Número: 1066 Del 30 de marzo al 5 de abril de 2008
EN PORTADA
SUPERVIVIENTES NATOS
LUIS DAVILLA
Un adulto respira 12 veces por minuto; un bebé 60. Los prematuros no tienen protección contra los radicales libres del oxígeno. Respiradores especiales les ayudan. Sin él, Ethan no podría sobrevivir.
Se llaman Antonio, Dani, Ethan... Nacieron con po-
co más de 400 gramos y hace diez años su supervivencia habría sido casi imposible. Entramos en uno de los centros pioneros en España, la Uci de Neonatos del Hospital de la paz, de madrid. En sus pasillos padres, hijos y médicos viven cada día una historia de lucha y esperanza.
Para un prematuro, cada nuevo gramo es un poco más de vida. El 31 de diciembre, Antonio llegó al kilo y sus padres brindaron con champán junto a la incubadora. La Nochevieja lo merecía. Cuando nació, con 24 semanas y 475 gramos, nadie contaba con celebrar muchos cumpleaños. Fue un parto gemelar, pero su hermano Gonzalo, con 510 gramos, falleció tres días más tarde por una insuficiencia respiratoria. Antonio, como todos los prematuros, adelgazó al nacer y llegó hasta los dramáticos 400 gramos. A un bebé en sus condiciones se lo considera en el límite de la viabilidad y hace una década su supervivencia habría sido casi imposible. Sin embargo, después de cuatro meses en la UCI de neonatos del hospital La Paz las perspectivas son muy distintas. Ha pasado por varias operaciones, pero no ha tenido hemorragia cerebral y su aspecto es lo más parecido al de un bebé a término: pesa casi tres kilos, ha dejado la incubadora y los papás cuentan los días para llevárselo a casa, a su habitación azul, aunque sea con el oxígeno a cuestas.
De cada 100 niños que nacen en España, diez son prematuros y dos muy prematuros. Esta cifra se ha incrementado un 13 por ciento en los últimos tres años y las causas, según los especialistas, tienen mucho que ver con la situación que viven las españolas en edad fértil: el retraso en el primer embarazo (la media son 33 años), la falta de reposo durante la gestación, el estrés, las dietas descontroladas y, sobre todo, la necesidad de usar técnicas de reproducción asistida y fecundación in vitro han aumentado los riesgos, a la vez que la neonatología avanza a pasos agigantados. «Antes, cuando nacía un niño con 800 gramos, se decía `si va para adelante, bien, y si no, angelitos al cielo´ –explica el doctor Jesús Pérez Rodríguez, director de la UCI neonatal–. Cuando se abrió La Paz, en el año 65, se morían 38 de cada mil; ahora ocho. Pero en aquella época sólo se contabilizaban los niños que nacían con más de mil gramos y ahora entran en la estadística todos los que nacen vivos. Los avances son espectaculares, aunque no podemos dar un mensaje triunfalista porque, a pesar de que se ha mejorado mucho, sigue habiendo secuelas y hay que trabajar en prevención.»
El aspecto físico de los bebés prematuros no tiene nada que ver con las expectativas de una madre primeriza. Tienen la cabeza grande y desproporcionada, la piel es muy fina, se transparentan las venas superficiales, la masa muscular es pobre y los genitales están poco desarrollados. Todos los padres sufren un shock inicial la primera vez que ven a sus hijos, pero es fundamental que lo superen porque tan importante para el prematuro es el tratamiento médico como su soporte emocional. Los médicos lo saben y ése es el motivo por el que hoy la mayoría de las unidades de cuidados intensivos están abiertas a los padres, que pasan horas susurrando y acariciando a sus hijos dentro de las incubadoras.
Noa Suskind es belga y espera con impaciencia el momento del día en que le permitan coger en brazos a su bebé. Ethan sólo tiene seis semanas y, aunque ha ganado algo de peso, le está costando mucho salir adelante. Ha tenido infecciones, depende del respirador y necesita transfusiones de sangre para combatir la anemia. Impresiona la cantidad de sondas y monitores que invaden su pequeño cuerpo. Está entubado. Una onda nasogástrica lo alimenta con la leche de su madre. Los monitores cardiorrespiratorios controlan sus signos vitales. La frecuencia cardiaca está en 155, pero es lo normal. Su corazón late más rápido que el de un adulto, en parte, porque los bebés están creciendo y necesitan que les llegue más oxígeno a los tejidos, pero también porque el corazón de un niño es muy pequeño y para bombear más sangre tiene que contraerse más veces. En la incubadora, Ethan es la viva imagen de la fragilidad. Da la sensación de que podría romperse con tocarlo, pero las enfermeras lo sacan con delicadeza, y sin miedo, para que su madre se lo lleve al pecho y lo coja con ternura, no para mamar, sino para tenerlo un poco más cerca. A este contacto madre-hijo se lo conoce como método canguro y su eficacia se descubrió por casualidad, ante la falta de incubadoras de un hospital colombiano. Gracias a este experimento se comprobó que los prematuros que están piel con piel no sólo engordan antes, sino que maduran más rápido desde el punto de vista neurológico. Cuando recuperan el olor, el latido y el calor de la madre, los bebés se sienten más cerca del útero, su particular paraíso perdido, y las madres, un poco más útiles, lo que también es importante para su propia recuperación psicológica.