Número: 1066
Del 30 de marzo al 5 de abril de 2008
 
 

 
 
EXCUSAS PARA NO PENSAR

Los lectores preguntan a Eduardo Punset

¿Tiene o no comienzo el universo?
Marta Azcona. Santander




Estábamos todos encantados. Gracias a las investigaciones de científicos como Hubble –detrás de nuestra galaxia hay millones de otras galaxias– o como Alan Guth –la teoría inflacionaria del universo– sabíamos con una exactitud pasmosa todo lo que ocurrió después del primer segundo del comienzo de todo, hace casi catorce mil millones de años. Eso sí, no sabíamos nada de lo que había un segundo antes: estábamos convencidos de que no había nada.


Esta teoría del origen del universo la compartíamos también con la Iglesia, a la que convenía mucho –era compatible con las Sagradas Escrituras– que el universo tuviera un comienzo. Antes no había nada de nada y luego Dios creó el mundo. Por una vez, científicos y místicos estaban totalmente de acuerdo: en un momento dado se produjo la explosión de una partícula que inició el tiempo y llenó el espacio de materia y energía, expandiéndose a velocidades y temperaturas increíbles para enfriarse luego paulatinamente a lo largo de los últimos quince mil millones de años.


Si ha existido una convicción consensuada, plasmada incluso en los libros, ésa era la historia del cosmos. Todo parecía apuntar a que el universo empezó realmente así. Sobre todo, desde que dos ingenieros de una multinacional –buscando dónde instalar una antena que no sufriera interferencias– descubrieron la llamada ‘radiación cósmica de fondo’: aunque te colocaras en el lugar más enrevesado del planeta, seguías recibiendo la radiación cósmica de fondo que dejó la explosión del big bang. El lobo en el cuento de Caperucita roja enseñaba la pata por debajo de la puerta para esconder su identidad. La radiación cósmica de fondo testificaba la explosión previa del big bang que inició al universo.


De pronto, unos físicos que están en la vanguardia del pensamiento científico han sometido al escrutinio de sus colegas una teoría sobre el origen del cosmos totalmente distinta e igualmente plausible. Tanto los científicos laicos como los místicos interesados en la ciencia se habrían equivocado. Lo que unos y otros consideran el momento preciso de la creación no sería más que la repetición de un ciclo infinito de colisiones colosales entre nuestro mundo y un universo invisible y paralelo.


El universo visible no es más que una pequeñísima parte de una realidad más amplia que no podemos ver porque existen otras dimensiones: seis, más allá de las tres espaciales a que estamos acostumbrados. Según la nueva teoría cíclica del universo, no es cierto que el tiempo se iniciara con el último big bang. El tiempo ya existía porque es infinito y preside una serie consecutiva de colisiones cada trillón de años entre nuestro mundo y los otros universos.


A raíz de esa conflagración nace un universo, diminuto al comienzo, que se expande porque la fuerza del impacto conlleva la expansión continuada del espacio. Bancos de gas dibujan galaxias y otras estructuras cósmicas mientras el espacio continúa expandiéndose. Éste es, más o menos, el momento en que nos hallamos ahora. Después de un trillón de años desde el último big bang se habrán extinguido casi todas las estrellas y se habrá vaciado el universo. Pero quedará suficiente energía para una nueva colisión que se repita eternamente.


¿Por qué es tan atractiva la idea de un cosmos cíclico que se repite? En la literatura hindú, por ejemplo, la cosmología estaba ya basada en un universo cíclico; y tampoco faltan ejemplos en el pensamiento occidental. Si el universo tiene un comienzo, tienes que explicar cuándo y cómo empezó. Un universo cíclico, en cambio, es eterno y su comienzo no requiere explicación.

Eduardo Punset

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