CARTA DESDE ÁFRICA Las comisuras de la Daga  | | GONZALO SáNCHEZ-TERáN | | Cientos de niños aprenden en la escuela, levantada por sus padres, a leer y escribir. |
El campo de Habile creció con la llegada de los desplazados de Tiero y Marena. No sé si lo recuerdas, te hablé de ellos hace un par de meses: sus aldeas fueron arrasadas y cientos de sus paisanos, asesinados en otra desgarradura de este conflicto entreverado y feroz. Aquella mañana, siete mil personas aparecieron caminando como fantasmas, desprovistas, con el espanto en la mirada aún por barrer. Las primeras semanas fueron malas: no alcanzaba la comida, apenas quedaban hierbas para completar las cabañas y el agua era escasa y pobre. Todos, hombres y mujeres, culminaban los días exhaustos, con la sed al cuello. Parecía que se dedicaban a sobrevivir, pero son más fuertes que el horror y ya andaban orquestando futuros: querían levantar una escuela para sus hijos.
Entre los desplazados había tres viejos maestros, Hissein Ishakh, Mahamat Abakar y Haroun Sabil. Nos pusimos a buscar el material escolar y lo conseguimos: pizarras, cuadernos, tiza. Levantar hangares no fue fácil: los pocos árboles de la zona se astillan para tener leña con que cocinar y había que marchar durante horas hasta territorios desolados e inseguros para hallar los maderos de dos metros que necesitábamos. La gente de Tiero y Marena se organizó: los hombres salían a buscar troncos con el alba y regresaban al caer el sol. Trajimos desde Goz Beida las lonas para cubrir los tres hangares y el martes pasado todo estaba listo. Los hombres trabajaron hasta que, cuando el calor era insoportable, la escuela quedó alzada en medio del campo. Esa misma noche, la primera tormenta de la temporada echó por tierra los hangares. A la mañana siguiente, sin convocatoria alguna, todos se arracimaron junto a las estructuras caídas. Unos se fueron a buscar nuevos postes, otros intentaban remendar las lonas rasgadas, no escuché ninguna queja, no faltó nadie. Laboraban seriamente, cavando hoyos, atando maderos, transfigurando su museo de derrotas en surtidores. Al atardecer, los hangares, más anchos y más sólidos, volvían a estar en pie.
El colegio ha comenzado: Hissein, Mahamat y Haroun tienen cada uno a 150 alumnos apretujados sobre esteros frente a la pizarra aprendiendo a leer y a escribir, cálculo básico, poco más. Todavía faltan, sólo en este campo, cientos de niños por escolarizar, pero ya hemos dado con dos nuevos profesores en las aldeas vecinas y los padres están levantando nuevos hangares. Sé que no parece gran cosa, sin embargo entreabrir puertas en este armario de violencia, créeme, espolea el alma.
Hace siglo y medio, Victor Hugo escribió que quien abre una escuela cierra una prisión. Si tenía razón, cuánta libertad reclamará esta tierra.Gonzalo Sánchez-Terán < volver
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NOTAS EN UN CUADERNO
Lo sabíamos. Las cifras del estudio de Médicos Sin Fronteras sobre los campos de desplazados de Goz Beida son brutales: 20% de niños con malnutrición, índices de mortalidad catastróficos y los desplazados reciben entre 3 y 8 litros de agua diarios cuando necesitan 20. Mientras, los políticos siguen hablando sobre una fuerza de paz para el Chad… |
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