Número: 1062
Del 2 al 8 de marzo de 2008
 
 

 
 
BIOLOGÍA




El narval forma parte de la familia de los monodóntidos, una saga de cetáceos con muy pocos miembros. Sólo las belugas y los escasos delfines de Irrawaddy, de los que apenas quedan un millar, comparten parentesco cercano con estos ‘unicornios del mar’. Su área de distribución, en las heladas aguas del Ártico, hace muy difícil su estudio y más aun, teniendo en cuenta su tendencia a vivir junto a la banquisa y bucear bajo el hielo en busca de pescados y calamares. Durante años, las investigaciones sobre su biología han ido arrojando algunos datos que no han hecho sino abrir nuevos interrogantes sobre el más misterioso de los cetáceos.


Uno de esos interrogantes es la utilidad de su legendario diente, que todavía sigue valorándose extraordinariamente en los mercados: el metro se paga a 300 euros y en algunos anticuarios españoles se piden miles por uno antiguo. Se creyó que serviría como defensa o arma de ataque, pero recientes estudios han descubierto que del nervio central del diente salen cerca de diez millones de diminutas terminaciones nerviosas, lo que convierte a este ariete en un órgano sensorial extremadamente complejo. Los científicos sospechan que, a través de estas terminaciones, los narvales detectan los cambios de temperatura, presión y, lo más importante en su hábitat helado, de salinidad. Y que los combates que libran con ellos estos cetáceos les sirven para limpiar las algas que quedan adheridas a ese órgano.


En la actualidad nadie sabe cuántos narvales quedan. Todos los años migran siguiendo el movimiento estacional de los hielos, lo que demuestra que son los cetáceos mejor adaptados a la vida en latitudes polares. Durante el invierno, las principales poblaciones se quedan en el estrecho de Davis, entre la costa oeste de Groenlandia y la costa este de la Tierra de Baffin. Al llegar la estación más cálida, a finales de la primavera, comienzan a desplazarse hacia el norte siguiendo el retroceso de la banquisa helada. Es en estos emplazamientos de verano, cuando la luz baña las heladas noches boreales, cuando los cazadores inuits se congregan en los canales abiertos en el hielo a la espera de que aparezcan sus codiciados narvales; su precaria economía hace que aún necesiten de estos cetáceos para su supervivencia. Y a pesar de no ser ya nómadas, todos los años los cazadores viajan a los canales donde saben que aparecerán sus presas.


El muktuk sigue pareciéndoles una delicia gastronómica y el diente helicoidal, una fortuna con la que aliviar su economía. Con todos estos alicientes, no es extraño que el número de cazadores crezca. El problema es que muchos de ellos no han adquirido la experiencia necesaria de las antiguas generaciones que, año tras año, acompañaban a sus mayores en su nomadeo por el hielo. Y el resultado es que la mayoría de los narvales huye con una o más balas en el cuerpo y muere después en las oscuras aguas árticas sin que nadie aproveche su carne y sus huesos. Así, el número de narvales disminuye rápidamente. En 2004, una comisión de expertos advirtió de que si se quería asegurar el futuro de la especie habría que reducir el cupo de capturas a 135 ejemplares por año. Como respuesta, el Gobierno de Groenlandia fijó la cuota en 300 narvales, más del doble recomendado. Y en los últimos años el promedio de capturas ha rondado los 500 ejemplares.


Así que Nuuk sabe que, de seguir así, pronto no habrá más animales que cazar y la pobreza y la hambruna se ceñirán sobre su pueblo. Otra vez más. Algo lógico, por otra parte, puesto que su mitología ancestral ya avisaba de que matar a un narval, especialmente si se hace sin el debido respeto, trae consigo mala suerte y un innumerable cúmulo de desgracias.

Fernando González Sitges

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ANATOMÍA DEL `UNICORNIO MARINO´


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PARA SABER MÁS...
El descubrimiento de los animales. Herbert Wendt. Editorial Planeta, 1982.


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