Número: 1067
Del 6 al 12 de abril de 2008
 
 

 
 
SE HABLA DE...

D.R.
Una madre acuna a su bebé en el campo de Habile.
CARTA DESDE ÁFRICA
Donde hiede la zarina


Ayer, el Gobierno declaró el estado de emergencia en el norte y el este del Chad: el llamado BET, la región de Wadi Fira y el Ouaddai, donde vivo. Dicen que durará 12 días, pero la última vez que lo impusieron, no hace un año, se incrustó por siete meses. Apenas se notará la diferencia: el Ejército seguirá registrando hogares y cometiendo abusos con el pretexto de buscar armas, las autoridades continuarán robando, la gente buscará el agua y la comida en una tierra ocre, vasta y cicatera. Anoche, el gobernador de Ouaddai impuso el toque de queda a partir de la caída del Sol.


En esta cantonada del planeta, entre refugiados y desplazados, hay cerca de medio millón de seres humanos que se han visto obligados a abandonar sus cultivos y sus casas escapando de la violencia. (He escrito tantas veces una frase parecida a ésta en los últimos cinco años que ya la repito como un funcionario ficha o un bedel calla.) Desde hace cuatro meses, los desplazados no reciben víveres. Se hizo una distribución a mediados de junio para un trimestre, pero una parte se echó a perder porque las familias, que habitan cabañas de paja cubiertas con plásticos, no tenían dónde almacenar los sacos, y el agua, que entraba por todos lados, pudrió el grano. Sin nada que llevarse a la boca, los niños salen temprano a buscar leña que vender en el mercado o a pescar en las pozas del río que la irrupción de la estación seca va rebañando. Es más importante comer que ir a la escuela. Cada mañana hay rumores de un acuerdo de paz entre el presidente y los grupos rebeldes; cada tarde nos anuncian la inminencia de nuevas ofensivas. Dondequiera que mires hay militares: cuando caminas entre hombres armados no eres alguien que camina, eres un hombre desarmado.


Mientras tanto, a sólo 600 kilómetros de aquí, en el mismo Chad, lejos de la guerra, protegidos por empresas de seguridad privada, imperturbables, los pozos de petróleo propiedad de dos compañías estadounidenses siguen bombeando y millones de litros de oro negro fluyen por el oleoducto que desciende hasta el océano Atlántico. Allí no hay estado de emergencia ni muertos ni desplazados: la producción no debe ser interrumpida. Las petroleras refinan y nos venden el petróleo, y luego pagan sus impuestos a Idriss Déby Itno, el presidente corrupto y criminal del Chad, para que compre armas y personas. Todo ocurre a un tiempo en un único país, todo ocurre a un tiempo en un único mundo donde aceptamos como normal la contigüidad de la abundancia y la miseria, de la seguridad y el espanto, confiando imbécilmente en que cada uno permanezca en su sitio y nada cambie, y nada estalle.

Gonzalo Sánchez-Terán

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