. Costaba un poquito más; como si fuera un acto más difícil de justificar. Quienes se sometían al experimento habían sido elegidos por sus convicciones igualitarias y democráticas. Tomemos nota.


El segundo experimento tenía que ver con las diferencias de género. Imágenes de personas de razas distintas que jugaban partidos de fútbol. Al poco tiempo, los espectadores se fijaban más en la camiseta deportiva que llevaba y marcaba al jugador que en su etnia. Cuando se trataba de jugadoras, en cambio, no acababa prevaleciendo la camiseta que llevaban: los espectadores no olvidaban la condición femenina del deportista.


Provisto con los resultados de estos experimentos, es más fácil comprender el resultado posible del duelo en curso entre los dos candidatos del partido demócrata en las elecciones norteamericanas: Barack Obama y Hillary Clinton. La etnia de los candidatos acaba difuminándose cuando va encorsetada en la camiseta de un equipo. Lo que acaba prevaleciendo es la condición de jugador del partido demócrata. La mejor preparación y la experiencia pública de Clinton pueden seducir así a más votantes, pero los votos que Obama pierda no los perderá por su etnia.


Lo que quede del machismo heredado en el subconsciente de los norteamericanos, en cambio, subsistirá, por muy larga que sea la campaña electoral. La camiseta demócrata de Hillary no acabará borrando su diferencia de género, al contrario de lo que ocurre con su contrincante electoral, cuya camiseta terminará por difuminar el recuerdo de su etnia.


El experimento de la Universidad de Chicago podría servir para anticipar, pues, una victoria de Barack Obama, a pesar del reciente cambio del director de la campaña de Hillary Clinton. Con una excepción, claro. Puede ocurrir todo lo contrario si la intensidad del sentimiento racista y machista en el subconsciente de los electores queda superada por una intensidad mayor de otros sentimientos que se desprendan de otros factores.


Estamos descubriendo hasta qué punto nos habíamos engañado a nosotros mismos creyendo que la conducta de los humanos era el fruto de la razón consciente y, sólo en contadas y aborrecidas ocasiones, el resultado de la intuición y de las emociones que fluyen desde el inconsciente. Era una manera tremendamente equivocada de analizar el comportamiento de los humanos. Un neurólogo de Nueva York, Joseph Ledoux, ya me lo sugirió hace unos años: cuando pensamos en términos de evolución y progreso, siempre tendemos a pensar que sólo la neocorteza cerebral –responsable de las decisiones racionales– avanza. No es cierto. El sistema rector de las emociones y el subconsciente también avanza. Y ya estaba allí mucho antes que la neocorteza.

Eduardo Punset

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