Número: 1067
Del 6 al 12 de abril de 2008
 
 

 
 
SE HABLA DE...

Cartas desde África
El ombligo bajo la rabadilla

IGNACIO GIL
Llegada al aeropuerto militar de Torrejón de las cuatro azafatas liberadas en Chad


Hace algunos años tuve la suerte de conocer al novelista israelí Amos Oz.
Yo quería que me hablara de sus obras y del conflicto entre judíos y palestinos, pero él, cuando supo que acababa de regresar de Liberia, no paró de hacerme preguntas acerca de la guerra civil liberiana, los refugiados, los grupos étnicos, el contexto regional y la implicación de las grandes potencias. A mí me parecía asombroso que un escritor de fama mundial, candidato al Nobel de literatura, cumpliera una hora preguntándole a un don nadie como yo los detalles de una guerra remota y olvidada, pero al separarnos me dijo algo que me hizo comprenderlo: «Lo peor de vivir en Israel es que pasamos la vida tan absortos en nuestro dolor que no tenemos tiempo de preocuparnos por los horrores que suceden en otras partes del mundo».


En España ni siquiera existe la excusa
de padecer un conflicto como el de Oriente Próximo: innoblemente enfangados en reyertas de politicastros hueros, bandos tatarapodridos y fabricantes de nuevas fronteras, esto es, de más extranjeros, se desaman las verdaderas tragedias del planeta ignorándolas, como el animal que hocica sus propias heces.


El mismo día en que un grupo de europeos
fue detenido en Abéché acusados de pretender secuestrar a más de cien niños, en Trípoli el Gobierno del Chad y los cuatro principales grupos rebeldes del país firmaban un acuerdo de paz que puede poner fin a tres años de guerra. En condiciones normales, este acuerdo debería enguirnaldar de esperanza a esta tierra, pero basta leerlo para que se te caiga el alma a los pies: no es más que un reparto de poder y prebendas entre violentas alimañas, una matriz de conflictos venideros. Una semana antes, aquí, en Goz Beida, otro grupo rebelde que había firmado un acuerdo de paz similar hace un año se enfrentó con el Ejército nacional. Durante una hora, el ruido de las ametralladoras, morteros, lanzagranadas y proyectiles nos mantuvo encogidos en un rincón. Al día siguiente debimos permanecer en las casas sin poder acudir a los campos de desplazados donde los soldados registraban las cabañas en busca de disidentes. Esa noche, un profesor de primaria que por la mañana había discutido con un militar en el mercado fue ejecutado en plena calle. Hace cuatro meses que los 170.000 desplazados del este del Chad no reciben comida, y nadie sabe cuándo podrán volver a sus aldeas los 230.000 refugiados sudaneses. Alrededor de nueve millones de chadianos deambulan por la pobreza y la iniquidad sin burladero ni salida. Sin embargo, desde el norte, la ‘crisis del Chad’ ha sido la detención de media docena de españoles. Y ha durado dos semanas.

Gonzalo Sánchez-Terán

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