EL JUEZ QUE ME SALVÓ LA VIDA Emilio Calatayud se reencuentra con tres jóvenes a los que condenó  | | DIEGO ALQUERACHE | | El juez de Menores ríe durante la charla con Federico (de espaldas), Enrique (con gafas) y Jesús Antonio. Lo peor, saben, ya pasó. El presente es un auténtico regalo. |
Sus sentencias educativas han bajado la delincuencia en Granada y han aumentado el número de menores que no reinciden en el delito. En casi 20 años, el «padrazo» ha juzgado a más de 10.000 jóvenes a los que, siempre que puede, da esa segunda oportunidad que todos alguna vez hemos necesitado.
Mi mayor satisfacción es que ahora estén aquí, sentados a mi lado, rehabilitados, contentos con sus nuevas vidas. ¿Cuándo un juez se encuentra así, amigablemente, como yo hoy, con tres de sus antiguos condenados?» Emilio Calatayud lo dice con auténtico orgullo. Junto a él, Jesús Antonio, Enrique y Federico sonríen a quien todos en Granada conocen también como el «padrazo», el juez de Menores más conocido de España, aquél de las condenas ejemplares que en cada chaval jamás ve a un mero «delincuente», sino a «un joven que cometió un delito» y, aun más, a una víctima de un sistema social que demuestra fracasar cada mañana en la que él vuelve a condenar a un crío. Ante esa instancia, su desafío es claro: rehabilitar sin encerrar a quienes han delinquido, trabajar con ellos en el mismo entorno en el que cometieron sus faltas. Lleva 17 años intentándolo, e incluso lográndolo: el 82 por ciento de los menores que cumplen condenas en el régimen de medio abierto –libertad vigilada y prestación de servicios al beneficio de la comunidad– no reincide en el delito. «Hoy ya evitamos incluso que un 70 por ciento de los menores vaya en un futuro a prisión –explica–, un gran logro de los profesionales que trabajan conmigo y de los que yo soy sólo la cabeza más visible.»
La psicóloga María José Espigares Escudero, miembro de ese equipo de más de 30 psicólogos, trabajadores sociales y pedagogos nucleados en la Asociación Ímeris –una entidad sin ánimo de lucro concertada con la Junta de Andalucía para la ejecución de las medidas judiciales de medio abierto ejecutadas por Calatayud–, no duda en destacar, no obstante, la especial sensibilidad del juez hacia los menores: «No sólo se ocupa de celebrar los juicios: sigue los casos y visita incluso los centros de menores. Puede ser muy riguroso y dictar lo que menos le gusta –un internamiento– pero, aun cuando lo hace, cree que es lo mejor para determinados casos y les dice a los chicos: `No te preocupes, que iré a verte´. Y va».
«Gracias a este hombre, me he convertido en una persona totalmente normal. Muchos no saben lo difícil que es conseguir a veces algo tan sencillo como eso», afirma Federico, de 23 años, a quien este juez nacido en Ciudad Real hace 51 años debió internar dos veces en un centro de menores. El primer ingreso se lo dictó cuando Federico tenía 15 años; el segundo, con 17. ¿Causas?: múltiples. Robo de motos con intimidación, peleas, reiteradas desobediencias judiciales... «Si me hubiera tocado otro juez, no me habría ido tan bien –comenta este hoy rehabilitado joven proyectista eléctrico y futuro ingeniero–. Lo he visto en los centros: gente de otros sitios, que no había pasado por Emilio, y era muy distinta; la encerraban durante cuatro, cinco años, sin más, y no contaban con la posibilidad que yo sí tuve de estudiar. Veías la dureza y la impiedad con las que les habían caído, y esos niños, de tanto estar encerrados y puteados, salen peor. Son chavales perdidos. Y mira que Emilio tiene mano dura, ¿eh?: si debe aplicarte una reclusión, lo hace, pero creyendo que es lo que necesitas y siguiendo tu evolución para ver cuándo estarás preparado para aprovechar una nueva oportunidad de que él pueda sacarte con argumentos. Si tú quieres salir e intentarlo, él te echa un cable. Jamás se desentiende.»
Jesús Antonio, de 23 años también, asiente y sonríe al recordar la primera vez que escuchó hablar del juez: «Un amigo mío de Jaén, que estaba recluido en el centro de menores de Oria, en Almería, llevaba cuatro años allí internado, y, al saber que me juzgarían, me preguntó: `¿Te ha tocado el juez don Emilio?´. Le dije que no lo sabía. `Pues, si te ha tocado, has triunfado...´ [ríen] Y efectivamente, tío... Al principio, no quería saber nada de él ni de María José, la psicóloga, a la que hoy adoro. Yo era un desmadre: el cuerpo del delito. Había dejado los estudios, vivía peleándome, robando, fumando porros. Y, fíjate, mi causa más gorda, por la que me encerraron, fue por desobediencia: Emilio me mandó a limpiar una zona de botellón, y yo no fui. Me lo tomé a cachondeo: `Que vaya a limpiar él´, me dije. Y me equivoqué, y me ingresó, aunque luego, por buena conducta, me rebajó mucho la pena y me devolvió la libertad. Yo le agradezco todo. Me quité de los porros, no he vuelto a robar ni a insultar a mi madre ni a gritar ni nada... He terminado mis estudios y, al ver lo que hoy tengo –mi mujer, mi niño, a mi madre contenta–, dices: `Dios, vaya suerte he tenido´. Y te sientes muy agradecido de que cuando tú no te dabas cuenta de nada, esta gente estuviera generándote unas posibilidades. Y hoy llevo una vida que no veas de buena...».
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| HABLAN LOS JÓVENES |
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FEDERICO EDAD: 23 AÑOS PROFESIÓN: PROYECTISTA ELÉCTRICO
«Recibí una segunda oportunidad, y hasta una tercera y una cuarta…» |
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ENRIQUE EDAD: 21 AÑOS PROFESIÓN: DIBUJANTE E ILUSTRADOR
«Yo era totalmente inocente y no tenía sentimiento de culpabilidad.» |
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JESÚS ANTONIO EDAD: 23 AÑOS PROFESIÓN: EX SOLDADO DEL EJÉRCITO
«Me encanta esta nueva vida que he logrado forjarme.» |
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MARÍA JOSÉ ESPIGARES ESCUDERO, PSICÓLOGA
La mano derecha del juez |
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