Los retratos realizados con elementos de la naturaleza, como esta representación de El verano (1564), son la faceta pictórica más conocida de Arcimboldo. A la derecha, un autorretrato de 1570.
El artista más sorprendente del Renacimiento ha llegado con su jardín de fantasía al Museo de Luxemburgo. Sus retratos, realizados con frutas, verduras y hasta animales, se han agrupado por vez primera en una exposición de sus obras más extravagantes.
El emperador Rodolfo II está contento. Le acaban de presentar, en el salón despacho de su palacio en Praga, su último retrato. Se lo ha enviado, desde su retiro en Milán (Italia), un pintor protegido por su familia que durante casi tres décadas ha trabajado para los Habsburgo en la corte austriaca. Pero el cuadro no es un retrato al uso: su oreja izquierda es una mazorca de maíz, tiene dos manzanas donde deberían estar los pómulos, una pera en el lugar de la nariz, una calabaza sobre el pecho y un nabo como cuello, sus ojos son moras y cerezas, tiene los hombros cubiertos de nabos y puerros y el cuerpo, tapizado de flores, y como cabellos, racimos de uvas, judías verdes y algunas otras frutas.
Si el cuadro hubiese sido de cualquier otro pintor, Rodolfo II hubiera acusado al artista de atentar contra su egregia imagen y lo habría mandado colgar por los pulgares, pero el autor es Giuseppe Arcimboldo y el emperador entiende la carga simbólica de esta obra y sabe, a ciencia cierta, que no es ninguna burla hacia su persona.
En este retrato, Arcimboldo concibe al emperador como Vertumno, dios de la mitología romana que representaba la abundancia de frutos de la naturaleza en las diversas estaciones del año. El cuadro es, en realidad, una alegoría con un doble significado y un doble destinatario: es un símbolo del poder y la riqueza que atesora Rodolfo II y de la edad de oro que se vive en la época gracias al emperador; pero es, también, la advertencia a sus súbditos de que, gracias a él, no habrá escasez y que los beneficios de la tierra serán generosamente distribuidos.
El cuadro es el último regalo que Giuseppe Arcimboldo realiza a su mecenas. Se lo envía a finales de 1591 y el presente viene acompañado por un poema de Gregorio Comanini:
«Mira la manzana, mira el melocotón,
cómo se me ofrecen en ambas mejillas
redondos y llenos de vida.
Fíjate en mis ojos,
de color cereza uno,
el otro de color de mora.
No te dejes engañar, es mi cara…».
El emperador Rodolfo II está tan contento con el regalo que ordena que se conceda a Arcimboldo, en 1592, el título de conde Palatino, una distinción honorífica que lo acompañará hasta su muerte, apenas un año después.
Arcimboldo, que mucho antes de fallecer ya era famoso en todas las cortes europeas por sus interpretaciones manieristas y por el detallismo de sus retratos, en los que utilizaba elementos de la naturaleza como frutos, animales de todas las especies y plantas, había nacido 66 años antes en Milán, en el seno de una familia noble y acomodada. Apenas se sabe nada de su juventud ni de sus maestros. Y tampoco se sabe a ciencia cierta cuál era su nombre, dado que él mismo utilizó las variantes Josephus, Joseph o Josepho para su nombre de pila y las formas Arcimboldi y Arcimboldus para el apellido.
Lo poco que se sabe de él es que trabajó durante un tiempo con su padre, pintor de profesión, y que su primer trabajo remunerado fueron unos diseños que luego serían reproducidos en las vidrieras del duomo milanés y en unos tapices de la catedral de Como.