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PETRÓLEO `MADE IN SPAIN´  | | RALF PASCUAL | | El campo petrolífero de Ayoluengo fue el primero en ponerse en funcionamiento en España, en 1964. Durante más de cuatro décadas no ha dejado de bombear crudo. |
Iba a ser un yacimiento millonario, con un espectacular oleoducto de Burgos a Bilbao. Pero, al cabo de los años, los vecinos del páramo de la Lora se han encontrado, nunca mejor dicho, su gozo en un pozo. Ésta es la historia de la mini-Texas española.
Un charco negro y viscoso en mitad de un patatal. Así empieza la historia del yacimiento de petróleo más prometedor que ha tenido España. Una bolsa del Jurásico en un páramo de Burgos con un potencial de cien millones de barriles que apenas ha servido para que el cura de Sargentes de la Lora encienda gratis las lamparillas del altar desde los años 60. Un cuento de la lechera que se resiste a recibir el colorín colorado por una mezcla de nostalgia y empecinamiento. Que el precio del barril esté en máximos históricos (76 euros) no quita el sueño a los 14 empleados de la explotación petrolífera más antigua de España y, quizá, la más curiosa del mundo. Da igual que Irán amague con sus delirios nucleares, que la tensión en el Líbano ponga los mercados internacionales al borde de la taquicardia o que los príncipes de Arabia Saudí abran o cierren a su antojo el grifo de sus exportaciones. Nada turba la paz en Valdeajos, la Lora y Ayoluengo, una modesta y raquítica Texas en miniatura made in Spain.
Primero llegaron los ingenieros. Hicieron sus cálculos y prospecciones. La geología invitaba a soñar. ¡Y de qué manera! Un área de 460.000 hectáreas rica en gas natural (un indicio casi inequívoco de que el oro negro estaba cerca). Después acudieron los políticos. Era el año 1963 y el régimen, con don Manuel Fraga como ministro de Información y Turismo, vendió a bombo y platillo la idea de una España energéticamente autosuficiente. La púa más sangrante en la balanza de pagos del país (la factura de la gasolina) saldada de una vez y para siempre. Por último llegaron los periodistas. ¡Paren las rotativas! Los reportajes del NO-DO de la época son de un optimismo tan eufórico que, vistos en la distancia, hacen sonreír. La telefonista del pueblo se las veía y deseaba para dar línea a las llamadas internacionales. La Lora recibió la visita de los entonces príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, que se manchó el abrigo con el preciado combustible.
Un consorcio de empresas con Campsa, la compañía estatal, a la cabeza instaló las primeras máquinas de bombeo. Se habló de construir una gran refinería en un campo de girasoles. Y se proyectó un ambicioso y larguísimo oleoducto que conectaría Burgos con el puerto de Bilbao, una obra faraónica para la época, del calibre del transvase Tajo-Segura. Al final bastó con una pequeña tubería de 11 kilómetros de longitud que va desde los pozos hasta la cercana carretera nacional. Ya no está operativa, pero camiones cisterna siguen recogiendo la escasísima producción y la llevan a quemar a un par de industrias, pues el petróleo es de tan mala calidad que estropearía los catalizadores de las refinerías. La única forma de comercializarlo es en bruto y a granel, como combustible para empresas del vidrio en el País Vasco y Cantabria.
Las máquinas extractoras (conocidas como los `caballitos´) siguen cabeceando en el campo burgalés. Y la estampa es engañosamente espectacular. El negocio es modesto, pero con los precios actuales del petróleo da para ir tirando. Se abrieron nuevos pozos a finales de los años 90, hasta completar un total de 53. Una turbina de tres megavatios de potencia para bombear el gas fue desmontada, como se han ido desmontando las desmedidas esperanzas depositadas en el yacimiento. La producción actual, con sólo 11 pozos activos, oscila entre la media docenita de barriles en los días tontos y los 80 en los días buenos. La plantilla está bajo mínimos. Catorce operarios, la mayoría vecinos de la zona, se bastan y se sobran para atender la explotación, que se extiende en un perímetro de siete kilómetros cuadrados. Allí no peregrinan los magnates de la OPEP, sino arqueólogos y paleontólogos atraídos por los 50 dólmenes y menhires desenterrados. La Prehistoria convive con los modernos aerogeneradores del parque eólico. Los municipios de Ayoluengo y Sargentes apenas suman 20 habitantes censados, sin contar los veraneantes.
Cuando tantas expectativas quedan defraudadas, lo que flota en el ambiente es una cierta melancolía, por no decir depresión. Muchos emigraron o residen en otras poblaciones. Y los que se han quedado trabajan como leones (turnos de 12 horas, siete días a la semana). «Es duro, pero no nos importa. Es lo que conocemos, y lo que nos gusta hacer», explica Javier, operador de mantenimiento de 44 años que lleva 11 empleado en el yacimiento. El rostro curtido y la sonrisa en los labios, pese a la inseguridad laboral. No obstante, durante cuatro décadas no ha dejado de extraerse crudo, eso sí, con cuentagotas, a pesar de que las reservas invitaban a tirar cohetes. Además de la paupérrima calidad del petróleo, su distribución en el subsuelo es tan dispersa e irregular que los gastos de logística se disparan y la rentabilidad es mínima.
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